Te cuidaré de mi

19.Caida.

DOMINIQUE

Golpean la puerta en medio de mi explicación. Ni siquiera espero interrupciones a esta hora, así que me irrita al instante. Pero cuando veo entrar a Leon —sin pedir permiso, como si la clase fuera su living— la irritación se me prende en la garganta. Trae mi agenda en la mano. Mi agenda. La que llevaba media mañana buscando sin admitirlo.
—Te la olvidaste —dice, poniéndola sobre mi escritorio como si fuera un trofeo.
El muy… ¿cómo sabe siempre exactamente lo que necesito antes de que yo mismo lo note?
No le agradezco. Apenas asiento, seco. No voy a darle el gusto de verme… ¿qué? ¿Dependiente? No. Él sonríe igual.
Se da vuelta para irse, y ahí sucede.
Ni siquiera veo bien cómo: un cable cruzado del proyector, Leon pasa, la punta de su zapato engancha justo donde nadie mira, y cae. Fuerte. El golpe hace que varios estudiantes suelten un “ay”.
Yo cierro los ojos un segundo, sofocado entre la vergüenza ajena y una punzada de preocupación real, esa que detesto sentir.
—Leon… —me sale casi sin voz.
Él intenta levantarse como si nada, apretando los dientes, y apenas apoya el pie. Lo veo en su cara: le duele más de lo que quiere admitir. Esa terquedad suya, esa forma de posar de gallito incluso cuando está lesionado… me exaspera y peor… me obliga a moverme.
—No finjas que estas bien —le gruño, tomándolo del brazo antes de que caiga de nuevo—. Vení.
Lo siento tensarse bajo mi mano, pero no se suelta. Hay algo raro en cómo se apoya en mí, como si la fuerza que presume se hubiera evaporado en el golpe.
Mis alumnos observan como si estuvieran viendo un capítulo en vivo de alguna novela barata. Levanto la mirada y todos bajan la vista al instante.
—Sigan con la lectura —ordeno, y lo arrastro hacia la puerta.
En el pasillo, él respira hondo, intentando recuperar la compostura.
—Estoy bien, profe… —miente descaradamente.
—Callate —le digo, sin mirarlo—. ¿Podés caminar o te llevo en brazos también?
Siento cómo se traga una risa, o un comentario, o quizás un gemido de dolor. No sé. Pero se apoya un poco más en mí, como si no pudiera evitarlo. O como si… confiara.
Odio que eso me caliente la sangre.
Llegamos a la enfermería. Lo siento pesado contra mi costado, respirando entrecortado, todavía intentando pretender que no le duele nada. Lo hago sentarse. Finalmente lo miro.
Y ahí está él: despeinado, con el ceño fruncido, el orgullo herido y el pie claramente lastimado… pero aun así mirándome como si salvarlo de sí mismo fuera algo que yo hago todos los días.
—Te dije que no te movieras sin mirar —murmuro.
Él sonríe torcido, una mezcla de dolor y… ¿satisfacción?
—Igual viniste a rescatarme —me dice.
Y quiero negar. Quiero decirle que lo hice porque era mi responsabilidad, porque no podía dejar a un asistente tirado en el piso. Pero no puedo.
Porque la verdad es que, cuando lo vi caer, mi cuerpo se movió antes que mi cabeza. Y eso me aterra más que admitir que necesitaba la agenda.

LEON

Apenas Dominique me sienta en la camilla, aparece la enfermera. Una mujer menuda, de expresión filosa, de esas que deben conocer a todo el personal y el chusmerío de pasillo mejor que nadie.
—¿Y ahora qué hizo, profesor Russell? —pregunta con las manos en la cintura, mirándolo como si él fuera el responsable de que yo casi me partiera el tobillo.
Dominique gruñe. Literalmente gruñe.
—No hice nada —responde, irritado.
—Siempre me trae gente lastimada —insiste ella, señalándome como si fuera una evidencia viva de su supuesto crimen.
Quiero reírme, pero me duele un poco. Y aun así, no puedo sacar la vista de él. Ni un segundo. Podría estar incendiándose el edificio y yo seguiría mirándolo, tratando de descifrar qué piensa detrás de esa mandíbula tensa y esos ojos que nunca dicen todo.
La enfermera presiona mi tobillo.
—¿Duele acá?
—Mhm —respondo, pero mi mente ni registra el dolor. Solo registro a Dominique.
Cómo cruza los brazos. Cómo mira a otro lado, incómodo por toda la situación. Cómo intenta parecer frío, pero todavía siento el calor en el brazo donde me tuvo sujetado.
La enfermera sigue hablando, pero no la escucho. Solo veo a Dominique. Está… raro. Más molesto de lo que debería, más tenso también. No sé si por culpa, por preocupación, o porque odia que lo acusen de cosas que no hizo. O quizás porque me vio caer y eso lo afectó más de lo que admite.
Y entonces golpean la puerta otra vez.
—Profesor Russell —dice una voz suave—, se olvidó su bastón.
Es una alumna. Una que reconozco de vista. Entra casi tímida, sosteniendo el bastón como si fuera una reliquia sagrada.
Y ahí pasa lo inesperado.
Dominique cambia. Pero cambia. Drásticamente.
Se endereza un poco. Sonríe… sonríe de verdad, de esos gestos suaves que yo nunca logro sacarle. Sus ojos se iluminan de repente, y su voz… suave, amable, casi dulce.
—Muchas gracias, de verdad —le dice, con una calidez que me descoloca por completo.
¿En serio? ¿Conmigo gruñe, me reta, me mira como si fuera un terremoto… y a ella le sonríe así?
La alumna se sonroja. Literalmente se sonroja.
—Siempre que necesite algo, profesor… —dice, y hasta baja la mirada.
Y yo me quedo ahí sentado con el tobillo hinchado

Pero lo que más me duele es otra cosa.
No lo reconozco. No entiendo cómo puede tener tanta ternura en su voz para otros… y conmigo ser puro filo.
La enfermera sigue revisando, pero yo la ignoro completamente. Solo lo observo. Cómo cambia su expresión cuando gira hacia mí. Cómo la sonrisa se apaga un poco. Cómo su mandíbula vuelve a tensarse. Cómo su espalda se endereza como si volviera a ponerse el escudo que usa conmigo.
Y algo en mí… no sé si duele o arde. Pero sé que no me gusta. No me gusta nada.
Porque por un segundo, solo uno, quise que esa sonrisa fuera para mí.
No dejo de mirarlo. No puedo.
Dominique está todavía hablando con la alumna, pero su sonrisa ya se fue apagando cuando volvió a girarse hacia mí. Y aunque intenta recuperar esa postura fría, dura, inexpugnable… algo no cuadra.
Porque cuando me mira, algo pasa.
Algo mínimo, casi invisible.
Pero yo lo veo.
Se sonroja. Apenas. Una sombra roja cruzándole los pómulos, fugaz, como si su piel lo traicionara antes de que su cerebro pudiera esconderlo.
Y lo peor es que lo nota.
Se congela un segundo. Como si ese calor le hubiera explotado desde adentro sin permiso.
Mi pecho se aprieta. Porque eso… eso no se lo vi con nadie.
Con los alumnos es amable. Con la enfermera, seco y enojado. Conmigo… conmigo siempre es un huracán enredado con un campo minado.
Pero jamás —jamás— lo había visto avergonzarse por mirarme.
Él aparta la vista enseguida, como si no soportara que lo haya visto así. Pero ya es tarde. Lo vi. Y él sabe que lo vi.
Y ahí lo entiendo.
Ese rubor, ese parpadeo que le falló, esa rigidez repentina… No es indiferencia. No es odio. No es fastidio.
Es algo más primitivo.
Algo más… mío.
Y me invade una sensación rara, entre triunfo y ternura. Como si hubiera encontrado una grieta en un muro que creí impenetrable.
—¿Qué mirás? —me dice, intentando sonar firme, pero la voz le sale apenas más baja, un poco apretada.
Y yo sonrío. No puedo evitarlo.
Porque por primera vez… él reacciona distinto conmigo.
Solo conmigo.
—A vos —respondo, suave, casi un susurro que solo él puede oír.
Veo cómo traga saliva. Cómo desvía la mirada al suelo. Cómo ese leve rubor vuelve, aunque intente sofocarlo.
Y en ese instante sé que algo cambió.
No sé qué es. No sé si él lo va a admitir algún día.
Pero yo vi el temblor.
El temblor que solo le provoco yo.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.