Te Quiero Por Que Quiero Quererte

Capítulo 3: Rayas de colores y una promesa en la tormenta

La presencia de Josh poseía la extraña virtud de difuminar cualquier noción de autoridad en mi mente.Yo siempre me caractericé por un espíritu rebelde, una inclinación natural a desafiar los límites y a desobedecer sistemáticamente los horarios rígidos que mi madre establecía para mi regreso a casa. Sin embargo, mi justificación interna era absoluta: sentía que si me encontraba en la acera de enfrente, resguardada bajo su mirada, ningún peligro real del mundo exterior podía alcanzarnos. Mi hermano Luis desarrollaba a menudo celos infantiles ante mis prolongadas ausencias, obligando a mi mamá a gritar mi nombre desde la puerta de la casa o a enviar emisarios para forzar mi entrada. Para mí, el tejido del universo se había reducido a la circunferencia de esa acera y a la certeza de su compañía.

Una mañana, la casualidad nos jugó una pasada inolvidable. Salí corriendo de mi hogar a toda prisa con el único propósito de tirar los desechos en el contenedor de la basura, sin imaginar jamás que Josh abriría su puerta exactamente en ese mismo segundo. Me contempló por primera vez desprovista de cualquier armadura estética: recién levantada, con el cabello en un caos total, la cara lavada y vistiendo mi pijama más vieja, compuesta por un pantalón llamativo de rayas de colores. Sentí que la vergüenza me devoraba viva y quise desvanecerme en el acto, pero por la tarde, al encontrarnos en nuestro sitio de siempre, me miró fijamente con una sonrisa limpia y me confesó que le había parecido sumamente bonita verme de esa manera. Aquel pantalón de rayas se transformó de inmediato en un amuleto sagrado; lo resguardé en mi armario durante años enteros como un testimonio tangible de su ternura, hasta hace apenas unos meses, cuando decidí que era tiempo de soltar los objetos del pasado.

Lamentablemente, la historia no tardó en conocer sus primeras zonas de sombra. Cometí equivocaciones severas que quebraron los cimientos de la confianza que él había depositado en mí. En una temporada donde yo carecía de un teléfono celular propio, Josh me facilitó uno de sus dispositivos para mantenernos comunicados. Cometí el error estúpido de iniciar sesión en mis cuentas personales de Facebook y Messenger y dejarlas abiertas en el aparato. Al revisar el teléfono, Josh encontró conversaciones antiguas con amigas y conocidos masculinos donde yo solía emplear un tono de coqueteo.

Aunque dichos mensajes pertenecían estrictamente a los meses previos, justo cuando apenas nos estábamos conociendo, y a pesar de que jamás llegué a concretar una cita ni experimenté un interés real por nadie más, el descubrimiento provocó un impacto devastador en su orgullo y en su seguridad.

Mi comportamiento errático provenía de una profunda inseguridad psicológica; percibía a Josh como un hombre demasiado apuesto y perfecto para estar conmigo, y alimentaba el temor constante de que terminaría por aburrirse de mi compañía, me engañaría con alguien más o se marcharía sin dejar rastro. No poseía la madurez para anticipar que terminaría amándolo con semejante devoción. Al ser confrontada con la evidencia de las pantallas, experimenté una culpa atroz, sintiéndome la persona más estúpida y destructiva del planeta al constatar el dolor que había infligido en el ser que ya constituía mi felicidad. Con el llanto ahogándome la voz, le manifesté que si su deseo era terminar la relación lo aceptaría sin oponer resistencia. Aguardaba el golpe del abandono, pero sus palabras torcieron el destino

Me voy a quedar —me dijo, sosteniendo mi rostro con firmeza y mirándome directamente a los ojos—. Me voy a quedar y te voy a amar como absolutamente nadie lo ha hecho en esta vida. Te voy a cuidar y te voy a enseñar lo que significa amar de verdad.

Ese juramento actuó como un sello definitivo sobre mi alma. En ese instante tomé la determinación interna de entregarlo todo, amándolo incluso por encima de mi propia integridad física y mental. Aquella representó nuestra primera gran tempestad, y aunque en la inocencia de mis dieciséis años supuse que sería la última, la distancia del tiempo me obliga a cuestionar con frecuencia qué rumbo habría tomado mi existencia si él hubiera elegido marcharse esa mañana de mi lado; quizás el dolor del desenlace final no habría resultado tan desgarrador para mi estructura emocional




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