Te cuidaré de mi

11.Resaca emocional.

DOMINIQUE

El café sabe horrible. No sé si es malo o si soy yo, pero cada sorbo me revuelve el estómago.

Estoy sentado junto a la ventana, con la pierna estirada como puedo, el bastón apoyado contra la mesa y la cabeza pesada, como si no hubiera dormido en días.

Tal vez no dormí.
La luz de la mañana me duele. El ruido de la calle me atraviesa. Todo está demasiado vivo para alguien que quisiera desaparecer un rato.
Anoche tomé más de lo que debía.

No para olvidar. Para no pensar. Error clásico.
Me paso una mano por la cara y cierro los ojos un segundo. Grave error. El cuerpo no coopera: me devuelve imágenes que no pedí. Una boca. Un peso encima del mío. Una respiración que todavía siento en la piel. Aprieto los dientes.

No fue solo sexo. Y eso es lo que más me molesta.

Apoyo la frente un segundo contra el vidrio frío y dejo que el recuerdo vuelva, porque vuelve igual aunque no lo invite: yo vistiéndome rápido, torpe, buscando mis cosas sin hacer ruido. Leon en el baño, el agua corriendo. Vapor. Su voz cantando algo bajo, despreocupado. Como si no hubiera hecho nada fuera de lo común la noche anterior.
Yo escapando como un ladrón. Ni una nota.

Ni una explicación. Ni el coraje de mirarlo a la cara con la luz del día.

Aprieto la mandíbula. Me enojo conmigo. Con él. Con la facilidad con la que dejé que pasara. Con lo fácil que fue olvidar todo lo que me prometí no volver a hacer.
No fue solo una noche. Y eso me da bronca.
Doy un sorbo más y el estómago protesta. La cabeza me late como si alguien hubiera dejado una puerta golpeando desde adentro. Resaca. Física y emocional. Combo perfecto.
Pago y salgo antes de terminar el café. El aire frío me golpea de lleno y agradezco el dolor físico; es más fácil de manejar que el otro.

Camino despacio, la pierna protestando a cada paso, como recordándome que no soy invencible.

Nunca lo fui.
La farmacia está a media cuadra. Camino despacio.

Pido algo para el dolor de cabeza, algo para el estómago, algo para fingir que tengo el control de algo, al menos. La bolsa de papel cruje cuando la agarro. Demasiado liviana para todo lo que me pesa.
Salgo. Y ahí está.
Leon, apoyado contra su auto, los brazos cruzados, el tobillo descansando contra el paragolpes, como si llevara ahí horas.

Me mira apenas salgo, como si supiera exactamente cuándo iba a aparecer. La rabia me sube de golpe.

—¿Qué hacés acá? —le suelto, sin saludar.
Él no se sobresalta. Eso me irrita más.

—Esperándote.

—¿Por qué? —digo—. Hoy es tu día libre.
Leon ladea la cabeza, tranquilo. Demasiado.

—No estoy trabajando.
Lo miro fijo, buscando la trampa.

—¿Cómo sabías que estaba acá?
Se encoge de hombros.

—Tu cafetería favorita. Cuando desaparecés temprano, venís acá. Y cuando te duele la pierna, después pasás por la farmacia de la esquina.

Me quedo helado. Odio que me conozca así.

—No me sigas —digo, más áspero de lo que pretendía.
Leon baja la mirada un segundo… y entonces ve la bolsa en mi mano. Algo cambia en su cara. No sonrisa. No ironía. Atención.

—No estás bien —dice.

—Estoy perfecto —respondo, automático.

—Compraste media farmacia para alguien que está perfecto.
Aprieto la bolsa. Me doy vuelta para irme.
—No necesito que me cuides.

—Lo sé —dice él, dando un paso—. Pero igual te voy a llevar.
Me río, corto, sin humor.

—Puedo llegar solo a mi casa. Tomo un taxi.

—No —responde—. Te llevo yo.

—No quiero subir a tu auto, Leon.
Silencio. Se acerca un poco más, despacio, como si no quisiera asustarme. Eso tampoco ayuda.

—Dominique —dice—. Apenas estás apoyando el peso en la pierna. Te tiembla la mano. Y no dormiste nada.
Lo odio por notar esas cosas. Lo odio por tener razón.

—No soy tu problema —le digo, y doy un paso para rodearlo.
Leon se mueve también. Un paso. El justo para volver a quedar frente a mí. No me toca. No invade. Pero está ahí, ocupando el espacio.

—Anoche sí parecía serlo.
La frase me pega bajo las costillas.

—Eso fue un error —escupo—. Y los errores no se repiten.

—No vine a hablar de anoche.

—Mentís mal.
Por primera vez algo se le endurece en la cara. No enojo. Preocupación contenida. De esa que pesa más.

—Vine porque no atendiste el teléfono.
Me quedo quieto.

—No tenías por qué llamarme.
—Tenía —responde—. Porque te fuiste como si estuvieras huyendo de algo. O de alguien. Y porque cuando hacés eso, siempre terminás mal.
El bastón resbala un poco y lo ajusto con la mano. La pierna me arde, como si estuviera de acuerdo con él. Traidora.
—No necesito un guardián —digo más bajo.
—Lo sé —repite—. Pero hoy necesitás ayuda. Y eso no te quita nada.
Me río, pero me sale mal. Cortado.
—¿Sabés qué me quita? Control. Y ya perdí suficiente.
Leon suspira. Se pasa una mano por la nuca, gesto nervioso que no suele mostrar.
—Dominique, subite cinco minutos. Si en cinco minutos seguís queriendo bajarte, te dejo donde quieras. No te hablo. No te pregunto nada. Te llevo y listo.
—¿Y si digo que no?
Me mira fijo.
—Entonces me voy a quedar acá parado, viéndote hacerte el fuerte hasta que te caigas redondo o aceptes.
—Eso es acoso.
—Eso es conocerte.
El ruido de la calle pasa alrededor nuestro, pero yo solo escucho el latido en la cabeza. La bolsa de la farmacia cruje otra vez en mi mano. Ridícula. Insuficiente.
Levanto la vista. Lo encuentro mirándome como anoche no me miró. No deseo. No costumbre. Cuidado. Y eso… eso me destruye.

—Cinco minutos —digo al fin—. Ni uno más.
Leon no sonríe. Solo abre la puerta del acompañante.
—Cinco.
Subo al auto con el cuerpo rígido, como si estuviera entrando en territorio enemigo. Y, sin embargo, cuando la puerta se cierra y el ruido del mundo queda afuera, lo único que pienso es que ya perdí esta discusión mucho antes de empezarla.
LEON
—Dominique… —le digo por tercera vez, y no obtengo nada.
Va callado desde que arrancamos. Demasiado. No discute, no ironiza, no se queja de cómo manejo ni del asiento. Eso, en él, es una alarma. Mantiene la vista fija al frente, la mandíbula apretada y la mano hundida en el muslo, como si tuviera que sostener la pierna para que no se le caiga del cuerpo.
No es dolor solamente. Es otra cosa. Lo conozco.
—Decime algo —insisto, más suave—. Aunque sea que me odiás.
Respira hondo. Tarda demasiado en hacerlo.
—Estacioná —dice de golpe—. Ahora.
No pregunta. No explica. Bajo la velocidad y freno donde puedo, casi sobre la banquina. Apenas paro, Dominique abre la puerta de un empujón y se queda ahí, medio inclinado hacia afuera, una mano cubriéndole la boca.
Mierda.
Salgo del auto sin pensarlo y rodeo corriendo. Me arrodillo frente a él, a la altura justa para verlo bien. Está pálido. No blanco: gris. Le corre una gota de sudor por la sien y los ojos le brillan de una forma que no me gusta nada.
—Ey… ey —digo, apoyando una mano en el marco de la puerta para no tocarlo de golpe—. Mirame.
No vomita. Pero está al límite. Respira corto, como si cada bocanada le diera vueltas al estómago.
—¿Qué tomaste? —le pregunto. Sé la respuesta antes de que hable.
—Nada —dice enseguida. Demasiado rápido. Demasiado automático.
Aprieto la mandíbula.
—No me mientas ahora.
No me mira. La mano sigue tapándole la boca, los nudillos tensos.
—Dominique —bajo la voz—. ¿Te tomaste algo fuerte para el dolor con el estómago vacío?
Un silencio. Un segundo de más. Eso también es respuesta.
—Miráme —repito, más firme.
Levanta los ojos apenas. Los tiene vidriosos. Cansados. Derrotados de una manera que me pega directo en el pecho.
—Fue poco —murmura—. No es para tanto.
—Nunca es “poco” con vos —digo, sin dureza—. Y menos después de anoche.
Se tensa al escuchar eso.
—No metas eso acá.
—Ya está acá —respondo—. Tu cuerpo lo trajo primero.
Me acerco un poco más, despacio, para no invadirlo. Le paso la mano por la espalda, apenas apoyada, por si necesita inclinarse más.
—Respirá conmigo —le digo—. Lento. No te apures.
Obedece. Eso también es raro. Me precupa un poco.
Lo observo con atención clínica, casi profesional, pero por dentro estoy todo menos frío. Náuseas, palidez, dolor, alcohol, analgésicos… combinación de mierda.
—Cuando pase esto —añado—, no te me vas a ir a ningún lado solo. ¿Entendés?
No responde. Pero no discute.
Y en ese silencio, arrodillado en el asfalto al lado del auto, entiendo algo que me cae pesado y claro: no vine solo a llevarlo. Vine porque, aunque él se haga el invencible, hoy se está cayendo a pedazos. Y alguien tiene que quedarse.
—Vamos a comer algo —le digo cuando vuelve a respirar con un poco menos de dificultad—. Ya es casi mediodía.
—No quiero nada —responde enseguida, sin mirarme.
No le doy espacio a que siga. Me acerco un poco más, demasiado para su comodidad, lo suficiente para que tenga que levantar la vista.
—No te estoy preguntando.
Me mira con fastidio, pero no tiene energía para pelear. Eso también me preocupa.
Arranco el auto antes de que pueda cambiar de idea y manejo hasta un parador chico cerca de la costa. No es hora pico. Mejor. Menos ruido. Menos gente mirando.
Lo dejo en el auto y bajo solo. Pido lo más suave que encuentro: pan blando, nada frito, nada pesado. Un sándwich casi triste .
Cuando vuelvo, me estira la mano sin ganas. Le paso el vaso primero. Da un sorbo… y de inmediato se tapa la boca, gira la cara hacia la puerta abierta como si fuera a escupirlo todo.
—Despacio —le digo—. Muy despacio.
Respira. Traga. Se recompone a medias.
—¿Qué es esta porquería? —gruñe.
—Algo para que no vomites —le digo—. Tranquilo, ya se disolvió.
Me fulmina con la mirada, pero agarra el sándwich. Le da uno, dos bocados como mucho y después lo deja sobre la servilleta, derrotado.
No digo nada. Solo lo miro. Y espero.
Conozco ese silencio. Lo detesta.
—¿Qué? —dice al fin, sin levantar la vista—. ¿Es interesante ver mi desgracia?
—No —respondo enseguida. Ni una gota de ironía. Ni una sonrisa.
Se queda quieto. Eso no se lo esperaba.
Apoyo el antebrazo en el volante y lo miro de costado, con calma.
—Te estoy mirando porque quiero saber si seguís acá —digo—. Si no te desarmás del todo.
Traga saliva. El ruido del mar entra por la ventanilla. Constante. Indiferente.
—Quiero que sepas algo —añado, después de unos segundos—. Para mí no fue un error.
Levanta la cabeza de golpe.
—No empieces.
—No estoy empezando nada —digo—. Solo estoy siendo claro. Anoche pasó algo. Y yo no me arrepiento.
—Leon…
—No —lo corto, suave pero firme—. No te estoy pidiendo nada. No explicaciones, no promesas, no escenas dramáticas. Solo que lo sepas.
Me observa como si estuviera buscando la grieta. El truco. La intención escondida. No hay.
—Vos podés llamarlo error si querés —continúo—. Podés escaparte, vestirte rápido, no dejar nota, hacer como si no hubiera pasado. Eso es tu derecho.
Hace un gesto incómodo. Le di en el punto.
—Pero no me pongas a mí en el mismo lugar —digo—. Porque yo me desperté esta mañana sabiendo exactamente lo que hice. Y volvería a hacerlo.
El silencio que sigue es denso. No incómodo. Peligroso.
Dominique baja la mirada al sándwich a medio comer, como si ahí estuviera la respuesta. Yo no lo apuro. Ya insistí bastante por hoy. Pero no pienso mentirle para que le sea más fácil huir.
Dominique se agarra la cabeza con ambas manos, los codos apoyados en las rodillas. Demasiada información. Lo veo en cómo se encoge, en cómo frunce el ceño, como si el ruido no estuviera afuera sino adentro.
—Llevame a mi casa, Leon —dice.
No lo dice como orden. Lo dice como quien pide tregua.
No respondo. No hace falta. Arranco el auto y manejo sin música, sin comentarios, dejándolo respirar. El camino se hace corto. O tal vez soy yo el que no quiere alargarlo.
Cuando estaciono, Dominique ya tiene la mano en la manija. Demasiado rápido. Demasiado listo para huir. Antes de que pueda abrir, estiro la mano y le tomo la muñeca. No fuerte. No posesivo. Solo lo justo para que no salga disparado.
—Mírame.
Tarda. Cuenta segundos con la respiración. Al final gira la cabeza. Me acerco. No invado del todo, pero acorto la distancia lo suficiente para que no pueda fingir que no me escucha.
—Para mí no fue un error —repito.
No hay duda en mi voz. No hay desafío. Es una verdad simple.
Lo veo procesarlo. Lo veo querer decir algo y no encontrar por dónde. Los labios se le entreabren apenas, después se cierran. Se tensa. Se pone incómodo. El rubor le sube por el cuello, traicionero.
No necesita decir nada. Eso dice más que cualquier discurso.
—Te voy a cuidar —le digo—. Aunque sea de mi .
No sé si eso lo tranquiliza o lo asusta. Pero no se suelta enseguida.
Dominique abre la puerta, baja con cuidado por la pierna y, por un segundo, pienso que se va sin más. Pero antes de irse, sin darse vuelta, dice bajo:
—Hasta mañana.
Me quedo mirándolo entrar. No sonrío grande. No hace falta. Pero cuando arranco el auto, la sonrisa aparece sola, chica, tranquila.
"Porque no fue una despedida.
Fue una promesa."




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.