LEON
Entrar al departamento de Dominique ya no es raro. No sé en qué momento eso pasó, cuándo dejó de sentirse casa ajena y empezó a sentirse… bueno, mía también. O por lo menos, un lugar donde mi presencia no desentona.
Dominique me guía directo al sillón: manos firmes, voz tensa, esa manera suya de cuidar sin admitirlo jamás.
—Estoy bien —le digo cuando intenta acomodarme más.
Él me lanza una mirada que podría partir granito. Y no insiste. Pero tampoco me cree.
Mira mi pie. Ve la inflamación. La manera en que doblo un poco la rodilla porque duele. Sus ojos hacen ese escaneo clínico suyo, rápido, agudo, que me desnuda sin tocarme.
Y después se va hacia la cocina a buscar hielo.
Yo debería estar mirando cualquier cosa, pero me quedo con él. Con su espalda recta. Con su forma de apoyarse un poco más en la pierna izquierda cuando la derecha le molesta. Con esa leve, casi imperceptible, cojera que estira su paso.
No es grande. No es dramática. Es constante.
Y ahí me cae. Como un golpe lento, fuerte.
Él vive así. Todo el tiempo. Día tras día. Manejando dolor real. Dolor que no se va, que no puede ignorar. Y jamás dice nada. Jamás se queja. Jamás hace un gesto para que lo cuiden.
Un nudo me sube al pecho, algo entre respeto, bronca y un cariño que me descoloca tanto que casi duele más que mi pie.
Me pierdo en eso. En todo lo que Dominique carga sin pedir ayuda. En la fuerza absurda que tiene para aguantarlo. En lo injusto que es que yo recién ahora lo entienda así, viéndolo cojear un segundo.
Y entonces siento el golpe helado.
Dominique vuelve, sin aviso, y me aprieta la bolsa de hielo contra el pie.
—¡Ah—!
Se me escapa un quejido que intento tragar, pero es demasiado tarde.
Dominique hace una risa. Una risa mínima, bajita, escondida entre dientes. Como si se arrepintiera de dejarla salir, pero no pudiera evitarlo.
Yo lo miro, sorprendido y pienso.
¿Se… está riendo de mí?
Y sí. Sí lo está.
Pero suavemente. Casi con… ternura. O algo que se le parece.
Se aclara la garganta para disimular, vuelve a ponerse serio, a ordenar la bolsa de hielo con cuidado exagerado… pero ya lo vi.
Y mientras el frío me adormece el dolor, algo cálido se instala en el centro de mi pecho.
Dominique ríe poco. Casi nunca. Y que se riera… así… por mí…
Es un lujo que no pienso olvidar.
Dominique se reclina apenas después de ponerme el hielo y, por un instante, veo todo lo que intenta esconder. La fatiga. El desgaste. Ese cansancio que no es físico solamente, sino ese que se junta por días, semanas, quizá años de aguantar más de lo que cualquier persona debería.
Su cara… no está mal. Está agotada.
Las sombras bajo los ojos, la tensión en la mandíbula, la respiración un poquito más corta.
Y ahí caigo en otra verdad que me pega más fuerte que el dolor en mi pie: disimular el suyo le consume cada gota de energía.
Se queda mirándome, serio, pero sus hombros están más caídos de lo normal. Y suelta un:
—Bueno… ya que no te vas a morir… voy a fumar un rato.
Como si tuviera que avisarme. Como si, de alguna forma… no quisiera dejarme solo.
Después camina hasta el balcón. Ese mismo balcón donde lo he visto tantas veces. Donde pienso que debe pasar noches enteras sin dormir, luchando con el dolor, el insomnio, la rabia y esa soledad que se le pega a la piel como una segunda sombra.
Lo observo apoyar un brazo en la baranda, encender el cigarrillo, exhalar lento. La luz naranja le ilumina la cara cansada.
Parece… vulnerable. Pero también sólido. Como si ese espacio fuera su confesionario silencioso, su único escape.
Me vibra el teléfono.
Jennifer.
“¿Cómo estás? ¿Dominique está bien? Desde su accidente no maneja…”
Me quedo helado.
¿Accidente? ¿No maneja?
Recuerdo la pausa. El segundo de duda antes de que dijera “obvio”. La manera en que tensó la pierna al subir. El resto del viaje. Sus gestos. Su esfuerzo por no mostrar dolor. Y ahora esta fatiga brutal en su cara.
Abro los ojos, sorprendido. Casi incrédulo.
Claro.
Por eso dudó antes de manejar. No era capricho. No era desconfianza. Era… miedo. O recuerdo. O dolor.
Y aun así, lo hizo. Por mí. Porque no iba a dejarme solo ni lastimado, aunque él mismo estuviera sufriendo.
Levanto la mirada hacia él. Está ahí, apoyado en la baranda, fumando en silencio, como si lo estuviera sosteniendo el aire mismo.
Y siento un tirón en el pecho. Un tirón fuerte. Inesperado.
Porque ahora entiendo otra parte de él que nunca había visto.
Y no sé cómo procesar lo mucho que me importa lo que veo.
DOMINIQUE
El hielo ya hizo su trabajo, y Leon está más tranquilo. Yo no.
Yo sigo con el cuerpo tironeado, el dolor mordiéndome la pierna, la cabeza pesada. Pero bueno… es lo que hay.
Suelto un suspiro y me enderezo.
—Bueno, ya es hora de acostar al enfermo —digo, medio en broma, medio porque de verdad quiero meterlo en una cama antes de que se siga quejando sin quejarse—. No vaya a ser que tu club de fans me denuncie por dejar que duermas en el sillón.
Él arquea una ceja, divertido. Por supuesto que se ríe. Siempre se ríe cuando la ironía va dirigida a él.
Lo ayudo a levantarse. Me apoya la mano en el hombro y, aunque trato de no pensarlo demasiado, pesa. No por él. Por mí. Por mi pierna que protesta y acusa sin permiso.
Aun así, camino.
Lo acompaño hasta mi cuarto. No porque quiera… sino porque, si lo dejo solo, capaz se cae de nuevo y me vuelven a culpar.
Empujo la puerta con la cadera, lo guío hasta la cama y, apenas toca el colchón, sé que ya cumplí.
Listo. Trabajo hecho.
Mi plan es simple: tirarlo ahí y salir rápido. Muy rápido. Como si hubiera un incendio.
Me doy media vuelta para irme y—
Siento algo en la mano.
La suya. Agarrándome.
No fuerte. No brusco.
Firme… como si supiera exactamente cuánto tiene que apretar para que no me pueda escapar, pero sin lastimarme.
Me detengo. Congelado. Literalmente sin saber qué hacer.
Miro nuestras manos unidas… después lo miro a él.