La arquitectura de nuestro noviazgo no solo se alimentaba de pasiones profundas, sino también de una complicidad lúdica y de risas adolescentes que aliviaban la gravedad de nuestros mundos. Una tarde, planeamos originalmente que yo lo acompañaría a cumplir con sus sesiones de entrenamiento deportivo, pero el impulso de la intimidad terminó por desviarnos una vez más hacia el refugio de su residencia en Tizatlan. En medio de los juegos, las confidencias y los arranques de afecto, se nos ocurrió incorporar un aceite aromático a nuestras caricias. El desenlace técnico fue un auténtico desastre humorístico: mi cabellera terminó por completo saturada del fluido grasoso, luciendo un aspecto brillante e imposible de ocultar a simple vista.
Al consultar el reloj, el pánico colectivo se apoderó de nosotros al percatarnos de la inminencia de la hora de regreso; presentarse ante mi estricta familia con el cabello en semejantes condiciones delataría en el acto que no habíamos puesto un pie en el gimnasio. Urgidos por estructurar una coartada sólida y resistente a los interrogatorios maternos, a el se le ocurrió una estrategia tan disparatada como brillante: me solicitó con total seriedad que tomara un guante de boxeo y le propinara un impacto real en el rostro, generando una marca física que respaldara la narrativa de que verdaderamente había estado involucrado en una intensa sesión de combate en el cuadrilátero. Nos desternillamos de la risa intentando ensayar la coreografía del golpe, pero concluimos que la marca en su piel no resolvería el estado de mi cabello.
Tomamos la determinación de emprender el viaje de retorno a pie, cruzando las calles con la esperanza de que las ráfagas de viento secaran los excesos del aceite, pero la sustancia permanecía intacta. Fue en esa caminata donde Josh concibió el plan de contingencia definitivo: ingresamos a un comercio local para adquirir varias botellas de agua purificada y, al aproximarnos a las inmediaciones de nuestro pasaje, comenzamos a escenificar un juego ruidoso, corriendo y arrojándonos el líquido vital entre risas y gritos ensayados. Cruzamos el umbral de la cuadra completamente empapados de pies a cabeza, simulando una inocente e intensa guerra de agua veraniega. La puesta en escena funcionó a la perfección ante los ojos de los vecinos y de mi madre, disimulando el estado graso de mi cabellera. Esas genialidades compartidas consolidaban la certeza de que su mente era mi lugar seguro en el mundo.