Capítulo 1 – Bienvenidos al Gigante
La frente de Cyrus estaba pegada al vidrio del autobús. Afuera, la ciudad parecía no terminar nunca: luces blancas, rojas, amarillas, todas moviéndose como si tuvieran prisa. Les recordaban a luciérnagas... demasiadas, todas juntas. No sabía si le gustaba la Ciudad de México; extrañaba el silencio de su pueblo, extrañaba su cuarto, extrañaba a sus papás.
Se acomodó los audífonos y subió un poco el volumen. Esa canción, la que siempre escuchaba cuando se sentía solo, le apretó el pecho, pero también lo sostuvo; era como un abrazo invisible.
Tía Lety: —Mijo, ya casi llegamos —dijo una voz suave a su lado. Cyrus no se movió, solo apretó más los audífonos. Tía Lety lo observaba con ojos cansados, pero llenos de cariño. Había trabajado todo el día, y aun así ahí estaba, firme, acompañándolo en ese viaje que ninguno de los dos había planeado. —¿Traes hambre? —preguntó, tocándole el hombro con cuidado. Cyrus se quitó un audífono.
Cyrus: —Poquito... —murmuró. Ella sonrió, de esas sonrisas pacientes que solo tienen los adultos que aman de verdad.
Tía Lety: —Mañana te voy a llevar por unos chilaquiles verdes que ni Diosito los ha probado. Vas a ver. —Hizo una pausa—. Esto es el inicio de algo bueno. —Cyrus asintió despacio; no estaba seguro de que algo pudiera ser bueno después de perderlo todo... pero confiaba en ella.
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A la mañana siguiente, la ciudad olía a tamales recién hechos y a gasolina. Cyrus caminaba pegado a su tía, mirando puestos llenos de colores, lonas viejas, edificios altísimos que parecían tocar el cielo. Todo era tan distinto que hasta le daba miedo respirar fuerte. Se detuvieron frente a una tiendita para comprar agua, y en ese momento alguien chocó con él.
¿?: —¡Órale! ¿No ves por dónde caminas? —Cyrus dio un paso atrás, sorprendido.
Cyrus: —Perdón... —balbuceó. El niño frente a él era más bajito, traía una gorra roja y una sonrisa pícara que no parecía mala... solo curiosa.
¿?: —Eres nuevo, ¿verdad? —dijo, mirándolo de arriba abajo—. Tienes cara de turista. —Soltó una risa.
Cyrus: —Soy... Cyrus.
Dilan: —Dilan. —Se cruzó de brazos—. Vivo por aquí. ¿Y tú qué haces en la gran ciudad? —Cyrus señaló con la cabeza a su tía, que hablaba con la señora de la tienda.
Cyrus: —Vine a vivir con ella.
Dilan: —Ah... —Dilan lo analizó un segundo—. ¿Y qué te gusta hacer? —Cyrus dudó, bajó la mirada.
Cyrus: —Cantar. —Los ojos de Dilan se abrieron de golpe.
Dilan: —¿Neta cantas? No manches, qué chido. —Se acercó un poco—. ¿Ubicas Pequeños Gigantes? —Cyrus negó con la cabeza. —Es de la tele, salen morros que cantan, bailan y todo eso. —Sonrió con emoción—. Tú podrías entrar, seguro la rompes.
Cyrus: —No creo... —murmuró.
Dilan: —Que sí. —Levantó el puño—. Te lo juro, bro, tú cantas bien. ¿A poco no? —Cyrus sonrió; era la primera vez en semanas; algo en ese niño le daba confianza.
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Por la tarde, Dilan apareció acompañado de sus padres, ya que Cyrus le había contado en dónde estaba viviendo, para convencer a la tía Lety de que Cyrus se dé una oportunidad para entrar en Pequeños Gigantes.
Dilan: —¡Ándele! —dijo apenas entró—. Su sobrino canta cañón; lo vamos a ver en la tele. —Tía Lety arqueó una ceja.
Tía Lety: —¿Pequeños qué?
Dilan: —Gigantes, es famosísimo y sería una gran oportunidad para su sobrino. —Cyrus se mordió el labio.
Cyrus: —¿Tú crees... que sea buena idea? —Ella lo miró largo, muy largo, vio esos ojos tristes, ese cuerpo chiquito cargando cosas que no le tocaban.
Tía Lety: —Si tú quieres, mijo, lo intentamos —dijo al fin—. Pero acuérdate: nada de confiarse ni andar creyendo que ya la hiciste. —Cyrus sonrió. Esta vez, con esperanza.
Cyrus: —Gracias, tía.
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El día del casting, el foro era un caos: niños corriendo, mamás acomodando peinados, luces por todos lados. Cyrus sentía que no pertenecía ahí, como una hormiga en un mundo gigante.
Dilan: —Respira, bro —dijo, dándole un golpecito en la espalda—. No pasa nada. —Cyrus apretó la hoja con su nombre y edad, miraba a todos lados... hasta que lo vio: un niño de cabello negro, sonrisa enorme, chamarra llena de brillitos; estaba rodeado de otros niños, riendo, saludando. Las cámaras parecían seguirlo solo.
Cyrus: —Oye... —¿Ese quién es? —susurró. Dilan chasqueó la lengua.
Dilan: —¿Neta no lo ubicas? Es Kenneth Lagunes, canta cañón, tiene un montón de fans, es como el gallo de aquí. —Cyrus lo observó en silencio. Kenneth reía con seguridad, como si hubiera nacido para estar ahí. ¿Así se siente ser importante?, pensó.
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