Joshua deescifró con rapidez mi pasión incontenible por la literatura y los mundos impresos. En un acto de entrega absoluta, decidí obsequiarle el que consideraba mi libro predilecto sobre la tierra: El joven Orozco: cartas de amor a una niña, de la escritora Adriana Malvido. Los dos nos adentramos con fervor en la lectura compartida de sus páginas epistolares, y de ese universo extrajimos la frase que se transformaría en nuestro código secreto, el refugio lingüístico al que acudíamos cuando el entorno amenazaba con desbordarnos: "Te quiero porque quiero quererte". Un recordatorio constante de que nuestro afecto era una elección voluntaria y consciente ante la vida.
Él asumió el rol de mi protector definitivo frente a las inclemencias del entorno. Recuerdo vívidamente los días
en que obtuve mi primer empleo formal en un establecimiento de comida denominado "El Poz-ole". Era un espacio de dinámicas horribles, extenuante en extremo y con jornadas que mermaban mis fuerzas. Una noche salí por las puertas del local con los ojos empañados por las lágrimas, deshecha por el cansancio físico y la frustración laboral. Josh, quien se había postulado conmigo para el puesto pero no había sido seleccionado por los encargados, aguardaba de pie en la acera. Traía una hamburguesa caliente en las manos, me rodeó con la calidez de sus brazos y comenzó a relatar ocurrencias hasta arrancarme las primeras carcajadas. En ese preciso instante, cobijada por el frío de la noche, me experimenté como la mujer más resguardada del universo.
Al poco tiempo, la evolución natural de nuestro lazo nos condujo hacia la entrega más íntima y trascendental. La primera ocasión en que unimos nuestros cuerpos fue un acontecimiento rodeado de misticismo, magia y una perfección inigualable. Trazamos la coartada de que viajaríamos al centro de la ciudad para compartir un almuerzo, pero el rumbo real nos guió hacia la intimidad de su hogar familiar ubicado en Tizatlan. Al encontrarnos completamente solos entre aquellas paredes, la atmósfera exterior se disolvió para dar paso a un lenguaje completamente nuevo.
La cadencia de sus besos, la delicadeza infinita y la precisión quirúrgica con que sus manos iban descubriendo la geografía de mi piel me sumergieron en un estado de comunión y seguridad absoluta. Era un territorio físico que jamás había explorado; esa tarde experimenté el primer orgasmo de toda mi existencia. Se sintió exactamente como una detonación simultánea de fuegos artificiales recorriendo cada terminal nerviosa de mi cuerpo, erizándome la piel ante la menor sutileza de su tacto. Me transformé en una cautiva voluntaria de esa sincronía, una adicta a la euforia y al misticismo del amor puro en el que quedábamos envueltos cada vez que el mundo nos concedía un instante a solas.