Temporada de tormentas

Capítulo 2

—Adelante, hijo. ¿Cómo estás?

El hombre de cabello corto y blanco hizo un gesto impaciente con la mano, pero ni siquiera lo miró a los ojos. Tenía cosas más importantes a las que prestar atención en la pantalla de su computadora.

—Permiso…

—Deberías entrar sin anunciarte —aseguró su padre—. Algún día esto será tuyo y los dueños no piden permiso.

—Todavía no lo soy.

Y tampoco esperaba serlo. No quería hacerse cargo de los negocios de su padre.

Milo debía reconocer que las canas le sentaban bien, porque no parecía tener cincuenta y cuatro años. Quizá alguien que recién llegaba a la mitad de los cuarenta. Se preocupaba por verse siempre impecable, con el cabello y la barba bien recortados. En sus camisas de tela delicada no había una sola arruga.

Cuando el muchacho dio un paso con dirección al escritorio de madera oscura, pudo oler el aroma a verbena que flotaba en el aire. Seguramente había uno de esos artefactos para perfumar el ambiente sobre una de las tantas repisas que decoraban las paredes. La oficina siempre estaba ordenada y olía bien. Era como si nadie trabajara allí. No había un solo papel fuera de lugar y ningún lápiz se veía en el suelo. Algunos libros descansaban en estantes sobre una pared, menos el suyo, y los muebles eran modernos.

Finalmente, Aurelio le sonrió desde su asiento ergonómico de cuero negro mientras se balanceaba de un lado a otro con calma, usando los pies.

—Pensé que estabas ocupado. ¿Mamá no anda por aquí como de costumbre? Quería aprovechar la visita para saludarla —comentó el muchacho de cabello castaño y tomó asiento.

La silla era de plástico negro y tenía patas de madera clara. Era de ese estilo nórdico que había invadido casas y oficinas para lograr que los espacios se vieran como fotografías de revistas. La palabra estético en inglés, que la mayoría pronunciaba mal, se le vino a la mente. Como escritor, odiaba que la gente usara palabras que existían en nuestro idioma. Y más aun cuando no usaban la fonética correcta.

—Ella está en una reunión de la Asociación de Mujeres de la Rural, organizando uno de esos eventos de caridad que tanto ama. Podrías pasar por nuestra casa para charlar con ella. Te extraña. Hace mucho que no vas.

El hombre miró a su hijo directo a los ojos por un segundo y luego tomó una carpeta con tapa de plástico transparente que estaba sobre el escritorio. Por supuesto que ya tenía todo preparado, al igual que ese comentario acerca de su madre, que sonaba a reproche. Era hábil para enmascarar sus reclamos.

—Dime algo… —acotó Milo, pensando en que no había durado ni cinco minutos antes de reaccionar a la defensiva. No había forma de que pudiera tener una charla civil con él—. Si fuera ahora a tu casa, ¿estaría ella para recibirme?

—Bueno, no. Porque te dije que está…

—Con la asociación de las mujeres de bla bla bla… —La irritación era notable en su voz—. Mamá es una mujer ocupada y le gusta esa vida. No quiero molestarla. Ustedes también saben dónde vivo y que no trabajo por las tardes, así que tengo tiempo para una rica merienda o una cena en mi casa. Me gusta cocinar. No van a encontrarse con strippers de cuerpos aceitados bailando en ropa interior en mi apartamento…

Su padre aclaró la garganta y, si no fuera porque era un hombre que sabía controlarse, Milo estaba seguro de que se hubiera sonrojado. Extendió la mano para alcanzarle la carpeta llena de documentos. Había dado por terminado el tema con ese gesto y no iba a prestarse a su juego. Directo al negocio en cuestión.

—Solo tienes que firmar los papeles de transferencia de la propiedad. Como no fuiste a la reunión con el escribano, voy a resumirlo. Mi madre… —explicó, haciendo hincapié en el hecho de que Elisa era su madre—. Te dejó la casa del pueblo a ti. Tienes suerte de que soy hijo único y de que no tienes hermanos. No hay tíos ni primos que se enojen con la decisión.

—Y si alguien se hubiera molestado, le hubiera hecho saber que yo no pedí esto…

—Pero ella lo quiso así… Es una casa con buenos cimientos —dijo el empresario, sin prestar demasiada atención a su comentario—. Necesita algo de reparación y algunas actualizaciones si piensas ponerla en el mercado. Yo podría recomendarte gente para renovarla. Harías muy buen dinero.

—Está bien así. En este momento no sé qué es lo que voy a hacer con ella. No quiero pensar en meterme en semejante proyecto cuando estoy escribiendo un libro nuevo.

Su padre ni siquiera le preguntó acerca de su historia nueva o cómo iban las ventas de ese libro del que renegaba.

Milo tomó la pluma para firmar cada página donde había una pequeña cruz dibujada sobre su nombre impreso.

No quería la responsabilidad de mantener en pie una casa en el pueblo y eso ya le generaba estrés, pero por alguna razón que acababa de nacer en aquella oficina como un brote nuevo en una planta, no deseaba que Aurelio tocara la propiedad de su abuela. Y él había dicho algo: ella se la dejó a él.

—La oferta va a estar siempre disponible. Pero debes decidir rápido. El mercado es volátil en estos momentos. Tal vez puedas convertir esa casa vieja en un hotel boutique. A la gente le encantan esas cosas y la experiencia local. Parece que las excursiones al campo ahora están de moda y pagan mucho por comer pan recién horneado antes de cabalgar por los montes, oliendo a desechos de caballos —comentó el hombre de ojos grises con un aire de desdén y soltó esa risa irónica que Milo odiaba.




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