LEON
Dominique se queda ahí, a medio paso de huir, como un animalito nervioso que quiere correr pero no encuentra hacia dónde. Mi mano en su brazo es lo único que lo mantiene presente… y él lo sabe. Lo siento temblar apenas. Él jamás admitiría eso, pero yo lo siento.
Levanto la vista y lo estudio despacio. Dom tiene la mandíbula tensa, la respiración un poco acelerada… y esa mirada que solo aparece cuando lo acorralo: mezcla de enojo, miedo y quien sabe cuántas cosas mas.
—Dominique… —repito, más suave, más cerca.
Él traga saliva. Intenta zafarse otra vez, pero yo lo atraigo hacia mí con un tirón lento, deliberado. Mi pie duele, sí… pero no importa. Mi cuerpo todavía puede hacer muchas cosas. Puedo controlarlo sin necesitar correr detrás de él.
—Leon, soltá yo... voy a dormir en la sala —susurra, pero su voz es más… vulnerable.
Apoyo mi otra mano en su cintura. Siento cómo se tensa bajo mi toque, cómo se queda rígido, igual que la primera vez que le hablé al oído. Pero no me empuja. No se va.
Me acerco un poco más, lo suficiente para que tenga que levantar la cara para verme. Para que note que no hay distancia, ninguna.
—¿De verdad pensás que te voy a dejar dormir solo allá? —murmuro—. ¿Con lo que te duele?
—No… no me duele tanto —miente, sin poder ni siquiera sostenerme la mirada.
Me río apenas, lo justo para que se le erice la piel.
—Dominique… estás temblando.
Sus ojos se abren, molestos, vulnerables, atrapados. Intenta mover la pierna para apartarse, pero yo lo sostengo por la cintura, firme, sin brusquedad… pero sin permitirle moverse ni un centímetro.
—No es por vos —escupe, como si eso lo hiciera más fuerte.
—Claro… —susurro contra su mejilla—. Obvio que no.
Mi pulgar roza su cintura, lento, y Dominique traga aire como si le faltara.
—Leon… no hagas esto —dice.
Pero su voz no… no suena como una orden. Suena como un pedido desesperado, y ni él entiende por qué.
Inclino mi cabeza y apoyo mi frente en la de él. No lo beso. No todavía. Pero lo dejo sentir mi respiración, mi intención, mi certeza.
—Puedo estar lastimado —le digo en un murmullo ronco—, pero no estoy inmóvil. Mi pie es lo único que no puedo usar… todo lo demás funciona perfecto. Incluso puedo atraparte si intentás escaparte otra vez.
Él cierra los ojos, tenso, derrotado por la cercanía. Por mí.
Mi mano sube un poco más por su espalda, caliente, firme, guiándolo hacia mí sin opción.
—Así que escuchame bien, Dominique —susurro con una sonrisa peligrosa—: no vas a irte a ese sillón. No vas a dejarme solo.
Y lo atraigo un poco más, solo un poco, hasta que casi siento sus labios rozando los míos.
—Esta noche —murmuro— te quedás conmigo. Te guste o no.
—No te cuido porque quiera —dice Dominique de golpe, con esa voz fría que usa cuando quiere ponerse a salvo—. Lo hago porque no tengo opción.
Ahí… algo me estalla adentro. No por lo que dice, sino porque sé por qué lo dice.
Lo dice para poder irse. Para volver a escaparse. Para levantar ese muro ridículo y dejarme solo otra vez.
—No —respondo, y mi voz sale más alta, más rota de lo que esperaba—. No digas eso.
Él aparta la mirada, tenso, como si ya hubiera decidido marcharse incluso antes de mover los pies.
—Leon… soltame —dice—. No empieces.
Y ahí ya no pienso.
Me levanto de un tirón. El tobillo protesta, arde, pero no me importa. Lo agarro del brazo y lo llevo conmigo, sin darle tiempo a reaccionar.
Dominique suelta una exclamación ahogada cuando lo empujo suavemente hacia atrás hasta que choca con la cama.
—¡Leon! —me dice, alarmado—. Tu pie—
—Ahora no —lo corto.
Lo tengo contra el colchón, mis manos firmes en sus hombros. Su respiración está acelerada. La mía también. Me mira como si no supiera si empujarme o quedarse quieto.
—No me digas que no querés —le digo, con la voz baja, cargada—. No me digas que esto es una obligación. No me mientas así.
—Yo…no... —empieza, pero no termina la frase.
Porque lo beso.
No es suave. No es cuidadoso. Es urgente. Mis labios chocan con los suyos como si llevara horas conteniéndome.
Dominique se tensa al principio, sorprendido, pero no me aparta. Siento cómo su cuerpo responde incluso antes de que él decida hacerlo.
—Leon… —murmura contra mi boca, respirando agitado—. Estás lastimado.
Apoyo mi frente en la suya apenas un segundo, lo justo para mirarlo a los ojos.
—En este momento —le digo, sin apartarme— es lo menos que me importa.
Y vuelvo a besarlo. Esta vez más lento, más profundo, como si quisiera demostrarle algo que no puedo decir con palabras.
Siento sus dedos aferrarse a mi camisa. Eso basta.
Porque ya no está huyendo.
Y yo… ya no pienso soltarlo.
Sé que no hay vuelta atrás en el segundo en que vuelvo a besarlo.
No es apuro ya. Es decisión.
Mis labios regresan a los suyos con una calma peligrosa, como si todo lo anterior hubiera sido solo el borde del abismo.
Dominique respira hondo, tenso, rígido… pero no se aparta.
Y eso es todo lo que necesito.
Deslizo la boca por su mejilla, lento, marcando el camino, hasta bajar a su cuello. Siento cómo se le eriza la piel apenas lo rozo. No muerdo. No todavía. Solo dejo la intención ahí, clara, imposible de ignorar.
Dominique hace un sonido ahogado y, de inmediato, se tapa la boca con la mano, como si su propio cuerpo lo hubiera traicionado.
Le agarro la muñeca con cuidado, firme pero sin lastimarlo, y aparto su mano de su boca. Me inclino apenas, lo justo para que mi voz le quede atrapada en el oído.
—Quiero escucharte —le digo en un susurro.
Su reacción es inmediata. Se tensa entero. Se pone rojo. Los ojos se le oscurecen de enojo, de vergüenza, de algo mucho más profundo que no sabe cómo manejar.
—Leon… —dice, pero no es una advertencia. Es un caos.
No sabe qué hacer con lo que le provoco. Con lo que su cuerpo hace sin pedirle permiso. Con la forma en que lo miro, como si ya no hubiera nada que ocultar.
Yo no sonrío. No me burlo. Solo me quedo ahí, cerca, demasiado cerca, dejando que entienda que lo veo. Todo.
Mi mano sigue sosteniendo la suya. Mi boca vuelve a su cuello. Su respiración se desarma.
Y cuando finalmente deja de resistirse —cuando su cuerpo cede antes que su cabeza— sé que cruzamos un punto invisible del que no se vuelve.
El mundo se reduce. El silencio pesa.
Y lo que viene después… no necesita palabras.