Te cuidaré de mi

10. Huracán.

DOMINIQUE

Leon retrocede un paso, pero su mirada sigue clavada en mí, como si solo esperara que yo respire mal para estallar de nuevo.

Intento incorporarme, pero la cabeza me da vueltas, la pierna me duele y el mundo se mueve como si alguien lo empujara con mala intención.

Él me mira esperando… algo.
Y yo, idiota como siempre, abro la boca sin pensar.

—No es buena idea —digo, antes de que él diga nada.

—¿Por qué? —pregunta, con una calma que no le creo.

Lo miro de frente.

—¿Por qué yo? —susurro, la garganta seca—. No te gustan chicos de tu edad… ¿por qué…?

Leon se queda quieto.
Demasiado quieto.

—¿Eso te dijo él? —escupe—. ¿El imbécil de Gabriel?

—No metas a nadie más acá —respondo, seco.

—Ya está metido —gruñe—. Porque lo pensaste. Porque te lo hizo dudar.

Mi mano se desliza hacia el borde de la cama y siento el frío del metal.
Mi bastón, apoyado ahí.
Mi recordatorio.
Mi ancla.
Mi condena.

Bajo la mirada.

—Yo no… —trago saliva—. Nunca voy a tener una vida normal, Leon. No soy…

No termino.
No puedo.

La frase se me ahoga en el pecho.

Pero no hace falta. Él entiende. Lo veo en su cara.

Y ahí se desata.

Es como si hubiera apretado el botón exacto para destruirlo. Su expresión cambia de ira contenida a algo mucho más feroz, más primitivo, más hiriente. Un huracán. Uno de esos que arrasan todo lo que tocan.

—No vuelvas a decir eso —gruñe, y antes de que pueda alejarme, antes de que pueda siquiera respirar, sus manos ya están en mis brazos.

—Leon, no… —alcanzo a protestar.

Me toma del cuello con una mano firme, sin apretar, pero sin opción de huir, y me besa. Me aplasta contra la cama, contra él, contra su rabia, contra su necesidad.

Su boca es un ataque, un reclamo, una respuesta desesperada a algo que yo no debí abrir.

El beso es tan intenso que me corta el aire. Es profundo, cargado, con rabia y celos mezclados con deseo puro. Su boca se mueve sobre la mía como si estuviera reclamando algo que le pertenece, como si cada segundo separado fuera una ofensa.

Intento empujarlo con la poca fuerza que tengo.

—Leon… basta…yo hace mucho que no ...—susurro entre sus labios, mareado, sin aliento.

Pero él me sigue besando, como si quisiera borrar mis palabras de un modo brutal, como si hiciera falta arrancarlas de raíz para que no vuelvan a germinar.

Mi corazón late tan fuerte que me duele.
Su peso, su respiración contra mi piel, sus dedos aferrándose a mi camisa… todo es demasiado.

Y aun así… lo que más me sacude es otra cosa.

La forma en que tiembla.
Apenas.
Pero tiembla.

Como si lo que yo dije le hubiera partido algo adentro.

—Leon… por favor —insisto, esta vez más firme, agarrándole la muñeca para frenarlo.

Él se detiene apenas un segundo, respirando agitado sobre mis labios, como si luchara consigo mismo.

Su silencio pesa más que cualquier palabra. Hay algo en su mirada que me deja sin aire: no es ternura, no es enojo. Es hambre. Pura. Salvaje.

No sé qué es peor: el mareo, el dolor en la pierna… o la forma en que Leon me está devorando como si hubiera perdido el sentido.

Su primer beso conmigo, y lo saborea como un hombre que estuvo esperando demasiado, pero al mismo tiempo… está ciego. Completamente fuera de sí.

Su boca vuelve a aplastar la mía y yo siento que me falta el aire otra vez.

—Leon… —trato de hablar, pero su mano me agarra la mandíbula para profundizar el beso, como si temiera que, si me suelta, voy a desaparecer.

Su cuerpo me aprisiona contra el colchón cuando se acomoda encima mío, desesperado, ansioso, como si estuviéramos atrapados en un incendio y yo fuera lo único que desea salvar… o quemar.

Sus dedos se deslizan por mi torso, bruscos, torpes, temblorosos.

Y de golpe siento cómo tira de mi camisa, cómo la desabrocha —o directamente la arranca, no sé— mientras su boca baja a mi cuello sin darme un segundo para pensar. El contacto me atraviesa como una descarga. No es un beso cuidadoso; es lento, cargado de intención, como si supiera exactamente dónde tocar para desarmarme.
Se aparta apenas. Lo justo para que pueda oírlo.

—Eres mío, Dominique.

No tengo fuerzas para discutirlo.

La mordida llega de golpe. No duele. Quema. Es un gesto cargado de todo lo que no sabe decir de otra forma, una marca hecha desde la furia, desde el miedo a perderme, desde algo salvaje que no intenta esconder. Una declaración muda. Mi cuerpo traiciona al pensamiento y dejo escapar un sonido bajo, involuntario.

Siento el aire frío en mi pecho cuando logra abrirme la camisa, mis manos intentando empujar su pecho, pero estoy mareado, débil, sin fuerzas, atrapado bajo él.

Su boca recorre mi piel como si estuviera marcando territorio, como si estuviera respondiendo a algo que lo desbordó por completo.

Y yo apenas puedo moverme.
Apenas puedo respirar.

Sus labios bajan, mi respiración se rompe y, en algún punto, dejo de tensarme.

No es rendición.
Es aceptar que ya estoy adentro del incendio.

LEON

No sé en qué momento dejé de escuchar su voz.
En qué momento dejé de ver que estaba sufriendo.

Solo sentía ese torbellino negro en el pecho: los celos, la rabia, el miedo absurdo a perderlo, la frase que me tiró como un puñal: ¿por qué no alguien de tu edad?

Y después… nada más.

Solo Dominique.
Solo su piel.
Solo la necesidad salvaje, irracional, de tenerlo cerca, de que no se fuera, de borrar cualquier rastro de ese imbécil que lo había tocado antes que yo.

Dominique se retorció debajo mío, pero yo no lo entendí. Pensé que era la tensión, el enojo, el maldito orgullo que siempre me saca de quicio.

No vi que el dolor lo estaba quebrando.

Solo lo sentí ceder.
Rendirse.
Agotado.
Vencido.

Y no supe leerlo.




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