DOMINIQUE
Despertar así… no sé cuánto tiempo hacía que no me pasaba.
Sin sobresaltos, sin dolor insoportable en la pierna, sin esa pesadez en el pecho que me despierta antes de que pueda cerrar los ojos.
Abro los párpados despacio. La luz es tenue, como si alguien hubiera pensado en no molestarme…
Y no sé si fue un sueño, pero juro que antes de dormirme sentí calor cerca mío. Un brazo fuerte rodeándome por detrás. Una respiración tranquila, profunda, pegada a mi espalda.
…Leon.
Y no solo eso.
Agua fría.
El golpe en la piel.
El eco hueco de la bañera.
Mis manos mojadas aferrándose a tela ajena como si me fuera la vida en eso.
Me tenso de golpe y niego apenas con la cabeza.
No.
Eso no pasó así.
No puede haber pasado así.
Pero… no. Seguro que no. Debió de ser mi cabeza fabricando consuelo. Otra fantasía estúpida producto del agotamiento.
Me muevo un poco. Estoy boca abajo, completamente hundido en la almohada, con la boca seca, pero—
Me siento… bien.
Extrañamente bien.
Y eso es lo que más me molesta.
Porque no debería sentirme bien después de anoche. Después de haber sido tan blando. Tan necesitado. Tan… fácil.
Mi cuerpo no está en guerra consigo mismo, mi pierna no está quemando, mi cabeza no parece a punto de estallar. Me incorporo lento, apoyándome en los antebrazos. Me duele apenas, pero nada comparado con lo de antes.
Y entonces lo escucho.
Ruidos en la cocina.
Una taza contra la mesada.
Un golpe suave de algo de madera.
Y… olor.
Café.
Café recién hecho.
Me quedo quieto, como un idiota, tratando de procesar todo.
Y entonces Leon aparece en la puerta de la habitación, con el pelo revuelto, la camisa un poco arrugada, una taza en la mano… y esos ojos. Esos ojos que me miran como si hubiera estado esperando este momento con la respiración suspendida.
Alivio.
Un alivio enorme, casi visible, le recorre la cara cuando me ve despierto y semi incorporado.
—Estás vivo —dice, bajando el hombro como si soltara un peso que arrastró toda la noche.
—Aparentemente —murmuro, con la voz todavía áspera.
No sé qué cara tengo, pero la forma en que él me mira… me desarma. Como si yo fuera algo frágil. Algo que podría romperse al menor movimiento.
Se acerca un poco más, sosteniendo esa maldita taza de café como una oferta de paz… o de permanencia.
Y yo no sé qué decir. No sé cómo actuar.
Me siento… confundido, vulnerable, pero bien.
Bien, por primera vez en mucho tiempo.
Y mientras él me observa con ese aire de alivio y ternura que nunca admitiría tener, lo único que puedo pensar es:
No fue un sueño.
Él sí estuvo acá.
A mi lado.
Toda la noche.
Si alguien me hubiera dicho hace un año que iba a estar así… sentado en mi propia cocina, recién despierto después de dormir como un ser humano normal, con una taza de café caliente entre las manos, mientras Leon —sí, ese Leon— camina por mi casa como si fuera lo más natural del mundo…
Hubiera pensado que me estaban tomando el pelo.
O que era el argumento de una comedia romántica mala, de esas donde todo es improbable y cursi.
Nada que ver conmigo.
Nada que ver con mi vida.
Y, sin embargo, acá estoy.
Tomo un sorbo de café. Calienta. Despierta. Acomoda algo dentro de mí que estaba desordenado desde hace meses.
Y él está ahí, moviéndose por la cocina, guardando cosas, revisando mi pierna de reojo sin que se note —o creyendo que no se nota—. Hace ruiditos suaves para no molestar, como si yo fuera de cristal.
Me descubro mirándolo.
Mirándolo demasiado.
Sus hombros anchos. La forma en que se inclina para agarrar algo del cajón. Su pelo revuelto porque claramente no durmió mucho él tampoco. Ese ceño concentrado cuando piensa.
Y mi cabeza, traidora, completa la imagen sin pedirme permiso.
Esos mismos hombros inclinados sobre mí.
El peso firme sosteniéndome contra el frío.
Su cercanía demasiado consciente.
Aprieto la taza con fuerza.
Basta.
¿Qué hago mirándolo así?
¿Qué me pasa?
Y entonces, como si sintiera el peso de mi mirada clavada en su espalda, Leon se da vuelta.
Y me sonríe.
Una sonrisa chiquita.
Suave.
Cálida.
Tan fuera de lugar en mi vida que me golpea directo al estómago.
Siento cómo me sube el calor por el cuello. Me sonrojo. Como un idiota.
Yo, Dominique Russell, que puedo dar conferencias para cientos sin pestañear… me sonrojo porque un tipo me sonrió.
Qué demonios me está pasando.
Agarro la taza con más fuerza, como si eso pudiera frenar el pulso acelerado. Miro hacia otro lado, como si el borde de la mesa fuera interesantísimo.
Intento ordenar mis pensamientos, pero están como mi cocina después de un huracán: todo revuelto por culpa de él.
Es ridículo.
Absolutamente ridículo.
Y, sin embargo… ahí estoy.
Con el corazón apurado y las mejillas calientes.
Por una sonrisa.
De él.
Y eso me asusta un poco.
O quizá… más que un poco.