Te cuidaré de mi

Te cuidaré de mi

Epilogo

DOMINIQUE

El silencio en mi oficina es impecable. De esos que no interrumpen, que ordenan.

La computadora encendida, el cursor parpadeando, el sonido regular del teclado bajo mis dedos.

El día ya terminó, aunque el reloj todavía no se haya enterado.
Terminando informes atrasados, nada urgente.

Nada que no pueda esperar. Justamente por eso, cuando la puerta se abre de golpe, sé que no es una visita inocente.
—Dominique Russell.
No levanto la vista.
—¿Qué es esto? —dice Jennifer, y el papel cruje cuando lo agita frente a mí—. ¿Podés explicármelo?
Levanto la vista apenas. Ella sostiene el papel en alto, como si fuera una prueba irrefutable en un juicio improvisado.

Lo miro un segundo. Vuelvo a la pantalla.
—Arriba dice carta de renuncia —respondo tranquilo—. ¿No lo leíste?
Jennifer parpadea.
—Es de Leon —dice, más bajo ahora. Triste.
—Sí, ya sé.
Eso la descoloca.
—Pero… también renunció a ser tu chofer. Y dejó de trabajar para tu abuelo.
—Por fin —digo—. Ya era hora de que dejara de trabajar para ese viejo.
Jennifer frunce el ceño, completamente perdida.
—No entiendo nada… Yo pensé que ustedes…
—No sigas —la corto, seco.
Cierro el archivo. Apago la pantalla. Me levanto.
—Terminé mi turno. Me voy.
Paso a su lado, pero ella no se mueve. Empieza a hablar rápido, como si quisiera alcanzarme antes de que sea tarde.
—Dominique, pensalo bien. No seas orgulloso. A veces ceder no es perder. A veces—
—Jennifer.
—¡Yo solo digo que capaz estás tirando algo importante! —se le escapa—. Digo… yo incluso corté la luz aquella vez, cuando se quedaron encerrados en el archivo…
Me detengo.
La miro.
—Ah… —digo despacio—. Así que fuiste vos.
Jennifer sonríe, culpable. Apenas.
—Un empujoncito —admite.
Niego con la cabeza, pero no puedo evitar una exhalación breve. Casi una risa.
Voy a salir, pero ella se planta delante de mí.
—¿A dónde vas tan apurado? —pregunta, observándome—. Es como si… no sé… como si alguien te estuviera esperando.
No respondo.
Y ese es mi error.
Porque en el instante en que miro hacia un costado, nervioso, Jennifer lo nota.
Alza una ceja. Camina hasta la ventana. Y entonces lo ve.
Leon está abajo, apoyado contra el auto. Sin traje, sin apuro. Con las manos en los bolsillos y esa postura suya que parece relajada, pero nunca lo está del todo.

Como si supiera exactamente cuánto tiempo hace falta esperar por mí.
Jennifer me mira de nuevo. Sonríe.
—No renunció a todo —dice—. Solo a lo que ya no era importante.
No hace falta decir más.
—No llegues tarde —murmura finalmente, apartándose.
No le respondo.
Salgo de la oficina, cruzo el pasillo, bajo las escaleras sin mirar atrás.

Cada paso duele un poco. Nada nuevo. El dolor es constante. Aprendí a convivir con él.
Lo que no es constante es esa sensación extraña en el pecho. Esa que no debería estar ahí.
Empujo la puerta de salida.
Leon levanta la vista.

Sonríe.

No se mueve.

Solo me espera.
Camino hacia él y, por primera vez, sé que no estoy escapando de nada: estoy eligiendo.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.