Omar
Un día jueves, de la siguiente semana, estamos en la sala de juntas discutiendo qué nueva noticia debemos publicar en la revista. Olive presentó su idea para que la analizáramos. Ella propuso añadir el apartado de confesiones de la página web a la revista, pero solo la confesión más popular.
Es un poco arriesgado, pero podría ser funcional y ser algo interesante para nuestro público joven.
—Esta idea me gusta más —digo mientras leo la carpeta de la propuesta —. Me parece muy factible y creo que sería algo que atraería a más jóvenes, pero…
Hago una pausa rápidamente, poniéndome a analizar algunos puntos.
—Tal vez podamos hacer una votación en la misma página para que nuestros seguidores elijan la confesión.
—Estaba pensando lo mismo, señor O’her, pero también debemos analizar más a fondo eso.
—Estoy de acuerdo, señorita Mendoza —dije guardando los papeles en la carpeta.
Al alzar la vista, vi a Olive sonriendo cuando acepté su propuesta. Como dije antes, Olive es una gran profesional y tiene buenas ideas; además, es una buena chica, pero lo que respecta a la historia de ese libro, ya no creo que pueda fingir enamorarme de ella otra vez.
Por otro lado, a la que no puedo dejar de ver y escuchar sus comentarios es con dicha chica que siempre está en el recuadro al lado de mi cabeza; es… interesante su pensamiento y, de cierto modo, hasta poético. Eso me hace pensar que puede ser buena escribiendo, no sé.
Por el momento, tengo cosas que ajustar con el editor de la revista, el investigador y el que se encarga de la página de internet. De todos modos, todavía estamos en la etapa de prueba con la nueva idea.
Así que toca un largo camino que recorrer hasta moldearla a la perfección. Porque no es tan sencillo escoger la idea y publicarla; es más complicado que eso. Además de que solo tenemos una semana para realizar los cambios requeridos. No es que sea mucho tiempo.
—Bueno, equipo, trabajemos duro para poder presentar esta idea y que la aprueben al cien por cien. —entrelazo los dedos de mis manos al decir esto —Empecemos con esto.
…
—Ugh… por fin en casa… —dije mientras me quitaba los zapatos dejándolos en la entrada
Caminé hasta llegar a la cocina, sacando una botella de agua y dándole un gran sorbo. Entonces, de repente, escuché unos sonidos que provenían de la sala.
Me acerqué lentamente hacia la oscura habitación; pude percatarme de unas dos sombras en el sofá; me pegué cerca del interruptor y lo encendí. Cuando observé a las dos personas que se encontraban ahí en una posición… interesante, mi rostro cambió la expresión de cansancio a una de sorpresa y enojo.
Mi hermano era el que estaba ahí, definitivamente; él jamás iba a cambiar. Traté de calmarme antes de hablar pasándome una mano por el cabello.
—Óscar —dije soltando un suspiro cerrando los ojos —, ¿Qué demonios haces aquí, idiota?
Mi hermano me miró acomodándose en el sofá.
—Bueno, hermano, quería visitarte no más… —guardó un momento de silencio —pero no estabas y… todavía tengo las llaves de tu casa.
Me agarro las sienes aguantando la paciencia
—serás… —dije caminando por la habitación —Óscar, ¿A qué vienes a visitarme? No me creas tan imbécil.
—Denis… —comenzó a llamarme por el feo apodo que me puso de chicos.
—Hey, no me llames así.
—No te enojes, hermanito.
Giré hacia otro lado, evitando mirar la escena que estaba presenciando en mi casa. Como mencioné en algún momento, mi hermano es, ¿cómo decirlo para que no suene mal?, un… ojo alegre. Tal vez ya era hora de quitarle las llaves, inmediatamente.
—Oscar, te metiste en mi casa y estás con… —miro a la desconocida que se esconde detrás de mi hermano.
—Yeleini —me contestó la chica con algo de timidez y luego se dirigió a mi hermano —. Nene, creo que nos veremos otro día.
—Yo miré a la chica; se le veía súper avergonzada, por lo que se retiró sin decir una palabra.
“—Vaya, más le vale a esta chica no volver a salir con el Don Juan”
Al escuchar aquella voz, otra vez, miré en dirección a la chica del cuadro. Suprimí una risa.
“—Solo espero que se le acabe el encanto del nene”, le contesté.
Ella se rió, siguiendo con la lectura, para luego susurrar:
“—Chistoso.” —esbocé una sonrisa; al levantar la cabeza, me encontré con la mirada acusadora de Óscar. Ahí volví a mi expresión de siempre.
—Oye, llegaste muy pronto a la casa —me dijo reprochándome —; me debiste avisar.
—Hermano, solo te voy a decir que esta es mi casa y no necesito avisar cuándo llegaré.
—Okey, tienes razón…
—Pero, bueno, esta chica… —comencé diciendo lentamente—. Es algo serio o es una de aventuras como siempre.
Óscar decidió no responder al instante y se lo pensó; eso no era algo que hiciera para el tema de “chicas”.