Estaba llegando tarde, demasiado tarde para los estándares de su padre. Había dilatado el momento, pero ya no tenía escapatoria así que decidió apurarse.
Lo único bueno que había en el trayecto desde su apartamento hasta la oficina ese día era el paisaje. Milo amaba los colores con los que se vestían los frondosos árboles de las aceras y los parques cuando el otoño llegaba para cubrir esa parte del mundo con tonos dorados.
Las hojas que habían sido tan verdes durante la primavera y el verano, en aquel momento se teñían de pinceladas marrones, amarillas y naranjas. Estas crujían debajo de sus botitas negras y pronto serían tantas que formarían colchones en las calles y las aceras.
El muchacho se obligó a llevar sus ojos y su mente a esos detalles que la naturaleza le regalaba, como si fuera posible escapar de la situación que estaba a punto de enfrentar. El ruido interno se apagaba por un momento y volvía con más fuerza. Era una ola que se estrellaba contra las rocas de la costa.
Por suerte, el verano se había marchado, porque su ánimo hubiera sido peor. Se terminaron por fin esos eternos y húmedos en los que la paciencia se acababa luego de varias jornadas intensas. En ese momento se podía respirar mejor y, a pesar de que tenía que caminar más de veinte minutos hacia su destino, no sentía su camiseta mojada por el sudor. No lograba entender cómo algunas personas podían amar esa pegajosa estación. Estaba seguro de que ellas tampoco entenderían por qué a él le gustaba el otoño. Ni siquiera él lo sabía con certeza. Quizá tenía que ver con los colores de la vegetación y que los cielos que no siempre eran iguales. A veces había sol y el firmamento era intensamente azul y, en otras ocasiones, el gris lo cubría todo, trayendo cierta sensación melancólica.
Amaba sentir el calor de la porcelana de la taza entre las manos y ponerse una manta cálida sobre los hombros para ver una película.
Finalmente, se detuvo frente a la oficina de su padre. Su nombre estaba grabado con letras grandes y elegantes de color negro en el ventanal de la planta baja de un edificio moderno.
En los pisos superiores, él tenía apartamentos para rentar. Todo eso le pertenecía y no era la única propiedad que formaba parte de su patrimonio. El famoso Aurelio Visconti era un exitoso agente de bienes raíces, con una agencia muy visitada por gente de dinero.
Sin embargo, las cosas no siempre fueron así. Su padre había nacido en un pequeño pueblo que se llamaba Valle Hermoso; quedaba a dos horas de distancia de la ciudad. Allí dio sus primeros pasos como martillero público. Su trabajo consistía en alentar a personas del campo a vender sus tierras y animales para comprar casas en ciudades más grandes. Según él, Valle Hermoso se convertiría en un pueblo fantasma con el correr de los años, dejaría de contar con servicios esenciales y tendría poco para ofrecer. Así que mucha gente vendió ganado, cultivos y campos, e hizo las valijas para mudarse a un sitio que prometía una vida mejor. Eso le permitió comenzar a crecer y lograr contratos que lo llevaron adonde estaba hoy.
Milo sabía que él había vendido propiedades a famosos y políticos, pero no le interesaba demasiado su trabajo. No porque le pareciera algo aburrido, sino porque no tenían la mejor relación. Aurelio nunca terminó de entender o aceptar que su hijo fuera homosexual. El muchacho ni siquiera podía decir que le doliera demasiado ese hecho, pues nunca había sido un padre presente. El trabajo y los negocios le interesaban más que su crianza. El hombre simplemente se dedicó a ignorar esa parte de su vida.
Milo creía que lograr una reacción de las personas, aunque fuera negativa, era mejor que el silencio, pero nunca obtuvo una reacción de su padre. El silencio no cerraba etapas ni historias, no ponía una palabra de despedida ni un punto final. Te dejaba flotando en un limbo eterno sin respuestas.
Apreciaba a su madre un poco más, aunque era ella quien le aconsejó durante su adolescencia no llevar novios a la casa o le decía que no tocara el tema de su vida amorosa en reuniones familiares. ¿Por qué debía quedarse callado ante algo que su corazón le pedía gritar a viva voz? ¿Cómo podía eliminar una parte de él? Cada una de esas pequeñas partes lo componían y lo hacían ser quien era.
Sin embargo, su proceso no fue complejo ni traumático. Había una persona que siempre estuvo allí para él: su abuela Elisa. Gracias a ella, en su niñez y adolescencia existieron palabras cariñosas de aliento, caricias de manos que olían a hierbabuena y una paciencia inagotable para escuchar sus dramas juveniles.
Era por ella que estaba allí esa tarde de otoño, bajo un árbol que se iba despojando de sus hojas. Comenzó a dudar de si debía dar un paso para cruzar la calle. Imaginó que un auto lo embestía, no de manera fatal, pero lo suficiente como para demorar eso que tenía que hacer. Porque, en lo que respectaba a su abuela, sí hubo un punto final. Y este llegó con palabras de despedida que se perdieron entre sonrisas y mejillas mojadas. Tragó fuerte, tomó coraje para cruzar la calle y empujó la puerta de vidrio de la oficina.
Una muchacha de cabello ondulado y rubio, recortado a la altura de los hombros, levantó la mirada para sonreírle. Milo temió que el botón de su camisa fuera a salir despedido como un proyectil para golpear su rostro. No recordaba que su padre tuviera una secretaria. Eso le decía que hacía mucho tiempo no pasaba por el lugar. Por supuesto que eligió a una mujer joven y voluptuosa para recibir a sus clientes. La mayoría eran señores entrados en edad que debían sonreír de manera tétrica al verla y hacer los comentarios más desagradables.