Temporada de tormentas

Capítulo 4

A medida que abandonaba la gran ciudad en un bus blanco, Milo notó a través de la ventana que el cielo se había tornado más gris que cuando amaneció. Las nubes aparecieron como gordos trozos de algodón oscuro, que se agrupaban en las alturas y se pintaban como un cuadro en el cristal.

El recorrido hacia Valle Hermoso, el lugar donde había vivido poco durante su niñez y donde estaba la casa que heredó de su abuela, duraba alrededor de tres horas.

Por suerte, pudo conseguir un asiento junto a la ventanilla, y se dedicaría a observar el paisaje durante el trayecto. Tenía una novela que terminar de leer y un manuscrito que continuar escribiendo. Sin embargo, el libro y la laptop seguían dentro de su mochila.

Los rastros de civilización desaparecieron a los quince minutos de abandonar la terminal. Atrás quedaron los carteles con promociones de hamburguesas gigantes y nuevos perfumes junto con los altos rascacielos.

A ambos lados de la ruta de asfalto se extendían campos verdes que continuaban hasta el horizonte y parecían no tener final. Las vacas pastaban tranquilas, sin prestar demasiada atención al cielo que amenazaba con lluvias. También pudo ver algunas ovejas salpicando el lugar con su blancura.

Luego de una hora de viaje y con el movimiento constante del transporte, más el ruido monótono del motor, Milo sintió que sus párpados no dejaban de cerrarse. Era en vano intentar mantener sus ojos abiertos. Justo cuando iba a dejarse llevar por el sueño, una voz a su lado lo despertó. Se incorporó de inmediato, sentándose con la espalda recta.

—Supongo que si no bajaste en la parada anterior es porque vas hacia el destino final. ¿Valle Hermoso, cierto?

La mujer que ocupaba el otro asiento tenía el cabello negro y corto. Llevaba un pañuelo de color rosa alrededor del cuello. Ella había subido en la anteúltima terminal en la que se detuvieron, pero él estaba tan concentrado mirando el exterior que no se dirigieron la palabra.

—Así es. Voy hacia el pueblo —respondió, sin saber qué más decir.

La mujer cerró un libro sobre su regazo y, gracias a la portada, reconoció que era una novela de romance homosexual. Él había leído esa historia el año anterior. Una sonrisa apareció en sus labios. Ese libro le gustó tanto que fue el puntapié inicial para que se decidiera a cambiar el rumbo de su corta carrera literaria. Gracias a esa novela desempolvó sus viejas historias.

—No me juzgues, pero me gusta algo diferente para variar.

La mujer cubrió la portada del libro con la mano cuando lo descubrió observándolo.

—Para nada. Todo lo contrario —aclaró él—. Soy lector y escritor. Amé ese libro. Es un romance hermoso. Además, soy gay.

—¡Qué alivio! Estoy enamorada de la historia, y la manera en la que está narrada es preciosa. A pesar de lo difícil que es la vida para esos dos pobres chicos, estoy segura de que van a terminar bien.

A Milo le encantaba encontrar gente así, que hablaba con pasión y entusiasmo acerca de los libros que disfrutaban. Sus voces cambiaban y sus rostros se llenaban de luz.

—No quiero arruinarle el final. Solo le diré que puede estar tranquila…

—Dijiste que eras escritor. ¿Qué tipo de libros escribes? Nunca hablé con un autor antes. Empecé a leer cuando era adolescente y no entiendo cómo salen las ideas de sus cabezas. A veces pienso que ustedes recuerdan vidas pasadas.

—Ni yo lo sé a veces —rió el muchacho—. Publiqué un thriller hace casi un año. Se llama La secretaria. Pero me di cuenta de que no es lo que más disfruto escribir, y mis editores quieren que me encasille en eso. Aunque tengo ganas de escribir otra cosa.

Milo no entendía por qué se estaba abriendo de esa forma con una extraña. Tal vez era cierto eso que decían: a veces era más fácil contarles cosas a los desconocidos.

—Eso es una pena, querido. La vida es demasiado corta para hacer lo que los demás pretenden que hagas —aseguró ella, asintiendo con la cabeza, y lo miró con un dejo de pena—. Lo siento, pero no he leído tu libro. No suelo leer ese tipo de historias. Tengo un sobrino que es dueño de una librería en el pueblo y dice que esos policiales son lo que la gente compra más. A mí me dan escalofríos. No sé cómo las personas pueden dormir de noche.

—La entiendo. Es por eso que dejé de escribir thrillers y ver documentales.

—¿Eres de Valle Hermoso entonces, muchacho?

—Sí. Nací allí, pero no viví en el pueblo por mucho tiempo, porque nos mudamos a la ciudad por el trabajo de papá. Venía solo de visita.

—Entiendo. ¿Qué te trae de regreso justo en temporada de tormentas?

—Heredé la casa de mi abuela y quiero ver su estado —respondió el muchacho, mientras las últimas palabras que dijo la mujer se quedaron dando vueltas en su cabeza. Su abuela siempre decía eso, que el otoño no solo traía hojas doradas y ramas desnudas, sino que se anunciaba con las tormentas.

—¿Puedo saber quién era tu abuela? Si no te molesta, por supuesto.

—Sí. Elisa de Visconti.

Su compañera de viaje levantó las cejas tan solo un instante, pero enmascaró el peculiar gesto con rapidez. Una sombra cruzó por su rostro.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.