Distrito Financiero de Gangnam, Seúl.
18:30 PM. El último amanecer de la memoria.
El crepúsculo sobre Seúl se desplegaba con una magnificencia de oro viejo y violeta pálido, tiñendo los rascacielos de la avenida Teheran-ro con un resplandor limpio que marcaba el inicio del verano. Abajo, en las aceras del distrito financiero, el murmullo de la multitud ordinaria, el siseo de los autobuses metropolitanos y el cruce apresurado de los peatones bajo las primeras luces de los paneles de neón tridimensionales componían la sinfonía de un mundo curado. El aire ya no sabía a ozono, ni a magnetita, ni a la ceniza helada de las fronteras; sabía a asfalto lavado por la llovizna, a los motores de la gran metrópolis y a los granos de café tostado que emanaban de las cafeterías de esquina.
Yoo Ha-yun permanecía de pie frente al inmenso ventanal de la sala de conferencias principal del Hospital Central de Shinwha. Llevaba puesta su bata blanca de cirujana, perfectamente almidonada, con su nombre bordado en hilo azul sobre el bolsillo superior. Sus manos largas y pálidas descansaban sobre el cristal blindado, reflejando una calma absoluta.
Se miró la palma de la mano derecha. La línea blanquecina de su antigua incisión quirúrgica era ahora una marca sutil, camuflada entre las líneas naturales de su anatomía mortal. Ya no había pulsaciones platino, ni savia verde, ni el mercurio azul de Joseon. Tras el sellado definitivo del laboratorio de patología forense, las deudas imperiales de su estirpe real se habían disuelto en el flujo regular de una vida común del siglo XXI. El Capitán del norte había sido trasladado a un centro de rehabilitación ordinario bajo una identidad civil protegida, y la corporación Shinwha operaba plenamente como una entidad de salud y construcción civil, libre de laboratorios cuánticos y secretos de estado.
La puerta batiente de la sala se deslizó con un zumbido neumático sordo. El secretario Kim entró en la estancia vistiendo un impecable traje de sastre gris oscuro. Su brazo izquierdo finalmente estaba libre del cabestrillo ortopédico, mostrando una recuperación muscular completa que delataba el fin de su propio calvario táctico. Sostenía una tableta digital de alta seguridad, cuya interfaz mostraba los balances financieros ordinarios del cierre de la bolsa de Seúl.
—Doctora Yoo… la junta directiva ha completado la transferencia del cien por cien de las patentes farmacéuticas remanentes a la red de hospitales públicos de la península —informó Kim, haciendo una inclinación de cabeza de cuarenta y cinco grados, una reverencia impregnada de una profunda y leal gratitud—. Los servidores clandestinos de Ginebra han sido desmantelados por las autoridades suizas tras la liquidación de activos de Hanseong. El proyecto del Velo ha sido borrado de la historia moderna legal de forma irreversible.
Ha-yun se giró despacio, dedicándole una sonrisa genuina y hermosa que borró cualquier rastro de la severidad aristocrática que su linaje le había impuesto en el pasado.
—Gracias por todo, secretario Kim. Has sido el mejor escudo que este siglo pudo haberle dado a nuestra existencia. ¿Cómo están las lecturas en la central de Songdo?
—Completamente limpias, doctora. Las frecuencias de la fosa del este, del monte Paektu y de la órbita baja se mantienen en un cero absoluto continuo. El tiempo ha dejado de buscar su plasma.
Ha-yun exhaló un suspiro largo y liberador. Se despojó del estetoscopio que colgaba de su cuello y caminó hacia su casillero técnico para colgar la bata blanca por última vez en esa guardia. Habían destruido los tronos de seda, quebrado las agujas de la inmortalidad y enterrado los báculos de grafito. El año 2026 finalmente se abría ante ella como un libro en blanco, listo para ser escrito con la tinta ordinaria de los mortales comunes.
La tregua de las almas fugitivas
A las siete y media de la tarde, cuando las farolas públicas comenzaron a encenderse en mitad de la penumbra dorada de la capital, Ha-yun cruzó el paso de cebra comercial del distrito de Jongno, vistiendo una gabardina beige ligera y unos vaqueros oscuros que reemplazaban de forma definitiva la rigidez de su ropa de combate. Caminaba despacio, disfrutando del roce del viento cálido del verano contra su rostro, libre de las cuentas regresivas que habían tiranizado sus tres existencias de invierno.
Se dirigió hacia el pequeño jardín periférico que colindaba con los muros de piedra del palacio antiguo de Changdeokgung. Allí, bajo una inmensa pérgola de madera vieja donde las glicinas de la estación colgaban en tupidos racimos de color violeta y plata ordinaria, Kang-dae la esperaba.
El General ya no vestía los abrigos largos de lana militar de la guardia real ni los trajes patrimoniales de la presidencia ejecutiva. Llevaba un jersey de punto fino de color negro y unos pantalones oscuros de estilo civil. Permanecía sentado en un banco de madera blanca, con la mirada negra y profunda fija en las copas de los árboles sagrados que se mecían bajo el cielo de Seúl. Su rostro lucía las líneas maduras y saludables de un hombre cuya anemia biológica se había revertido por completo tras la extracción del vacío negro en Songdo.
Al notar el sonido de la gravilla bajo los pasos de Ha-yun, Kang-dae cerró el pequeño cuaderno de notas que sostenía en su regazo y se puso en pie. Su figura imponente, desprovista de las armas tácticas y los arneses de titanio, proyectaba la silueta pacífica del guerrero que ha regresado a casa tras la última batalla del imperio.
—Llegas diez minutos tarde, jefa de trauma —dijo el hombre, su voz barítona descendiendo sobre el jardín con una modulación templada, suave y cargada de esa ironía protectora que siempre le llegaba al fondo del alma a la cirujana.