Temporada de tormentas

Capítulo 3

El viernes por la noche era un momento que Milo siempre esperaba. Tenía por costumbre visitar a su amiga Eva. Ella era una chica de veinticinco años que trabajaba con él todas las mañanas en la recepción de una clínica odontológica. El muchacho tenía un título relacionado con comercio internacional, de lo que nunca trabajó. El empleo de recepcionista llegó de casualidad y jamás lo cuestionó. Era lo que le permitía pagar la renta, la ropa, la comida y algún que otro gusto que se daba.

Luego de varios meses del lanzamiento de su novela, recién comenzaba a ver regalías interesantes, pero necesitaba un ingreso fijo con el que sostener su sueño. Era terco y orgulloso y se negaba a aceptar la mensualidad que su padre quería depositar en su cuenta cada mes para que se dedicara solo a la escritura. Aurelio no demostraba interés en su faceta creativa; sin embargo, no quería que se dijera que su único hijo era un simple recepcionista. Otra persona hubiera tomado la oferta sin dudar. Sin ir más lejos, Eva muchas veces le insistió para que abandonara su postura tan rígida y lo alentó a aprovechar la situación.

Apenas se abrió la puerta del apartamento, en el tercer piso del edificio, un gato gordo de color naranja salió maullando para fregar su cabeza contra sus piernas. Milo se agachó de inmediato para tomarlo entre sus brazos y lo depositó sobre su pecho. El animal comenzó a ronronear y eso le hizo sonreír.

—Hola, Merlín. ¿Cómo está ese gatito adorable? —preguntó con voz aniñada, rascando al felino entre las orejas. Por alguna razón, las personas les hablaban a los bebés y a los animales de esa manera.

—Es hora de que adoptes un gato o un novio. Ya te lo dije. Estás muy solo en ese apartamento. Te hace falta compañía.

La chica, de baja estatura, lo miraba con atención con la barbilla levantada. Su cabello rojo estaba peinado en un rodete que se sostenía con un lápiz. Los anteojos de marco violeta descansaban en la punta de su nariz. Había terminado con su sesión de lectura hacía una hora, cuando le avisó a Milo que estaba libre y podía visitarla. Eva leía, pero no se trataba de libros…

—Disfruto mucho de mi soledad. ¿Qué hay de malo en eso? —explicó antes de pasar al interior y dejarle un beso en la mejilla a la muchacha—. Tú tampoco tienes novio.

La pequeña sala de estar todavía olía a palo santo y, dado que el lugar era chico, el aroma resultaba invasivo. La única luz provenía de una lámpara de pie encendida en una esquina. Aunque se equivocaba: también había varias velas con llamas danzarinas sobre la mesa de café y en los estantes de la pared.

Milo se sentó en el sofá de color azul y acomodó al gato de pelaje corto sobre su regazo. Su amiga ocupó un almohadón del otro lado de la mesita de patas cortas y lo miró de una manera peculiar.

—Ya te dije varias veces que no y, aun así, sigues insistiendo.

—No seas cabeza dura. ¡Será divertido!

—Respeto lo que haces y que la gente diga que eres una experta en ello, pero no creo mucho en estas cosas.

Había un grueso mazo de cartas descansando sobre un trozo de terciopelo violeta arriba de la mesa.

—Los incrédulos son mi tipo favorito de consultante. Las lecturas se vuelven de lo más interesantes y me gusta ver su reacción cuando algo de lo que digo resuena con ellos. Luego de pasar por aquí se vuelven creyentes… —dijo, auspiciosa, y tomó los naipes para barajar con agilidad, sin que ninguna carta se saliera de su lugar para caer al suelo.

El muchacho resopló y sintió que no tenía otra opción.

Eva no leía libros. Al menos, nunca leyó su thriller u otras ficciones. Lo que ella leía era el tarot y libros relacionados con la práctica. Por las mañanas, registraba citas médicas en una computadora y atendía a los pacientes que llegaban a la clínica con una sonrisa cálida. Por la tarde, se dedicaba a recibir personas que le consultaban inquietudes acerca de sus vidas y, según ella, les daba las respuestas con su adorado tarot.

Milo observó las manos de la chica. Toda esa semana había llevado las uñas pintadas de negro, con runas vikingas trazadas en color dorado encima. Había todo un negocio para poner diseños sobre las uñas, y su amiga tenía un motivo diferente con frecuencia. También notó que ella se había puesto una camiseta blanca con un estampado de Willow, un personaje de Buffy la cazavampiros, en blanco y negro. Eva se creía una bruja moderna y no le daba vergüenza que la gente lo supiera. Admiraba eso en ella.

La chica cerró los ojos y Milo juró que estaba susurrando algo sobre las cartas. En ese momento, el gato abandonó su cómoda postura para pararse sobre sus piernas, dio un salto con gracia y huyó por el angosto pasillo que conducía a la habitación de su humana. Al parecer, ese Merlín no quería saber nada acerca de magia.

Eva dejó el mazo en el centro de la mesa y le hizo un gesto con la cabeza.

—Está bien. Tú ganas. ¿Qué se supone que debo hacer?

—Cortar tres veces, en el orden que quieras.

—¿Por qué tres veces y no dos o cuatro? ¿En qué cambia las cosas?

—Creo en el poder del tres y también combino tres energías: pasado, presente y futuro, cuando interpreto el mensaje de las cartas —explicó con seriedad, sin darle chance a bromear.

Así que hizo lo que le pedía. Separó tres pilas de cartas mientras la miraba, buscando aprobación. Se sintió un niño pequeña en la escuela primaria.




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