Te cuidaré de mi

16.Te necesito.

DOMINIQUE

Los dos nos sorprendimos cuando tocaron la puerta, pero Leon es el que va enseguida, como si fuera su departamento y él, el anfitrión.
Qué ridículo.
Y, sin embargo, no lo detengo.
Escucho la voz antes de verla.
—¿Leon? ¿Cómo está? Ay, por favor, decime que está mejor…
Jennifer.
Claro.
Leon la deja pasar y yo apenas alcanzo a enderezarme en la silla, como si me hubieran agarrado haciendo algo indebido.
Entra como un torbellino y, apenas me ve vivo, sentado, con una taza de café y —peor aún— Leon en mi cocina, hace un gesto con las manos…
Formando un corazón.
Un corazón.
La quiero matar.
—Ay, ¡ustedes dos! —dice bajito, pero no tanto como para que no la escuche.
Yo abro la boca para decir algo, pero Leon ya está hablando con ella.
Jennifer le agradece.
Le agradece a él.
A él, en mi cara, por cuidarme.
Y Leon, claro, inclina un poco la cabeza como si fuera un santo misericordioso.
—Hizo fiebre —le explica—. Tuvo un calambre fuerte. No estaba bien.
—Gracias —le dice ella—. De verdad. No sé qué habría pasado si no estabas.
¿Hola?
¿Yo?
¿Se acuerdan de que estoy acá?
Me cruzo de brazos y los miro, intentando no parecer un adolescente excluido en su propio cumpleaños.
—Por si les interesa la novedad —interrumpo—, sigo vivo. Todavía.
Ambos se callan y me miran.
—Y, de paso —agrego, señalando alrededor con la taza—, les recuerdo que están en mi casa. Por si la geografía los confundió.
Jennifer pone los ojos en blanco.
—Ay, no empieces —dice, entrando como si fuera dueña del edificio.
Leon sonríe.
Sonríe, el muy traidor.
Como si le causara gracia que yo esté celoso de mi propia invisibilidad.
—De verdad estoy bien —digo, intentando sonar firme y no como alguien que se sonrojó hace cinco minutos por una sonrisa de Leon—. No hace falta que armen un comité de vigilancia.
Jennifer se acerca y me da un beso en la mejilla sin pedir permiso.
—Te ves mejor —dice.
—Dormí diez horas —respondo— Cualquier cadáver revivido se vería mejor después de eso.
Leon suelta una risita suave.
Jennifer gira hacia él otra vez, como si yo fuera un florero.
Y yo… me recuesto hacia atrás, resoplando.
Sarcasmo, sí.
Ironía, también.
Pero debajo de todo eso, algo incómodo se mueve en el pecho.
Porque, por más que proteste, por más que haga comentarios… nunca nadie se preocupó así por mí.
La conversación empieza a sentirse demasiado… mucho.
Demasiado ruido, demasiada preocupación, demasiadas miradas encima de mí a primera hora.
Una vida entera evitando que la gente se meta demasiado, y ahora tengo dos personas caminando por mi casa como si fuera un centro comunitario.
Agarro mi caja de cigarrillos, me levanto sin decir nada y camino hacia el balcón.
El aire fresco me golpea la cara.
Inspiro hondo.
Enciendo un cigarrillo.
La primera bocanada me acomoda el alma, o lo que queda de ella.
No es el ruido.
No es Jennifer.
Es que Leon está demasiado cerca y mi cuerpo todavía recuerda cosas que mi cabeza insiste en negar.
Detrás de mí escucho pasos.
Claro.
No me dejan ni respirar solo.
Leon aparece en la puerta del balcón, apoyado contra el marco, brazos cruzados. Parece que va a despegar una conversación seria.
Otra más.
—Tengo que ir a trabajar —dice, como si fuera una noticia devastadora para mí.
Exhalo el humo despacio, sin mirarlo.
—Nadie te lo impide, Leon.
Silencio.
Lo escucho hacer ese ruidito frustrado con la lengua, como cuando le desarmo sus planes de niñera.
—Podrías decir “gracias”, al menos —dispara.
Con tono provocador.
Con ese tono suyo que hace que quiera empujarlo por el balcón… o besarlo.
Todavía no decido cuál es peor.
—Gracias —repito, seco—. ¿Contento?
Él sonríe.
Sarcástico.
Humor de martillazo en la frente.
Y yo me doy vuelta para que no vea cómo me sube la temperatura por el simple hecho de que le divierte molestarme.
Jennifer aparece detrás de él, colgándose la cartera.
—Bueno, me voy también —dice—. ¿Vas a estar bien solo?
La miro, arqueo una ceja, doy otra calada.
Ahí vuelve el Dominique habitual, ese que sabe usar el sarcasmo como armadura.
—Estaba solo antes de que se instalaran en mi casa como dos beatas preocupadas —respondo—. Voy a sobrevivir. Crean o no, ya lo he hecho antes.
Jennifer suspira exagerado.
—Siempre igual Dominique.

—Y vos hablás mucho —respondo.
Leon la acompaña hasta la puerta. Ella me manda un beso en el aire. Yo hago un gesto vago con la mano, como quien espanta mosquitos.
Cuando finalmente se van, la casa se queda en silencio.
Fría.
Pero… liviana.
Apoyo los codos en la baranda del balcón y dejo que el humo se mezcle con el aire fresco.

LEON

La noche ya cayó cuando llego al departamento.

Me mandó un mensaje diciendo, que ni se me ocurra venir , que ya esta bien, que no me necesita ... vine igual.
Estoy agotado —de verdad agotado—, pero igual camino por el pasillo con esa decisión que me agarra cuando algo no me cierra.
Y no me cerró nada en todo el día.
Golpeo la puerta con los nudillos, pero, como siempre, Dominique no me responde.
Claro.
O no me escuchó.
O fingió no escucharme.
Así que… bueno. Entro.
Como siempre.
Si le molesta, que cambie la cerradura —aunque probablemente me las ingeniaría para entrar igual—.
Apenas pongo un pie dentro, lo escucho.
El chasquido suave del cigarrillo.
El aire desplazándose cuando exhala.
Está en el balcón.
Obvio.
Camino hacia allá y lo veo apoyado en la baranda, descalzo, con el viento despeinándole el pelo, como si fuera parte del paisaje nocturno.
Él gira apenas el rostro cuando siente mi presencia.
Ni sorprendido.
Ni contento.
Simplemente… él.
—¿Qué hacés acá, Leon? —dice, sin emoción, sin darse vuelta del todo—Te dije que estoy bien.
Bien.
Esa palabra en su boca suena como una broma cruel.
Hace doce horas estaba temblando, delirando y llorando, aferrado a mi camisa.
Pero sí.
“Está bien”.
Me cruzo de brazos.
—Vine a ver si no te moriste —digo, serio, pero con ese toque de provocación que sé que le levanta la presión—. Ya sabés: cosas mínimas. Básicas.
Se gira ahora sí, lento, con la ceja arqueada.
—Estoy vivo. Ahora te podés ir —responde, y da otra bocanada al cigarrillo -me las puedo arreglar solo .
El comentario perfecto.
La frase justa para apagar lo poco de paciencia que me quedaba.
—Sí, claro —le digo, acercándome un paso—. Porque dejarte solo es siempre una gran idea. Mirá lo bien que te ha ido todas las veces que intentaste cuidarte solo.
Su expresión cambia al instante.
Los ojos se le encienden.
Ahí está: el enojo.
El que me dedica solo a mí.
El que, por alguna razón, no me espanta… solo me hace acercarme más.
—¿Perdón? —escupe, sorprendido y furioso—. No necesito que me vigiles como si fuera un inválido.
—¿Ah, no? —respondo bajito, inclinándome un poco hacia él—Entonces dejá de actuar como si no necesitaras a nadie. Porque cada vez que doy media vuelta, te desplomás, delirás o te olvidás de que sos humano.
Me mira como si lo hubiera abofeteado.
Pero detrás de esa furia hay algo más.
Algo que ya conozco.
Miedo.
Cansancio.
Orgullo herido.
—Leon —dice, apretando los dientes—. Te dije que estoy bien.
Lo estudio un momento.
El cigarrillo temblándole entre los dedos.
Las ojeras marcadas.
La postura rígida para fingir control.
Y digo lo que verdaderamente vine a decir:
—No vine a escucharte mentir.
Se queda quieto.
Sin palabras.
Hirviendo de rabia… y, aun así, sin poder echarme.
Silencio.




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