Te cuidaré de mi

12.El accidente.

LEON

No quería admitirlo, pero llevaba días dándole vueltas a lo mismo: ¿qué pasó realmente en ese accidente? Esa cojera no era de un golpe menor. Ese dolor que Dominique arrastra… no es solo físico. Y él nunca dice nada. Nunca. Cada vez que intento preguntarle, se cierra como si yo fuera a robarle algo sagrado. Y eso, claro, me enferma. Porque quiero saberlo todo.
Jennifer fue la primera que me hizo ruido. La escuché decirle al pasar:
—No te esfuerces tanto, no otra vez…
Otra vez. ¿Qué otra vez?
La curiosidad me carcomió. No era simple interés: era esa necesidad que me agarra cuando algo tiene que ver con él. Como si cada parte de Dominique que no conozco me picara por dentro.
Así que busqué. Busqué como un idiota. Contactos, registros, llamados. Hasta que encontré el hospital y al traumatólogo que lo atendió hace cinco años.
Fui sin avisar.
El consultorio era frío, impecable, con olor a desinfectante. El médico me miró con desconfianza cuando dije el nombre de Dominique Russell, pero la mirada cambió cuando dije que trabajábamos juntos. Me estudió un segundo más. Yo esperé, con ese nudo extraño en el estómago que no supe reconocer.
—¿Qué quiere saber exactamente? —preguntó.
Tragué saliva.
—Todo.
Me miró raro.
—Su historia clínica es confidencial.
—No estoy pidiendo radiografías. Solo… necesito entender qué le pasó. Él no habla del tema.
El médico suspiró como quien se rinde, acomodó unos papeles, como si la historia le pesara incluso a él.

Al principio dudó, me midió, como si no supiera si debería hablar conmigo. Pero cuando entendió que me importaba de verdad, que no vine por curiosidad sino por preocupación, suspiró y aceptó contarme.
Dominique llevaba días sin dormir, me dijo.
—Estaba agotado. Después de una pelea con su pareja, una infidelidad —aclaró—, se sintió mal, exhausto, y estacionó en la banquina para descansar un momento. Ahí fue cuando pasó.
Un hombre borracho, a gran velocidad, lo embistió.
Escuché sin interrumpir. Sentí el estómago cerrarse.
—La pierna de Dominique quedó aplastada entre los dos autos. Los rescatistas tuvieron que trabajar mucho para sacarlo.
El médico bajó la voz cuando dijo que la pierna estaba destruida, que fue un milagro que hayan podido operarlo.
Asentí, pero no dije nada. Solo pensé que estuve a centímetros de perderlo, incluso antes de conocerlo de verdad.
—Usted debe quererlo mucho para venir a preguntar por esto —comentó el médico antes de despedirse.
No respondí. No podía.
Salí a la calle con un silencio que me quemaba por dentro. Sabía que Dominique escondía cosas. Sabía que tenía sombras. Pero esto…
Esto explicaba todo: el modo en que me mira y mira al mismo tiempo para otro lado. El modo en que se aleja cuando algo lo toca demasiado. El modo en que se seca las lágrimas antes de que yo las vea. El modo en que se pone de pie aunque la pierna le tiemble.
Él no está roto.
Él está armado de pedazos que se pegó solo.
Y alguien lo destruyó primero.
Me quedé apoyado contra un árbol, apretando los dientes, sintiendo una mezcla rara de bronca y ternura. Bronca porque alguien lo hundió así. Ternura porque… él sigue avanzando, incluso cuando le duele.
Respiré hondo. Sentí algo adentro acomodarse… o romperse más.
Yo no quiero lastimarlo. Pero tampoco puedo dejar de querer acercarme. Y ahora que sé esto… menos todavía pienso dejarlo escapar.

DOMINIQUE
Entró a la oficina y lo supe enseguida. No sé cómo explicarlo, pero cuando León está raro, el aire cambia. Se vuelve denso, igual que él cuando decide mirarme demasiado.
Yo estaba sentado, revisando unos informes que no me interesaban en lo más mínimo, con la pierna dándome esa punzada que ya es parte del decorado.

Ojalá se fuera.

Ojalá todo se fuera.
Y entonces entra él.
Silencioso. Demasiado silencioso para ser León.
Alzo apenas la mirada y lo veo parado ahí, como si se hubiese olvidado qué venía a hacer. Y me está mirando. Fijo. Como si yo fuera un cuadro que no entiende.
Frunzo el ceño.
—¿Qué? —digo, seco.
Nada. Ni parpadea.
Aprieto los labios, incómodo. Me acomodo en la silla como si eso fuera a romper el hechizo. No lo hace.
—León. ¿Qué? —repito, ya de mal humor, porque si hay algo que odio es que me analicen.
Y él está haciendo exactamente eso: analizándome, como si se hubiera aprendido cada marca de mi cuerpo de memoria.
Viene hacia mí. Lento. Demasiado lento.
Empiezo a tensarme. No sé si quiero que se acerque o que se vaya al demonio.
—¿Te pasa algo? —le digo, pero suena más a “dejá de mirarme así”.
Él tarda en contestar. Ni siquiera estoy seguro de que vaya a contestar.
—No —dice al fin. La voz suave. Insoportablemente suave—. Solo… te estaba mirando.
Como si eso fuera normal.
Entrecierro los ojos.
—¿Y por qué me mirás como si fuera a desarmarme?
Me arrepiento apenas lo digo. Demasiado honesto. Demasiado yo cuando estoy cansado.
Él no se ríe. No se burla. No hace nada de lo que normalmente haría para ponerme nervioso. Solo se acerca un poco más.
Y me siento observado. De verdad observado. Como si él supiera algo que yo no.
Algo en el pecho me da un latido raro.
—Dominique —dice mi nombre, y eso ya me desarma lo suficiente—. Sos… más fuerte de lo que pensás.
Me tenso entero. La silla. El escritorio. Mis manos cierran los puños sin que yo lo decida.
—¿De dónde sacaste eso? —pregunto, molesto, defensivo.
—No importa —miente.
Y yo lo sé. Lo siento. Algo sabe. Algo que no debería.
Mi corazón da un golpe seco, como un puñetazo desde adentro.
—León —insisto, la voz más baja, casi ronca—. ¿Qué sabés?
Él me mira con una mezcla rara de respeto, bronca por mí y… ¿ternura? No. No. Eso debo estar imaginándolo.
Él no es tierno. No conmigo.
—Sé que seguís de pie —dice despacio— cuando cualquier otro se hubiese quedado tirado.
No puedo.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.