Temporada de tormentas

Capítulo 5

La casa se veía exactamente como la recordaba. No podía haber cambiado tanto en esas semanas; la última vez que estuvo allí fue antes de que su abuela falleciera por el cáncer que reclamó su cuerpo. Sobrevivió mucho más tiempo del que los doctores pronosticaron. Lo hizo con dignidad y una sonrisa hasta el final. Aunque eso no evitó que él llorara de manera desconsolada los días siguientes cuando ya no podía saludarla ni escuchar su voz.

La construcción era antigua y eso le daba un toque pintoresco. La mayoría de las casas en los alrededores se habían modernizado, compartiendo los mismos ángulos y fachadas. Era difícil encontrar arquitectura única en esos tiempos.

La de Elisa era una residencia de dos pisos. Las paredes del exterior estaban cubiertas por listones angostos de madera colocados de forma horizontal. La pintura celeste necesitaba una nueva mano, porque el clima y las lluvias habían hecho lo suyo y, en partes donde se descascaraba, se veía el color más oscuro de la madera.

Habían emplazado la casa en la esquina de la manzana, justo en una elevación del terreno. Las calles de Valle Hermoso eran empinadas; subían y bajaban todo el tiempo como lomos de camello. Era el lugar perfecto para quienes soñaban con unas piernas tonificadas y un buen trasero.

Bajas murallas de piedra eran necesarias para contener la tierra y el poco césped que antecedía a la casa. Milo subió los escalones de cemento y llegó hasta la puerta principal. Dejó el bolso de cuero negro en el suelo y tomó las llaves del bolsillo de su chaqueta azul.

La puerta tenía una ventana a la altura de su rostro: un cuadrado de vidrio esmerilado con bordes pintados en azul. El muchacho trazó el cristal frío con un dedo como si estuviera escribiendo un conjuro que le daría permiso para ingresar.

Encima de su cabeza estaba la lámpara redonda del porche y, más arriba, la estructura principal de la casa terminaba en un triángulo formado por el techo a dos aguas.

Dio dos vueltas a la llave, la empujó y la puerta chirrió para darle la bienvenida. Puso un pie en el recibidor justo cuando un trueno estalló dentro de las nubes negras.

Un poco de luz ingresaba por las ventanas a pesar de que el cielo tormentoso cubría el sol. Se encontró allí con un mundo en suspenso. Sin embargo, la brisa que comenzaba a soplar y se colaba por debajo de la puerta le hizo sentir que la casa daba un suspiro de alivio.

A pesar de las semanas de abandono, los espacios conservaban una estela del perfume de su abuela y el aroma de las delicias horneadas en su cocina durante años. Podía sentir la presencia de Elisa en las cortinas claras que se movían de forma imperceptible, en los pisos de madera que crujían y en el aire a su alrededor.

En el living, los sofás negros y los sillones de patas retorcidas seguían en su sitio sobre la enorme alfombra rectangular, y las fotografías en marcos de plata descansaban aún sobre la repisa de madera de la chimenea construida con piedra gris. Su padre no había tocado la propiedad, y eso le alegró.

—Gracias por dejarme tu hogar, abuela Elisa. Lamento haber dudado de tu decisión —susurró Milo, cerrando los ojos por un momento. De repente, un estruendo se escuchó en la cocina.

No estaba seguro de qué hacer si el fantasma de su abuela rondaba por la casa todavía. Era una idea absurda, así que tomó coraje y caminó por el pasillo con empapelado de color avellana, aquel que tenía libélulas dibujadas sobre él.

Halló una ventana abierta sobre la encimera que se golpeaba gracias al viento. La tormenta estaba cobrando fuerza. Cuando se acercó a cerrarla y asegurarla, una ventisca fresca que acarreaba las primeras gotas de lluvia impactó su rostro.

Observó el cielo negro recortado sobre la alta cerca de madera blanca del patio trasero. El firmamento se iluminaba con relámpagos. A los pocos segundos, un aguacero torrencial cayó en el sitio seco donde el jardín de Elisa una vez estuvo lleno de vida. El descuido y la temporada que Milo amaba habían matado las plantas y flores.

Comenzó a hacer una lista mental de actividades necesarias, y la primera de ellas era devolverle al jardín su pasada gloria. Su abuela siempre había tenido rosas enormes de todos colores contra la cerca, además de plantas de menta y lavanda que perfumaban el aire en primavera, y él no quería que eso se perdiera. Era lo que hacía a la casa tan especial.

Cuando escuchó el impacto de las gotas de lluvia contra las ventanas, se apresuró a comprobar que toda la planta baja estuviera cerrada. Allí solo tuvo que revisar el pequeño hall de entrada, en el que había estado hace minutos, la sala de estar y el comedor de mesa larga con lugar para sentar a diez personas que rara vez se usaba.

Subió de a dos los escalones cubiertos por una alfombra gruesa de color azul para llegar al primer piso. Las barandas de madera oscura seguían siendo firmes.

En la planta alta solo había dos habitaciones, un baño en medio de ambas y, al final del corredor, se encontraba el cuarto misterioso. Milo ni siquiera se acordaba de ese lugar hasta que un relámpago reveló la presencia de la puerta oscura. En vano intentó abrirla; sabía que estaba cerrada con llave. En su infancia, aquel sitio siempre había sido un misterio para él.

Su abuela fue siempre generosa, abierta y dulce. Sin embargo, ese cuarto solo le pertenecía a ella. El muchacho no sabía qué escondía allí o qué hacía en ese lugar protegida de la vista ajena. Esa era otra tarea más para su lista: abrir el viejo escondite de Elisa.




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