LEON
Llegué a la universidad con un humor de perros. Había pasado toda la mañana revolviendo el departamento de Dominique como un ladrón torpe, abriendo cajones, revisando entre libros, debajo de la cama, buscando aunque fuera una mísera pastilla para que pudiera dormir, se que tiene que tener .
Tres días sin pegar un ojo… él.
Y yo pegado atrás, arrastrado en su insomnio, en su terquedad, en su silencio.
Lo peor es que ya no es solo cansancio: es ese tipo de agotamiento que te vuelve irritable, impulsivo, casi cruel. Y Dominique… Dominique está peor. Pésimo humor, esa mirada filosa, el cuerpo tensado, rechazando ayuda como si dependiera su vida de no aceptarla. Y esa resistencia, tan suya, que normalmente me encanta… hoy me saca.
Hoy me enoja.
Hoy me quema.
Cuando llego al pasillo de su oficina, respiro hondo, listo para entrar a encararlo, pero me lo impiden.
Jennifer está ahí, pegada a la puerta, mirando por la rendija como si estuviera espiando como una ladrona.
—¿Jennifer ..qué hacés? —digo con poca paciencia.
Ella se separa de la puerta enseguida, con cara de culpa.
—Leon, estoy preocupada… —susurra—. Miralo, por favor. Hacé algo,ayudalo.
Ayudarlo.
Esa palabra me aprieta el estómago.
Porque sé exactamente lo que significa: cruzar la línea, esa que él defiende con dientes y garra. Forzarlo. Obligarlo a cuidarse. Y sí… ayudarlo implica pasar por encima de lo que quiere.
Jennifer me mira como si yo fuera la última persona capaz de sostenerlo antes de que se quiebre del todo.
Yo también estoy preocupado. Yo también estoy cansado. Y también estoy harto.
—Si hago algo —murmuro, apretando la mandíbula—, no le va a gustar. A ninguno de los dos.
Ella baja la mirada, pero no responde. Porque sabe que es verdad.
Entonces me apoyo en la pared, inhalo profundo y miro la puerta.
Tres días sin dormir.
Tres días negándose a todo.
Tres días de verlo desmoronarse lentamente.
Y sé que, aunque me odie un poco… aunque me saque a empujones… aunque me cierre la puerta en la cara…
Voy a entrar igual.
Porque si él no se cuida, alguien va a tener que hacerlo.
Y ese alguien —maldita sea— soy yo.
DOMINIQUE
Apoyo los codos en el escritorio porque es lo único que sigue firme en esta maldita oficina. Mis dedos apenas sostienen mi frente, como si eso alcanzara para contener el dolor que late detrás de mis ojos.
Tres días sin dormir… ya perdí la cuenta de cuántas veces cerré los ojos esperando que el sueño me arrastrara.
No funciona.
Nada funciona.
Probé té, ducha caliente, respirar profundo, caminar por el departamento a oscuras como un fantasma.
Pero no pienso depender de pastillas.
No otra vez.
No quiero.
No voy a darle ese gusto tampoco.
La cabeza me martilla. La pierna… ni hablar. Y encima Leon, pegado a mí todo el día como una sombra insistente. Respirándome en la nuca con esa mezcla insoportable de preocupación y terquedad.
Si no estuviera tan agotado, ya lo habría echado a gritos. O quizá sí lo hice. No estoy seguro.
Escucho la puerta abrirse sin permiso. No necesito mirar para saber quién es. El aire cambia cuando él entra, como si trajera su propia tensión a cuestas.
—Dominique —dice mi nombre con esa voz firme que usa cuando cree que sabe lo que es mejor para mí.
Cierro los ojos con más fuerza, presionando los dedos contra mi frente. No quiero verlo. No tengo fuerzas para otra discusión. No tengo fuerzas para él.
—Leon… —murmuro, casi un gruñido—. No. No ahora.
Lo escucho acercarse igual. Claro que sí. Porque cuando yo digo “no”, él escucha “insistí un poco más”.
Aprieto la mandíbula. Mi cuerpo está hecho un nudo, dolorido, cansado, frustrado. Si lo miro a los ojos voy a perder la poca compostura que me queda.
No sé si estoy más agotado por no dormir… o por intentar evitar que Leon me vea así.
Tan deshecho.
Tan vulnerable.
—Dominique —repite, más cerca, más decidido—. Mirame.
No lo hago.
No puedo.
Porque sé que, si levanto la cabeza y lo miro, él va a ver todo lo que estoy intentando sostener a la fuerza. Va a ver que ya no puedo más.
Y detesto que tenga ese poder sobre mí.
Detesto que lo note.
Detesto que se quede.
Pero… también detesto que una parte de mí quiera que no se vaya.
LEON
Apoyo el frasco de pastillas en su escritorio con más fuerza de la necesaria. Un golpe seco, claro, imposible de ignorar.
Ya estoy cansado.
Cansado de insistirle.
Cansado de que me rechace.
Cansado de que finja que puede seguir así.
Sé perfectamente que su pierna es parte del problema. Ese dolor lo acorrala, no lo deja dormir, no lo deja pensar. He intentado mil veces convencerlo de hacer la terapia como corresponde, de dejarme ayudarlo, de al menos confiar un poco en mí.
Pero siempre se cierra.
Siempre me frena antes de que pueda cruzar esa línea que él protege como un animal herido.
Hoy… yo ya no tengo más paciencia.
Y él claramente tampoco.
Doy un paso hacia donde está, inclinado sobre el escritorio, escondido detrás de sus manos. Me preparo para discutir, para pelear si hace falta, para obligarlo a cuidarse aunque me odie.
Pero entonces lo noto.
Algo no encaja.
Dominique respira hondo. Demasiado hondo. Su pecho sube y baja con un ritmo pesado, como si le costara. Hay gotas de sudor bajándole por la sien… y en este despacho hace frío, un frío que se te mete en los huesos.
Frunzo el ceño y le toco apenas el hombro.
Arde.
Arde como si tuviera fuego debajo de la piel.
—Dominique… —mi voz se apaga un segundo, un instante de pura alarma—. Estás hirviendo.
Él intenta apartarse, como siempre, pero está lento. Demasiado lento.
Y eso me golpea más que cualquier insulto que pudiera gritarme.
Le tomo el brazo con firmeza, no para dominarlo… sino porque siento que, si lo suelto, se va a desplomar.
—Mirame —pido, pero esta vez no es una orden. Es urgencia.
Cuando por fin alza la cabeza, veo su cara: pálida, con ojeras marcadas, el sudor brillando en la frente y esa expresión terca… mezclada con un cansancio que asusta.
No es solo insomnio.
No es solo la pierna.
Está enfermo.
Y se obligó a seguir.
Y me escondió esto también.