Capítulo 6: Lloviendo.
El ritmo dentro del Bootcamp había cambiado por completo; después de la dura llamada de atención que Jessica, José y Marcelo les habían dado, ninguno de los participantes volvió a mirar los entrenamientos de la misma manera; ya no bastaba con cumplir el horario establecido. Las nueve horas de práctica se habían convertido únicamente en el punto de partida; a partir de ese momento, cada minuto libre se transformó en una nueva oportunidad para seguir creciendo.
Era común ver pequeños grupos practicando armonías mientras esperaban el desayuno, repasando coreografías en los pasillos de la residencia o incluso corrigiéndose entre ellos antes de dormir. Sin que nadie lo pidiera, el grupo había comenzado a exigirse mucho más y aquello también estaba ayudando a que Gabi y Cyrus encontraran poco a poco su lugar.
Los días siguientes transcurrieron con una intensidad que ninguno de ellos olvidaría. Las jornadas comenzaban antes de que saliera completamente el sol; muchos todavía llegaban medio dormidos al desayuno, con las piernas adoloridas por las horas de baile del día anterior. Sin embargo, bastaba con que alguno hiciera un comentario gracioso para que las risas volvieran a llenar el comedor. A pesar del cansancio, el ambiente entre ellos se sentía cada vez más cercano; ya no eran solamente compañeros, comenzaban a convertirse en una familia y precisamente quienes más estaban agradecidos por ello eran Gabi y Cyrus. Integrarse a un grupo que llevaba meses conviviendo no era sencillo, pero los demás nunca permitieron que se sintieran excluidos; siempre había alguien invitándolos a sentarse con ellos durante la comida, alguien dispuesto a explicarles cómo funcionaban las dinámicas de la residencia o simplemente alguien con quien conversar durante los pocos momentos de descanso. Aquellos pequeños gestos hacían toda la diferencia.
Los chicos estaban ensayando una parte de la coreografía frente a uno de los espejos de la residencia; entre ellos estaban Diego, Alex, Iannis, Kenneth, Cyrus y Gabi. Nadie hablaba demasiado; todos permanecían completamente concentrados. Una y otra vez repetían la misma secuencia, ayudándose entre todos.
Mientras tanto, Kenneth no podía evitar sentirse feliz cada vez que veía a Cyrus adaptándose tan rápidamente; lo observaba conversar con los demás, reír, aprender, pedir consejos; era exactamente el Cyrus que él siempre había conocido, curioso, trabajador y con unas ganas inmensas de mejorar.
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Durante otra entrevista individual, Kenneth compartió sus pensamientos.
Kenneth: —Creo que lo que más feliz me hace... es ver que Cyrus ya forma parte del grupo. —Respiró profundamente. —Yo tenía miedo de que le costara adaptarse, porque llegar después que todos... nunca es fácil, pero siento que encontró su lugar muy rápido y eso me da muchísima tranquilidad. —Sonrió con orgullo. —Sé cuánto quería estar aquí y verlo cumplir ese sueño... también me hace sentir que una parte de mi propio sueño se está cumpliendo.
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Cyrus también hablaba frente a las cámaras; su expresión era completamente distinta a la del primer día, se le veía mucho más relajado, más seguro.
Cyrus: —Creo que la palabra que mejor describe estos días... es agradecimiento. —Miró unos segundos hacia el suelo. —Llegué pensando que iba a sentirme completamente fuera de lugar. —Levantó nuevamente la vista. —Y pasó exactamente lo contrario, todos los chicos son geniales y Kenneth... —Su sonrisa cambió ligeramente, mucho más cálida. —Bueno... él siempre ha estado conmigo. —Desde antes de todo esto. —La cámara captó durante unos segundos aquella sonrisa sincera; sin embargo, Cyrus decidió guardar para sí todo lo demás que pasaba por su corazón.
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Aquella noche, cuando finalmente regresaron a la residencia, el cansancio era evidente; algunos apenas podían subir las escaleras, otros seguían repasando mentalmente la coreografía mientras caminaban hacia sus habitaciones, pero antes de que cada uno se fuera a descansar, todos habían tomado la decisión de ensayar juntos. Todos habían comprendido que, si querían alcanzar el sueño de convertirse en los próximos integrantes de Santos Bravos, debían empezar a exigirse incluso cuando nadie los estaba viendo y sin darse cuenta... Aquella decisión marcaría un antes y un después en el grupo.
Porque esa misma noche, mientras las luces de la residencia permanecían encendidas mucho después de la hora habitual, los chicos comenzaron a construir algo que iba mucho más allá de una simple competencia; comenzaban a construir una verdadera familia.
Los días comenzaron a pasar con una rapidez sorprendente; el entrenamiento ya formaba parte de la rutina de todos: despertar temprano, desayunar casi sin hablar por el sueño acumulado, pasar horas entre clases de canto y baile, regresar a la residencia para seguir practicando y terminar el día completamente agotados se había convertido en algo normal, pero, aunque el cansancio físico aumentaba con cada jornada, también lo hacía la confianza entre los participantes. Cada día se conocían un poco más, cada día aprendían algo nuevo del compañero que tenían al lado y, sin darse cuenta, el grupo comenzaba a funcionar como una verdadera familia.
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Una tarde, después de terminar los entrenamientos, Kenneth permanecía sentado en uno de los sofás de la residencia mientras revisaba algunos apuntes sobre la coreografía; apenas levantó la vista cuando vio a Cyrus acercarse con dos vasos de agua. Sin decir una palabra, el joven le entregó uno.