Temporada de tormentas

Capítulo 7

Luego de llamar a la terminal por veinte minutos sin tener suerte, consiguió por fin que una mujer respondiera. Sin embargo, el panorama no era positivo. Ella le confirmó que estimaban que hasta el miércoles no habría servicio de transporte y que habían devuelto todo el dinero de los boletos. Era cierto: apenas despertó, miró la aplicación de su banco y el reembolso estaba depositado en su cuenta. La mujer le sugirió que hablara con algún conocido que tuviera auto para llevarlo hasta la ciudad, cosa que era bastante común en los pueblos chicos. La solidaridad todavía era un valor importante.

La lista de Milo era bastante corta. Eva no tenía un vehículo para venir al rescate y sus padres no iban a responder un domingo, cuando había actividades en la Sociedad Rural. Tampoco quería su ayuda y menos la presencia de su papá en la casa de Elisa. Estaba seguro de que comenzaría a hacer presupuestos de remodelación.

Mientras desayunaba un café caliente con masas dulces, se quedó observando un cuadro que siempre había llamado su atención cuando era pequeño. El objeto seguía allí, a la derecha de la puerta de la cocina. Algo en él era raro, pero no sabía qué era eso con exactitud. Tenía un árbol en el centro, hecho con algún material pintado que le daba textura a la imagen. La copa del árbol se componía de pequeños libros abiertos y el tronco desentonaba con el resto. No era la obra más bonita de todas, pero lograba captar la atención.

El sonido de su celular lo distrajo. Acababa de recibir la respuesta de su jefe. Había enviado un mensaje más temprano para comunicarle su situación. Él le respondió que, a lo sumo, podían contemplar su ausencia el lunes, pero que el martes debería estar presente en su puesto o, de lo contrario, sería despedido. Lo escribió de manera tajante, usando letras en negrita y mayúsculas. Por alguna razón, Milo no entró en desesperación. Otra persona en su lugar estaría moviendo cielo y tierra para poder volver a la ciudad. Estar desempleado nunca era bueno. ¿Por qué no le preocupaba tanto ese trabajo? Las palabras de su amiga rondaron por su cabeza como viejos fantasmas en un cementerio. En lo profundo, él sabía muy bien la respuesta.

Cuando terminó el desayuno, decidió que, si tenía que quedarse hasta resolver su situación, debía limpiar un poco. Barrió los pisos de la planta baja y quitó el polvo de todas las repisas y las partículas que se instalaban sobre los pequeños adornos. Después de esa tarea, pensó que sería buena idea salir a caminar para despejarse un poco.

El dicho decía que luego de la tormenta siempre venía la calma, y era verdad. Los pájaros cantaban desde los árboles que desnudaban sus ramas, y los rayos tibios del sol de otoño le hicieron caricias en el rostro. Esa mañana optó por un atuendo deportivo y zapatillas cómodas para moverse mejor. El pueblo nacía en las alturas y se dirigía en bajada hacia un solo sitio: el lago. En esa dirección fue a contemplar el paisaje. Eso le daría calma.

Tomó la calle principal que recordaba de su infancia y de las visitas de fin de semana.

El sendero era el más antiguo en Valle Hermoso, porque era la primera calle que el fundador construyó para conectar dos partes del pueblo. Estaba hecha de adoquines para ruedas de carros de madera, que podían tolerar ese suelo en aquella época. El año anterior, el intendente inauguró una peatonal allí para darle vida a la pequeña ciudad y se prohibió el tránsito vehicular. Era incómodo para los autos transitar por la angosta calle irregular de todos modos. Las aceras eran anchas, así que la gente podía caminar con tranquilidad y hacer compras ayudando al comercio local, sin miedo a ser arrollados cuando cruzaban la calle.

Cuando finalmente llegó al sitio, se quedó sorprendido por su belleza. Lo primero que llamó su atención fueron los cables negros con banderines de colores que cruzaban la calle de lado a lado, sujetados a los techos de las construcciones. También había cientos de lámparas entre los retazos coloridos de tela, pero estaban apagadas en ese momento. La decoración llegaba hasta el final del sendero, donde nacía el lago.

Muchos negocios importantes estaban reunidos en esa calle. A excepción de alguna que otra casa de familia, los demás lugares eran panaderías, tiendas de ropa, un restaurante chico que se veía acogedor, con una vidriera llena de plantas, y al final de la calle, en una esquina, se hallaba una librería.

Milo caminó hasta el lugar con entusiasmo y observó su propia sonrisa en la ventana del local. Siempre se ponía así cuando encontraba una librería en alguna ciudad que estaba visitando. Tenía como hobby descubrir esas joyas perdidas.

Esta tenía dos ventanas medianas y una puerta de color violeta en el centro. Sobre ella había un cartel redondo de madera tallada que decía: Librería del Lago. No era el nombre más original, pero el lugar se veía hermoso con su ladrillo expuesto. Los años de cercanía con el agua habían oscurecido su color, que ya no era rojizo sino casi marrón, y en la parte inferior el musgo verde oscuro comenzaba a teñir la pared.

En la primera vidriera había una frase escrita con marcador de color rosa para cristal. La letra era hermosa y decía: Los libros son llaves…

Cuando se acercó hasta la otra ventana, encontró el final de la oración: …que abren puertas a otros mundos.

Los libros son llaves que abren puertas a otros mundos. Estaba muy de acuerdo con la frase. Sonrió como un tonto hasta que la alegría se desvaneció de repente para ser reemplazada por incomodidad. En ese instante vio dos cosas que arruinaron la atmósfera cálida y opacaron el sonido del lago, con sus pequeñas olas chocando contra las piedras blancas.




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