Te AmÉ En Otra Vida

Epílogo: El registro de los días comunes

Hospital Central de Shinwha, área de descanso de trauma.

Dos meses después del cierre.

El sonido de la máquina de café expreso al liberar vapor se mezclaba con el murmullo amortiguado de los televisores de la sala de espera, donde los informativos matutinos de Seúl repasaban las cotizaciones ordinarias de la bolsa. La luz del verano pleno inundaba el ventanal, iluminando las carpetas de historiales clínicos que Yoo Ha-yun repasaba con bolígrafo común y corriente.

Llevaba su bata blanca con la soltura de quien ha recuperado el control absoluto de su rutina. A su lado, el enfermero jefe, Min-ho, dejaba una bandeja con los informes de alta de la semana.

—Doctora Yoo, el ala norte está completamente despejada antes del cambio de turno. El paciente del coma inducido en neurología completó su traslado al centro de rehabilitación civil esta mañana. Sus funciones motoras están al cien por cien y los análisis de sangre ya no muestran ninguna anomalía proteica. Es un ciudadano ordinario más.

Ha-yun asintió, estampando su firma manual en el último documento.

—Excelente, Min-ho. Asegúrate de archivar el expediente bajo el protocolo clínico regular. Ya no hay motivos para mantener las alertas especiales en este bloque.

Cuando el enfermero se retiró, Ha-yun extendió su mano derecha bajo el sol de la ventana. La delgada línea rosada de su palma lucía inerte, mimetizada con las líneas naturales de su piel. Ya no había rastro de las fiebres del elixir, ni de la savia del palacio, ni de las encriptaciones de la órbita baja. El año 2026 corría de forma lineal, predecible y hermosa a través de sus venas.

La página en blanco de la memoria

A las siete de la tarde, las luces de la avenida Teheran-ro se encendieron en una secuencia perfecta de destellos ámbar y azul comercial, ajenas por completo a las frecuencias místicas del pasado. Ha-yun caminaba por la acera de Gangnam vistiendo un abrigo ligero y unos vaqueros oscuros, disfrutando del simple placer de perderse entre la multitud de civiles que salían de sus oficinas.

Se desvió hacia el pequeño café de esquina de la zona residencial, donde el olor a pastelería fresca y granos tostados la recibió con su habitual calidez familiar.

Sentado junto al ventanal que miraba al flujo de los coches, Kang-dae la esperaba.

Vestía un jersey de punto fino de color gris oscuro y leía un periódico matutino sin prisa. Su rostro, limpio de las tensiones militares de la guardia real, lucía un tono saludable y una serenidad que Ha-yun atesoraba como el mayor triunfo de su carrera médica. Al notar su presencia, el General dobló el papel y una sonrisa madura y templada iluminó sus ojos negros patricios.

—Llegas tres minutos tarde, doctora Yoo —dijo él, su voz barítona arrastrando esa suave ironía que siempre le devolvía la calma a la cirujana.

—Tuve que cerrar el informe de una sutura de trauma, mi General —respondió ella, sentándose frente a él y entrelazando sus dedos con los suyos sobre la mesa de madera ordinaria—. Los mortales comunes nos tomamos en serio el papeleo antes de salir a disfrutar de la noche.

Kang-dae apretó su mano, sintiendo la textura de la piel cicatrizada de Ha-yun. Ya no había marcas que quemaran, ni deudas de linaje que saldar con el filo del acero, ni tiranías temporales que amenazaran con desvanecer sus recuerdos al cambiar la estación. El hilo rojo del destino se había transformado finalmente en el simple derecho de compartir un café en mitad de un Seúl pacífico.

—El secretario Kim me envió la confirmación final del archivo pasivo de la torre —comentó el hombre, mirando las luces de los rascacielos que comenzaban a titilar en el horizonte—. El Grupo Shinwha opera al cien por cien dentro de los marcos civiles de la península. Los servidores de Ginebra han sido desmantelados y las firmas de Hanseong se han disuelto sin dejar rastro informático. La Paradox ha muerto por falta de combustible biológico.

Ha-yun apoyó la cabeza en el hombro de Kang-dae, contemplando las gotas de una lluvia ligera que comenzaba a humedecer el cristal del ventanal, dibujando reflejos dorados sobre la mesa.

—La Paradox murió porque elegimos el quirófano del presente, Kang-dae —susurró ella, cerrando los ojos y dejándose envolver por su aroma familiar a cuero y pino húmedo—. El pasado ya tuvo sus palacios de seda y sus inviernos de nieve. Esta era nos pertenece a nosotros, a las guardias de urgencias, a las caminatas bajo el paraguas común y a las páginas en blanco que decidamos escribir día a día.

Kang-dae se inclinó sutilmente, depositando un beso templado, largo y profundo en los labios de ella que selló su primera noche de paz absoluta como mortales ordinarios en el año 2026.

Afuera, los coches continuaron fluyendo en un río incesante de luz común y corriente por las avenidas de la capital oriental, custodiando el silencio de dos almas fugitivas que finalmente habían ganado la batalla definitiva para quedarse a vivir para siempre en la hermosa normalidad de su propio presente.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.