DOMINIQUE
Claro que lo noto.
Cada segundo.
Cada vez que pasa cerca mío con ese “señor Russell” frío, perfecto, pulido… como si las últimas semanas no hubieran pasado. Como si no hubiera dormido en mi cama, como si no me hubiese sostenido cuando no podía más, como si no me hubiera dicho mi nombre al oído con esa voz que todavía me recorre la columna cuando me agarra desprevenido.
Pero él… nada.
Distante.
Medido.
Irreconocible.
Y yo, idiota, haciéndome el que no me afecta.
Una semana así. Una, entera.
Una tortura suave, silenciosa, filosa.
Lo peor es que fui yo quien le dijo que se fuera aquella noche. Fui yo el que creyó que poner distancia iba a ordenar algo. Qué estupidez. Lo único que ordenó fue su manera de borrarme.
No es que me ignore, no. Eso sería más fácil. Me habla. Me mira. Pero todo con esa educación estéril que me saca de quicio.
“¿Necesita algo más, profesor?”
“Con permiso.”
“Le envié los documentos.”
Usted.Usted.Usted.
Como si nunca me hubiera encajado los dedos en el cuello cuando me desesperaba el dolor. Como si no hubiese apoyado la frente contra su pecho, buscándolo sin decirlo.
Lo escucho en la oficina, moviéndose como un fantasma profesional, perfecto. Y mi humor… mi humor es un desastre.
La gente piensa que estoy peor que de costumbre —lo cual ya es decir bastante—. Y yo pretendo que no, que no me afecta. Que me da igual.
Total, era obvio, ¿no?
Obvio que se iba a cansar.
Obvio que ese interés que parecía tener iba a apagarse tarde o temprano.
Obvio que un tipo como él no iba a quedarse donde no lo quieren.
Me repito eso como si fuera verdad. Como si no me ardiera cada vez que me esquiva apenas un centímetro. Como si no sintiera ese vacío ridículo cuando baja la mirada en vez de sostenerla como hacía antes, cuando parecía leerme la mente.
Así que me resigno. O al menos lo intento. Pongo la cara seria, la voz neutra, el paso firme.
Pero por dentro…
Por dentro estoy hecho un desastre silencioso, preguntándome en qué momento exacto dejé que este idiota —que ahora me trata como si fuera un desconocido— se me metiera tan hondo bajo la piel.
LEON
Una semana.
Una semana entera midiendo cada palabra, cada gesto, cada paso que doy alrededor suyo. Una semana haciendo lo que él claramente quiso: espacio.
Y, sin embargo… ¿qué pasa?
Nada.
Eso es lo que él me da: nada. Ni una mirada, ni un gesto, ni una queja. Solo ese Dominique perfecto, frío, profesional… como antes de que todo se mezclara, de que yo aprendiera el sonido exacto que hace cuando está cansado o el temblor en su pierna antes de que diga que le duele.
Y a mí me hierve la sangre.
Porque no sé qué demonios quiere que haga.
¿Quería distancia? Se la di. ¿Quería que no me metiera en su vida? Listo.
¿Quería que me fuera aquella noche? Me fui.
Pero… ¿y ahora?
¿No le mueve ni media fibra que lo trate de usted, que le hable como si fuera cualquier profesor más? ¿No le molesta que ya no me quede cerca, que no lo mire, que no lo cargue, que no lo provoque?
Porque a mí sí.
Me molesta.
Me irrita.
Me come vivo.
Hacerme el indiferente me está matando.
Cada vez que paso por su oficina y no escucho mi nombre en su voz, me dan ganas de volver a entrar y preguntarle de frente qué pretende.
Cada vez que lo veo frotarse la sien porque no durmió y no puedo acercarme a insistirle que coma algo, me hierve la sangre.
Y cuando me habla —tan serio, tan seco, tan… correcto— siento una mezcla espantosa entre enojo y algo parecido al dolor, aunque jamás lo admitiría en voz alta.
Lo peor es que él está igual o peor de malhumorado. Cree que no me doy cuenta. Cree que puedo ignorar cómo aprieta la mandíbula cuando le digo “profesor Russell”. Cree que no sé leer la forma en que baja la mirada apenas un segundo, como si algo le pinchara por dentro.
Yo le estoy dando espacio. El espacio que pidió. El que escupió entre dientes esa noche cuando me cerró la puerta en la cara.
Pero si esto es lo que quiere… ¿por qué siento que está esperando que yo sea el primero en romper esta idiotez?
¿Y por qué carajo me importa tanto?
Porque sí… decirle “usted” y verlo reaccionar como si le tirara hielo encima… me duele. Mucho más de lo que debería. Mucho más de lo que estoy dispuesto a reconocer.
Pero sigo.
Sigo porque no sé si acercarme lo asusta, lo enoja o… porque si lo toco un poco más, termino quedándome para siempre.
DOMINIQUE
Perfecto. Maravilloso. Una semana evitando pensar en él, y justo cuando logro cinco minutos de paz —cinco—, me mandan a la sala de archivos, al rincón más lejano, más frío, más deprimente de todo el maldito edificio.
Solo a mí me pasan estas cosas.
Estoy hurgando entre carpetas que tienen más polvo que mi paciencia, cuando escucho pasos.
No.
No puede ser.
Pero sí.
Obvio.
Leon.
Aparece como si el universo tuviera un sentido del humor particularmente cruel conmigo. Entra con ese andar firme suyo… pero ni me mira. Nada. Ni siquiera una de esas miradas rápidas que solía lanzarme.
Va directo al otro extremo de la sala, tenso, serio, con esa expresión de estoy furioso y no lo voy a admitir jamás.
Asombroso. Ahora resulta que el enojado es él.
Yo también sigo con mi papel. Ni lo miro. Estoy tan irritado que podría bajar al propio infierno, pasear entre demonios, pedirles café y no quemarme ni un poquito de lo caliente que estoy por dentro.
Y entonces, porque claro… mi vida es un capítulo eterno de telenovela barata, pasa lo inevitable.
PUM.
Negro total.
La luz muere. Toda. Ni una grieta, ni un reflejo. No veo absolutamente nada. Extiendo una mano y toco vacío. El espacio acá es reducido, así que cualquier movimiento parece que voy a chocar con algo.
O con alguien.
—¿Qué—?
De repente, una luz me apunta directo a la cara.
—¡Ah! ¿Podés no dejarme ciego? —gruño, llevándome una mano a los ojos.
Cuando al fin puedo enfocar, lo veo ahí, a un metro, sosteniendo la linterna del celular, iluminándome como si fuera un sospechoso de algo.
—La puerta no se abre —dice él, como si fuera la sentencia final de un juez.
Su voz suena áspera. Demasiado.
Genial. Perfecto. Encerrado. Con Leon. En la oscuridad. En un espacio en el que apenas caben dos personas sin respirar el mismo aire.
Lo que me faltaba.