Temporada de tormentas

Capítulo 6

La lluvia se detuvo alrededor de las seis de la tarde y Milo se despertó porque ya no podía escucharla. Las ráfagas de viento y el aguacero, que habían funcionado como una canción de cuna antes, se detuvieron de repente. Cuando abrió los ojos, pensó que no era posible que la habitación estuviera bañada de claridad. Pero así era.

Se encontró recostado sobre la cama de su abuela y decidió que ese sería el cuarto que ocuparía hasta el día siguiente. Ya tenía el boleto de regreso a la ciudad para el domingo en el bolsillo delantero de su mochila. Era así de precavido.

Su estómago despertó con un rugido que duró unos segundos. Volvió a visitar la cocina, pero fue imposible encontrar algo comestible en las alacenas. A menos que se conformara con un paquete de galletas secas. Tendría que salir en búsqueda de un supermercado. Creía recordar dónde había uno.

Antes de abandonar la casa, encendió el tanque eléctrico que le proporcionaría agua caliente más tarde. Tenía la intención de relajarse en la hermosa bañera antigua del primer piso. Se puso una chaqueta liviana que sería útil si volvía a llover y guardó su celular y la billetera.

La tormenta había sido más fuerte de lo que pensaba. Ramas viejas yacían sobre las aceras y decenas de hojas amarillas y marrones formaban una alfombra en las calles.

El supermercado quedaba cuesta abajo y tuvo que mirar bien dónde pisaba porque el suelo estaba húmedo. De todos modos, pudo observar la ciudad que había caminado de niño. Quizá fue el olor de la tierra mojada o que, de a poco, el inmenso lago azul se pintaba en el horizonte, pero una sensación cálida lo hizo estremecerse a pesar del clima.

El mercado estaba al final de la calle, en el punto justo donde pensó que lo encontraría. Allí cerca había un muelle de madera gastada sobre el agua, que se movía en forma de pequeñas olas.

Milo se quedó fascinado con el color del cielo gris sobre el lago, que funcionaba como un espejo. Las nubes que viajaban sobre su cabeza también atravesaban la superficie del agua como barcos hechos de humo.

Estaba tan concentrado en el paisaje que, cuando dio un paso con dirección a la puerta del negocio, no se percató de que alguien la estaba abriendo desde el interior. Y, de repente, se estrelló contra algo; una persona, mejor dicho. Aunque bien podría haber sido una pared.

De la manera más incómoda posible, Milo terminó con el rostro en el pecho de un hombre robusto. Lo único que podía ver era una camiseta negra y, por la cercanía, pudo apreciar su delicioso aroma: una colonia amaderada con tonos de pimienta y cítricos. Eso lo trajo a la realidad. El perfume se instaló en sus fosas nasales.

La bolsa de tela marrón que el hombre llevaba en su mano cayó al suelo. Desde su interior salieron naranjas, zanahorias, un paquete de harina y otro de azúcar que terminaron en el suelo.

—Lo siento mucho. ¡Soy un tonto! Estaba mirando el lago y no te vi. Perdón, perdón… —se disculpó el muchacho de cabello castaño, atropellando sus palabras. Se agachó con prisa para ayudar a recolectar los productos—. Espero no haber arruinado tus compras. Voy a pagar lo que se haya echado a perder.

—Tranquilo… No te preocupes —su voz era grave, pero a la vez sonaba calma. Al parecer, no estaba molesto. En la ciudad hubiera recibido insultos por un incidente como ese—. El paisaje aquí es hermoso y tiene ese efecto en la gente, así que estás disculpado. Alguien que hoy en día mira ese lago sin sacar su celular para tomar una foto, es de admirar.

Cuando dijo ese adjetivo para describir el paisaje fue que Milo lo miró y pensó que lo mismo podía decir de lo que tenía enfrente.

El hombre debía tener alrededor de treinta años. Su cabello oscuro estaba un poco revuelto. Su cara, de facciones marcadas, era cubierta por una leve sombra de barba y sus ojos eran verdes. El escritor pensó, de manera poética, que esos ojos podían ser un faro en ese día nublado. Hacía tiempo que no quedaba impresionado por una mirada así. Los ojos azules eran comunes, pero los verdes le parecían exóticos, más cuando unas largas pestañas negras los hacían resaltar.

—Gracias. En verdad lo siento. Estoy de acuerdo. Valle Hermoso es hermoso.

Mientras terminaban de juntar las cosas, pensó que no podía haber dicho semejante tontería. ¿Usar un adjetivo idéntico al nombre de la ciudad? ¿Alguien que se preciaba de ser escritor? Realmente debía haber quedado tonto luego de esa siesta profunda, o el choque inesperado removió algo dentro de su cabeza que no le dejaba construir buenas oraciones.

—Por lo que dices, me da la impresión de que no eres de aquí. ¿Estoy equivocado?

Se pusieron de pie por fin. El hombre era más alto que él. Debía medir un metro ochenta. Su piel estaba bronceada de forma natural y Milo tuvo que concentrarse otra vez para responder. En verdad era imponente. A su cabeza vino un gladiador por alguna extraña razón.

—Es complicado. Viví aquí durante mi infancia y luego me mudé a la ciudad. Mi abuela era Elisa de Visconti —respondió él, dispuesto a hacer todo el relato acerca de la casa heredada y su presencia en la ciudad, pero la expresión del hombre de brazos fuertes se volvió seria de inmediato. Aferró la bolsa de compras contra su pecho.

—Que tengas una buena estadía —dijo tajante y se marchó con prisa para rodear la esquina de la manzana y llegar a una angosta calle junto al lago por la que desapareció.




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