Te veo...

CAPÍTULO 2: El comienzo de todo

Alana

Me encontraba leyendo dicho libro; acababa de subrayar un diálogo y apuntar un pequeño texto al lado. Me había sentido identificada con el personaje y, aunque yo no suelo marcar cuando leo, esta vez quise hacerlo. Se sintió bien y hasta terapéutico soltarlo.

Estaba preparada para seguir con mi lectura cuando, debajo de lo que escribí, apareció otro texto. Abro mis ojos con sorpresa cuando veo cómo aparece como si fuera magia satánica, dando un salto para atrás, levantándome de la silla.

Agarro la maceta de la repisa como si me pudiera proteger con eso y poco a poco me acerco. Leo el nuevo texto.

“¿De verdad? Entonces, ya somos dos”

Todavía algo cautelosa, leo más de tres veces dicho texto, mientras me froto los ojos, asegurándome de que no sea una alucinación por la falta de sueño.

Me vuelvo a sentar en la silla dejando la maceta en la mesa, acerco mis manos al libro para volverlo a leer, pero simplemente mis manos no llegan a agarrarlo. Entonces, decido cerrarlo, guárdalo en mi librero e irme a la cama…

Estando en mi cuarto, poniéndome el pijama, no puedo dejar de pensar en ese extraño mensaje. O sea, ¿por qué salió de la nada si yo ya había dejado el bolígrafo en la mesa…? Ni modo, que yo sepa, escribir mentalmente y recién ahora esté despertando ese poder.

Me quedé mirando un punto fijo y luego comienzo a reírme de mi extraño pensamiento. De verdad, la soledad me está afectando.

Aunque ni crean, yo sí me siento sola; pero los libros también me hacen buena compañía, solo… solo que no tengo con quién compartir mis opiniones acerca de los libros que leo.

Pero ¡hey! Dicen por ahí que la locura también te pone creativa y ahora me urge, con gran urgencia, tener creatividad para escribir algo. Mi agente ya se está poniendo intenso al ver que no he escrito nada últimamente, pero la inspiración me dejó como hace tres meses. Con lentitud, me sumerjo en la comodidad de mis sábanas y ni bien toco la almohada siento mis ojos pesados cerrándose poco a poco hasta quedar completamente dormida.

En un abrir y cerrar de ojos, llega el amanecer. No quiero levantarme, pero realmente no tengo de otra porque tengo que reunirme con el intenso para informar si he escrito algo, porque, según me ha dicho, ya sus superiores le han advertido que si no escribo algo, aunque sea la idea… Me echan.

Así que debo pensar en algo porque no puedo perder mi empleo. Me levanté y me dirigí al baño para tomar una ducha, que me toma como unos 10 min, sin música.

Salgo de la ducha, entro al cuarto y me cambio con una blusa blanca, un pantalón palazzo negro y tacones negros. Me dejo el cabello suelto, feliz con mi aspecto, agarro un pequeño bolso y salgo de mi casa.

Decido irme caminando porque el lugar de encuentro no está a una distancia tan lejos de mi apartamento.

Cuando llego, veo que Manuel ya me está esperando. Él tiene 53 años; tiene el pelo rubio castaño con unos ojos hazel, muy lindos. Ha estado conmigo desde que empecé a trabajar en la editorial; él siempre me ha brindado su apoyo y tiene fe en que llegaré a ser una gran escritora, algo que se cumple poco a poco, y le preocupa bastante ver la cantidad de tiempo que llevo sin escribir.

—Buenos días, Manuel —lo saludo mientras me siento frente a él.

—Buenos días, Alana —me contesta mientras alza la vista del periódico que sostiene —. ¿Cómo has estado últimamente?

Sabía que esa sería la primera pregunta que me haría y es por dos razones. La primera es porque se preocupa por mi bienestar y la segunda tiene un mensaje más subliminal ya que también trata de saber si he escrito algo.

—He estado perfectamente, Manuel… —lo miro con recelo —. No te preocupes.

—Alana, claro que me preocupo —empieza su discurso hecho para regañarme —. No has escrito nada desde… desde el funeral de tu madre, yo sé que no estás en el mejor de tus momentos, pero…

Lo interrumpo antes de que pueda seguir hablando y me recuesto en el espaldar de la silla. No me gusta que mencione ese tema porque con tan solo recordarlo me hace sentir triste. Mi mamá siempre fue la fan número 1 de mis libros. De hecho, ella tenía un librero exclusivamente para ellos, así que no era fácil escribir de nuevo sabiendo que ella ya no los iba a leer.

Mi madre era siempre mi compañera, además de mi consejera y mejor amiga, tal vez por eso es que me siento tan sola últimamente. Sacudo la cabeza y respiro profundamente tratando de que las lágrimas no salgan.

—Manuel, no te preocupes —empecé a hablar —. Yo escribiré algo pronto, lo prometo… Solo dame dos meses, por fa.

Manuel me mira por un rato. Antes, creía que me miraba con lástima, pero ahora sus ojos solo me transmiten comprensión. Me levanto de la silla y me preparo para irme de ese lugar; entonces escucho la voz de mi agente y me detengo.

—No te preocupes, Alana —empezó a hablar —. Yo trataré de pedirles más plazo a mis superiores.

—Gracias… —le contesté seca, pero también agradecida.

Salgo por fin de la cafetería y comienzo a caminar por las calles concurridas de España; observo a la gente pasar de manera apurada; veo cómo las palomas vuelan por lo alto. Sigo caminando hasta que me paro en una esquina y me subo a un taxi para que me lleve a casa.




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