Te cuidaré de mi

18.Nunca.

LEON

El beso todavía está suspendido en el aire cuando siento el cambio en su cuerpo. Un segundo antes se aferraba a mí como si fuera lo único sólido en medio de esa oscuridad y al siguiente ,me empuja con las dos manos.
No es violento. Es desesperado. Doloroso de ver.
Doy un paso atrás sin resistirme, más sorprendido por la expresión que por la fuerza.

Dominique no me mira. No puede. Tiene los hombros tensos, la cabeza inclinada, las manos temblando a los costados. La luz del celular apenas dibuja su perfil y, aun así, lo veo… roto.
Cuando abre la boca, la voz no suena a él. Suena a alguien que está peleando contra sí mismo.
—No quiero arrastrarte a esto… —murmura, respirando entrecortado.
Agarra aire, pero se nota que le cuesta.
—Yo no… no quiero que te ates a mis fantasmas.
Levanta un centímetro la vista, apenas, como si quisiera asegurarse de que lo escucho, pero no de enfrentarme. Baja la mirada de nuevo.
—Ni que tengas que soportarme —continúa, más bajo—. No es justo.
Mis manos se cierran en puños a los lados. No por enojo. Por lo que me provoca escucharlo decir eso. Porque esas palabras… justo esas… son las que estaba esperando. Las que necesitaba escuchar de una vez.
Porque ahí estaba la verdad, desnuda, temblando: no me rechazó porque no sintiera nada. Me alejó porque cree que no merece que alguien lo elija. Porque piensa que es una carga. Que es un problema. Que yo debería correr.
Y eso…
Eso me incendia entero.
Me acerco un paso. Un solo paso. Suficiente para que levante un poco la cabeza, nervioso, sin atreverse a subirme la mirada del suelo.
—¿Eso es lo que pensás? —pregunto, suave, como si las palabras se me clavaran por dentro—. ¿Que me estás arrastrando? ¿Que yo no quiero estar acá?
Aprieta los dedos. No responde.

El silencio es su forma de admitirlo.
Respiro hondo. Muy hondo. Y siento cómo algo en mí hace clic. Definitivo. Imparable.
Porque si cree que esas frases van a asustarme, no entendió nada.
Me acerco otro paso más. Casi lo toco.
—Dominique… justo eso que acabás de decir—
Me obligo a que la voz no tiemble.
—…es lo que más necesitaba escuchar.
Levanta la cabeza un poco más, confundido, vulnerable como nunca.
—Porque por primera vez —continúo, lento, firme— me estás diciendo lo que realmente te pasa. Lo que realmente te duele. Y no lo que querés que yo vea.
Alargo una mano, despacio, sin tocarlo todavía.
—Y yo no pienso irme por eso.
Mi voz baja, ardiente, verdadera.
—No pienso irme de vos.

DOMINIQUE

Me tapé la cara con ambas manos antes de que la primera exhalación temblorosa pudiera delatarme. No quería que viera eso. No él. No Leon.
El aire era espeso, cada inhalación un raspón en la garganta; el pecho me ardía como si se me fuera a partir en dos. La oscuridad seguía ahí, pegada a mis costillas, murmurándome lo de siempre: estás solo, siempre estuviste solo, no cargues a nadie con esto.
Me apoyé contra la pared fría, tratando de que mi respiración dejara de sacudirme. Qué patético debía verme. Qué injusto era todo esto.
—No… —mi voz salió ronca, rota, casi un gruñido—. No quiero atarte a esto, Leon. No sabés… no sabés en qué tipo de agujero estoy metido.
Me presioné los ojos con los dedos, como si pudiera borrar de un golpe todos los años de pesadillas, encierros, silencios obligados. Pero no se iban. Nunca se iban.
Sentía su mirada clavada en mí, terca, presente, demasiado cerca. Y me enfurecía.
¿Por qué no se iba? ¿Por qué no hacía lo que cualquiera con sentido común haría: abrir la puerta, dejarme hundirme y seguir con su vida?
El temblor volvió, traicionero. Me mordí el labio, tratando de contenerlo.
—No es justo —murmure, bajando aún más la cabeza—. No quiero que soportes mi miseria. No quiero que te atrape conmigo. No…
Las manos empezaron a bajar por pura inercia, agotamiento, rendición. Solo quería esconderme en la oscuridad y, al mismo tiempo, escapar de ella. Una contradicción constante, como todo lo que era yo.
Pero algo en el silencio cambió.
Él no se movía. No retrocedía.
Y eso, por alguna razón, me asfixiaba más que la propia falta de aire.
—Por favor… —no supe si le estaba pidiendo que se fuera o que se quedara. Quizás ambas cosas. Quizás ninguna.
Me odiaba por ese temblor en la voz. Por mostrarle un rincón que juré que nadie volvería a ver.
Y, aun así, ahí estaba. Frágil. Expuesto. Con el corazón golpeando contra mis costillas como si quisiera escapar antes que yo.
El chasquido del celular al caer contra el piso me hizo sobresaltar. La pantalla quedó boca arriba, arrojando una luz tenue que recortaba nuestras sombras contra las paredes estrechas. Un resplandor sucio, suficiente para que pudiera ver las manos de Leon cerrándose alrededor de mis muñecas.
No fuerte. No violento. Pero decidido. Demasiado decidido.
—Leon… —intenté retroceder, pero la pared me frenó en seco—. Soltame.
Él no lo hizo.
Y el modo en que se inclinó hacia mí, lento, seguro, casi me arrancó el aire que me quedaba. La luz del celular iluminaba su mandíbula, su mirada fija, sin un rastro de duda. Había visto esa expresión en él antes… pero nunca dirigida tan de lleno a mí.
—Dominique —su voz vibró cerca, tan cerca que la sentí más que escucharla—, lo que acabás de decir… lamentablemente no te va a librar de mí, si es lo que pensabas.
Se me heló la sangre.
Un escalofrío me subió por la espalda. No era una amenaza. Tampoco una súplica. Era una verdad… una que él ya había decidido por los dos.
Un latido denso me golpeó en el pecho. Quise apartarme, quise girar la cara, quise decirle que no tenía idea de lo que estaba diciendo… pero no pude.
Las muñecas me temblaban bajo su agarre, y él lo notó. Lo sé porque sus dedos se ajustaron apenas, como si quisiera mantenerme al presente.
—Leon, no sabés lo que decís… —logré murmurar, la voz quebrándose en un hilo.
Él se acercó un poco más. El calor de su cuerpo empezó a invadir la oscuridad que me ahogaba.
Lo odié.
Lo odié por eso. Por la calma que yo no tenía. Por plantarse ahí, firme, cuando yo me derrumbaba desde adentro.
—No es así —intenté nuevamente, sin encontrar aire—. No podés… no deberías…
Las palabras se me tragaban solas. La respiración seguía descontrolada. Y su sombra, proyectada por la luz del celular, caía encima de la mía como si me envolviera.
Sentí mis propias manos queriendo tirar hacia atrás, pero él no me soltó. No me lastimaba, pero no me dejaba huir.




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