Te AmÉ En Otra Vida

Capítulo 59: La última muestra platino

Hospital Central de Shinwha, Laboratorio de Patología Forense.

05:40 AM.

El silencio en el sótano del pabellón B del hospital no se medía en decibelios, sino en el peso asfixiante de la sospecha. La iluminación, de un blanco clínico y polarizado, caía sobre las encimeras de acero quirúrgico donde los microscopios de barrido electrónico permanecían encendidos, emitiendo un zumbido térmico casi imperceptible. El aire acondicionado, calibrado a dieciséis grados para la preservación de tejidos orgánicos, transportaba un olor denso a formol y a ozono residual.

Yoo Ha-yun permanecía inmóvil frente a la centrífuga molecular de alta seguridad. Aún vestía la parka de alta montaña, desabrochada y salpicada por la escarcha derretida del monte Paektu, revelando su bata blanca de cirujana arrugada en los extremos. Sus ojos negros, fijos en la pantalla de cristal líquido del analizador forense, reflejaban el parpadeo de una alerta epidemiológica que acababa de bloquear la red interna del hospital.

Su mano derecha, metida en el bolsillo de la bata, presionaba la cicatriz común de su palma. Ya no había calor de oro viejo. No obstante, en la placa de Petri del analizador, una muestra de plasma sanguíneo extraída de la última biopsia de control del Capitán del norte —el soldado que permanecía en coma inducido en la planta de neurología— estaba ejecutando una coreografía biológica imposible.

El fluido no se dividía según las leyes de la mitosis celular ordinaria. Las cadenas de aminoácidos se estaban auto-ensamblando en una geometría cristalina y simétrica, desprendiendo una luminiscencia de un color platino absoluto, tan pura y cegadora que absorbía el espectro lumínico de los sensores del microscopio.

Era la Cepa Maestra Reversible.

—No se está extinguiendo, Min-ho —susurró Ha-yun, su voz apenas un hilo de aire frío que cortó la atmósfera del laboratorio. Su mente de cirujana, entrenada en los escenarios de trauma más críticos de Gangnam, descifró la ecuación molecular en un suspiro—. Al inyectar el anticuerpo en el monte Paektu, no destruimos el núcleo original. El sistema místico replegó su última línea de código dentro del único contenedor vivo que quedaba libre de mutaciones en este bloque: el plasma del reencuentro.

—Doctora Yoo… mire los parámetros de transcripción inversa —el enfermero jefe, Min-ho, dio un paso atrás, su mano temblando mientras sostenía los viales de contraste químico—. Los filamentos platino están replicando la firma proteica de la primera noche que usted y el General se cruzaron en la sala de urgencias. No es una patología… es un reloj de arena biológico. El Velo ha comenzado a contar los segundos hacia el colapso de la memoria celular de los dos.

Ha-yun se inclinó sobre la pantalla. Las gráficas de Shinwha confirmaban el veredicto más desgarrador de su eternidad: la Paradox final no buscaba los satélites de la órbita baja ni las bases de la zona desmilitarizada. Estaba utilizando el entrelazamiento cuántico de sus propios sistemas nerviosos para forzar el reinicio. Si el resplandor platino de la muestra alcanzaba el cien por cien de saturación en las próximas dos horas, sus cerebros sufrirían una amnesia anterógrada total.

Olvidarían el asfalto de Seúl. Olvidarían el hospital. Olvidarían por qué se habían amado a través de cuatro siglos de invierno. Volverían a ser dos extraños perfectos caminando bajo la llovizna de Gangnam, dejando el trono del tiempo a merced de la farmacéutica global de Ginebra, cuyos satélites espías ya rastreaban la señal desde el Mar del Este.

La guardia del Comandante humano

La triple compuerta magnética del laboratorio forense se deslizó hacia arriba con un impacto neumático seco. Kang-dae entró en la estancia, su imponente figura envuelta en un abrigo largo de lana negra que arrastraba el frío de la madrugada. Su rostro lucía la rigidez de una escultura de basalto, rota únicamente por las ojeras grises de su anemia biológica. Sin embargo, sus ojos negros, profundos y fijos en Ha-yun con una devoción indomable, mantenían la templanza del Comandante que no sabe lo que significa ceder una posición de guardia.

Detrás de él, el secretario Kim avanzaba manteniendo su brazo izquierdo inmovilizado en el cabestrillo, sosteniendo la tableta digital de alta seguridad cuyos gráficos ya parpadeaban en el mismo color platino absoluto de la muestra médica.

—El perímetro del hospital está asegurado por nuestra contrainteligencia, Ha-yun —la voz barítona de Kang-dae descendió sobre la encimera de acero con la firmeza de un juramento—. Los servidores de Shinwha en la avenida Teheran-ro están registrando una pérdida masiva de datos históricos. Las bases de datos corporativas están borrando las referencias a nuestro linaje de forma secuencial. Nos estamos desvaneciendo de los mapas del siglo XXI.

Ha-yun se despojó de los guantes de látex, dando tres pasos rápidos hasta detenerse frente a él. Sostuvo sus manos enguantadas en polímero térmico, sintiendo la calidez ordinaria, real y temblorosa de sus dedos.

—La muestra de platino está consumiendo el espacio intermedio de nuestras tres vidas, Kang-dae —declaró la cirujana, las lágrimas de una profunda y dolorosa emoción milenaria asomando a sus pupilas negras—. El médico de la corte de Joseon lo escribió en la última página del pergamino del búnker. Si las cuatro terminales mecánicas fallaban, el Velo activaría la Línea del Olvido. El sistema prefiere borrarnos la memoria celular antes que permitir que dos mortales comunes conserven el secreto de la primera era en mitad del presente ordinario. Nos quedan noventa minutos antes de que la frecuencia de este laboratorio nos convierta en dos desconocidos.




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