Te Quiero Por Que Quiero Quererte

Capítulo 1: El chico de la casa de enfrente

Julio siempre tuvo un aire distinto en la colinia. A mis dieciséis años, pisando la frontera de los diecisiete, la existencia parecía transcurrir en una eterna suspensión monótona, donde las horas se medían exclusivamente

por la rutina de las tardes limpias, el olor penetrante a tierra mojada tras los chubascos y los paseos obligatorios con Hunter. Él era mi compañero fiel, el perro de mirada noble que, sin que ninguno de los dos lo sospechara, estaba a punto de cambiar el rumbo de mi adolescencia por completo.

Vivíamos en una colonia de pasajes apacibles, de esas donde las familias se conocen de vista a lo largo de las décadas pero donde muy pocos se detienen a mirarse a los ojos de verdad. Todo cambió la tarde en que la casa de enfrente abrió sus puertas a una nueva mudanza. Entre el movimiento anunció la llegada de rostros desconocidos que alterarían el ecosistema de mi día a día.

La primera pieza del dominó cayó una tarde cualquiera en las canchas de básquetbol del rumbo. Salió su primo Adrián, un chico de trato fácil y sonrisa abierta que se acercó sin dudarlo, atraído por la energía juguetona de Hunter.

Nos saludamos con la timidez propia de la edad, intercambiamos un par de frases comunes sobre mascotas y la tarde pareció diluirse sin mayores novedades. Sin embargo, dos días después, el grupo se amplió. Adrián cruzó la calle acompañado de su hermana y de él. Ahí estaba Josh.

Lo miré por primera vez bajo el resplandor pesado de julio. Tenía dieciocho años y una presencia física imponente, acompañada de una actitud que, en ese primer instante, me resultó sumamente insoportable. "Qué chico tan mamón", me dije para mis adentros, cruzándome de brazos y desviando la mirada. No hubo música de fondo, ni chispas en el aire, ni miradas lentas de película romántica. Josh fue, en nuestro primer segundo de contacto, alguien que simplemente me dio igual. Un vecino más al que no pretendía otorgarle el menor espacio en misnpensamientos.

Pero el destino posee una insistencia implacable. A los pocos días, Josh volvió a aparecer en las canchas, pero esta vez lo hacía solo y acompañado por Lion, su perro. Al verlos aproximarse, algo en mis barreras comenzó a ceder de inmediato. Lion era una criatura preciosa, con un parecido físico tan asombroso con mi Hunter que parecía un reflejo directo, como si los mismos animales hubieran pactado nuestro encuentro mucho antes de que nosotros tuviéramos el valor o la madurez de dirigirnos la palabra. Ese pretexto de cuatro patas rompió el hielo de forma definitiva.

A partir de esa tarde, las caminatas compartidas se volvieron cada vez más lentas, las respuestas monosílabas se transformaron en preguntas interminables y las viejas canchas de cemento agrietado pasaron a ser nuestro cuartel general absoluto. Empezamos a desarmar con paciencia el misterio del otro: descubriendo sus gustos, sus actividades diarias y sus pensamientos. Una rutina bendita e invisible se instaló entre nosotros. De pronto, el reloj se convirtió en mi obsesión diaria; pasaba las mañanas enteras esperando con una ansiedad eléctrica que dieran las cinco de la tarde. En cuanto las manecillas tocaban la hora señalada, tomaba la correa de Hunter y salía al encuentro de la vida.

Allí, viendo al cielo transmutar del azul cobalto al naranja encendido y luego al negro absoluto de la noche, nos daban las nueve o las diez sin darnos cuenta. Sentados sobre las gradas frías, el tiempo parecía suspenderse en

un vacío perfecto. Podíamos hablar durante horas interminables sobre la nada y sobre el todo, y el aburrimiento jamás se atrevió a presentarse. Todo en ese espacio cobraba un sentido de perfección pura; el mundo exterior y sus grietas familiares se borraban por completo en el instante en que cruzaba la mirada con Josh.




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