LEON
Me despierta un tirón en la espalda que casi me arranca un insulto. Abro los ojos, confundido, todavía con la cabeza pesada por el cansancio. La manta sobre mis hombros me desconcierta un segundo —no recuerdo haberme tapado— y entonces vuelvo a la realidad de golpe.
Dominique.
Me enderezo tan rápido que casi tiro la silla. La cama está vacía. Se me acelera el corazón de una forma que no puedo controlar.
Ese segundo en el que no lo veo es suficiente para que todo lo de anoche vuelva como un golpe al pecho: la fiebre, la desesperación, sus manos temblando, su voz suplicando que no lo encierren.
—Dominique —susurro hacia el silencio, como si pudiera contestarme.
Salgo de la habitación en un instante, casi sin sentir el piso bajo los pies.
No está en el baño. No está en la cocina.
Y entonces lo veo.
En el balcón.
Está ahí descalzo, despeinado, con el cigarro entre los dedos temblorosos ,apoyado en la baranda de metal frío ,como si fuera lo único que lo sostiene.
Su mirada no está en la calle ni en el cielo: está perdida en algún lugar al que yo no puedo llegar.
Parece… lejos. Vacío. Está demasiado quieto.
Demasiado callado.
Demasiado él , en esa versión suya que vive detrás de puertas cerradas.
Se me aflojan los hombros por un instante, aliviado porque está ahí, vivo, respirando. Pero al mismo tiempo me arde el estómago por cómo se ve. Suspendido en sus propios pensamientos.
Camino hacia él despacio, sin hacer ruido.
—Dominique… —digo suave, para no asustarlo.
Pero igual se asusta.
Lo veo tensarse entero, los dedos apretando el cigarro, los hombros encogiéndose como si lo hubiera golpeado el sonido de mi voz.
Se gira apenas, con esos ojos oscuros aún nublados. La luz tenue marca su cara demasiado pálida. La fiebre sigue ahí; lo sé antes incluso de acercarme.
—Hey —levanto las manos un poco, como si me acercara a un animal herido que podría huir —Está bien. Solo… solo me asusté al no verte en la cama.
Doy un paso más.
Él retrocede apenas medio centímetro. Involuntario. Instintivo.
Y esa mínima distancia me dice todo.
Que su cabeza está mezclando lo que recuerda con lo que siente. Que yo, para él, soy demasiado…demasiado peligro.
No se ve bien. No debería estar de pie, mucho menos fumando en el frío. Tiene los hombros caídos, el cuerpo tenso, como si ni siquiera descansar fuera una opción esta noche.
No pienso irme. Aunque él no sepa cómo reaccionar a eso.
Algo en su mirada me avisa antes de que abra la boca. Ese cansancio antiguo, ese temblor apenas visible en la mano que sostiene el cigarro… Dominique no durmió. Ni un minuto.
Lo confirmo cuando veo sus ojeras, hundidas y violáceas, y la forma en que parpadea como si le ardieran los ojos.
—No has dormido nada —digo en un tono que me sale más preocupado de lo que pretendía.
Él aprieta la mandíbula.
—Hago lo que puedo, Leon.
Y esa frase, dicha así, seca, agotada, es ya una advertencia.
Pero antes de que pueda responder, su mirada se endurece. Vuelve ese muro que se levanta siempre que siente que lo estoy viendo demasiado.
—Andate… —me dice—. Por favor. Déjame solo.
La palabra solo me golpea más fuerte de lo que debería.
—No —la respuesta me sale inmediata, instintiva, como un reflejo —No te voy a dejar así, Dominique.
Me paro frente a él y le saco el cigarrillo de los dedos antes de que proteste. No digo nada más. No hace falta.
La fiebre no lo deja dormir, pero hay algo más, algo que tampoco lo deja quedarse en la cama.
Se me cruza una idea tan clara como peligrosa: una ducha fría. Siempre funciona.
Baja la fiebre, despeja la cabeza, obliga al cuerpo a volver.
El problema no es la idea.
El problema es Dominique Russell y su talento casi artístico para llevarle la contra a cualquier cosa que suene razonable.
—Vamos al baño —le digo.
Ni me mira. Aprieta la mandíbula, niega apenas con la cabeza.
—No —responde. Simple. Obstinado.
Suspiro, ya irritado. Doy un paso más y le agarro la muñeca antes de que se me escape otra vez hacia el balcón.
Apenas lo toco me doy cuenta: está ardiendo. La fiebre no bajó nada.
Eso termina de sacarme la poca paciencia que me quedaba.
—Estás hirviendo, Dominique —le digo, más fuerte de lo que pensaba —No discutas.
Intenta soltarse, tira del brazo, protesta en voz baja. Siempre peleando, incluso cuando no tiene fuerzas.
Lo rodeo por la cintura y prácticamente lo cargo, ignorando sus quejas y su resistencia torpe.
—Leon, soltame… —murmura, pero su voz no tiene convicción.
El camino al baño se me hace eterno. Abro la puerta con el pie y lo siento moverse inquieto en mis brazos. Lo bajo apenas para poder girar la canilla de la ducha.
El agua empieza a correr, fría, prometedora.
En cuanto Dominique se da cuenta, entra en pánico.
—No, Leon, soltame —dice, forcejeando—. ¡No!
Intenta irse y el movimiento nos desarma. Resbalamos.
Todo pasa en un segundo torpe y ruidoso.
Caemos dentro de la bañera. Yo primero. El golpe en la espalda me arranca el aire y me deja quieto, clavado contra el fondo. Dominique cae encima de mí.
Quedamos ahí, enredados en la bañera, el agua cayendo sin piedad.
Dominique tiembla contra mi pecho, caliente y frío al mismo tiempo. Yo cierro los ojos un instante, maldiciendo la idea, la caída… y a él.
Pero no lo suelto.
Porque aunque se enoje, aunque me odie por esto, no pienso dejar que la fiebre le gane.
Lo sostengo con firmeza para que el agua fría le caiga de lleno, para que le empape la espalda, el cuello, el pecho. Tiembla, y yo aprieto los dientes, concentrado en una sola cosa: que la fiebre baje, que su cuerpo deje de arder así.
DOMINIQUE
Tardo unos segundos en entender la situación. Todo está torcido, frío, ruidoso. El agua me cae directo en la espalda y me empapa la ropa, el pelo, la piel ya caliente por la fiebre.
Estoy en la bañera. Empapado.
Y Leon me está sujetando como si yo fuera un salvavidas y él se estuviera hundiendo.
El dolor en la pierna y en todo el cuerpo termina de ubicarme. El golpe no fue suave. Nada lo fue.
Quiero moverme para protestar, para empujarlo, pero el agua fría hace su trabajo: me sacude, me despeja lo justo. La cabeza deja de girar tan rápido. La respiración se me ordena de a poco.
Y al mismo tiempo… me cansa. Me vacía.
No tengo fuerzas para pelear, ni para levantarme, ni siquiera para insultarlo como corresponde.
El frío me baja la fiebre, sí, pero también me deja pesado, torpe, sostenido apenas por el cuerpo de Leon.
Y ese es el problema.
Porque lo siento demasiado cerca.
Su pecho contra el mío. Sus brazos firmes, demasiado firmes, rodeándome. Su respiración todavía agitada, mezclándose con la mía.
Todo eso debería importarme menos que el agua helada o el dolor, pero no.
Mi mal humor vuelve, lento y punzante, cuando caigo en cuenta de que sigo atrapado ahí. De que no me suelta. De que, si quisiera, podría apoyar la cabeza en su hombro y dejar de luchar por un rato.
Aprieto la mandíbula.
Leon está demasiado cerca. Y en este estado… eso no es solo incómodo.
Es peligroso.