Te Quiero Por Que Quiero Quererte

Capítulo 2: Adam Sandler y mariposas con taquicardia

Nuestra primera cita formal quedó grabada como un hito inamovible en mi memoria. Recuerdo con total nitidez el instante en que Josh caminó hacia mi casa y, plantándose con madurez frente a mi mamá, le pidió permiso para llevarme al cine. Por dentro, los nervios me devoraban los sentidos; experimentaba un torbellino violento en el estómago que amenazaba con delatar la vulnerabilidad de mi edad. Cuando finalmente nos sentamos en la penumbra de la sala oscura, rodeados por el murmullo del público y frente a la pantalla que proyectaba una comedia de Adam Sandler, el universo entero pareció encogerse hasta dejarnos solos.

A mitad de la función, la electricidad entre los dos era un elemento casi físico, una corriente invisible que llenaba el espacio entre nuestras butacas. Intenté besarlo una primera vez, impulsada por un arrojo repentino, pero el pánico de la inexperiencia me ganó en el último milisegundo; la timidez me hizo retroceder y me alejé un poco de inmediato, fingiendo una atención absoluta hacia la pantalla mientras sentía las mejillas arder. Sin embargo, el dictado del corazón terminó por imponerse. Momentos después, acorté la distancia y lo besé. Fue un beso perfecto, una eclosión de sensaciones tan nítidas, hermosas y profundas que incluso hoy en día me resulta imposible traducirlas con exactitud a las limitaciones del lenguaje hablado. Al salir de la sala de cine, asumí con total convicción que él ya era mi novio. Josh no lo pidió de manera formal, pero en la arquitectura de mi mente y de mi alma ya no existía margen para la duda.

El regreso a la colonia nos devolvió a la realidad del asfalto sin miramientos. Al aproximarnos a las canchas, divisamos a mi hermano Andrés junto a su novia, y a mi hermano pequeño Luis, todos entregados a un juego informal de básquetbol.

Decidimos sumarnos a la partida, pero yo arrastraba una tensión monumental y una pena inmensa provocada por el peso del secreto de lo que acababa de ocurrir en la oscuridad del cine. A pesar de la timidez que me entumecía los movimientos, jugamos, corrimos y compartimos un fragmento de tarde verdaderamente increíble. Al resguardarme por fin en la seguridad de mi casa, corrí a confesarle los pormenores a mi mamá. Cuando ella me interrogó directamente sobre si Josh ya era formalmente mi novio, asentí con firmeza, aunque en el fondo sabía que era una dulce certeza construida por mi propia intuición.

Al día siguiente, la rutina nos volvió a convocar en las calles. En esa ocasión, mi hermano pequeño Luis nos acompañó en la caminata, y en un descuido infantil, soltó un comentario directo y travieso haciendo alusión a que nosotros ya éramos novios. Una ola de pena absoluta me recorrió el cuerpo y deseé con fervor que la tierra se abriera para tragarme en ese instante, pero Josh reaccionó con una madurez desarmante; lejos de incomodarse o desmentir la afirmación, dibujó una risa ligera, cómplice y sumamente tierna en sus labios. En ese preciso segundo comprendí que ambos habitábamos el mismo territorio emocional. No hacían falta discursos ensayados ni peticiones tradicionales de rodillas; los dos sabíamos con total claridad lo que significábamos el uno para el otro. Desde ese momento, las tardes se consagraron como mis instantes predilectos sobre la tierra. A pesar de la constancia de verlo diariamente, cada vez que su silueta aparecía a lo lejos se desataba en mi pecho una taquicardia real y medible; las palmas de las manos me sudaban frío y las mariposas en el estómago se multiplicaban en un revuelo incontrolable. Era una intensidad afectiva que jamás había rozado con ninguna otra persona. Los días en que por complicaciones del destino no lográbamos coincidir, una melancolía densa se apoderaba de mis horas, mitigada únicamente por la promesa inquebrantable de que el amanecer siguiente nos devolvería a nuestras amadas canchas.




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