El lunes pasó volando y eso fue algo que Milo no esperaba. Pensó que sería una eternidad esperar hasta el día en que pudiera marcharse. Sin embargo, había tantas cosas que ordenar en las alacenas de la cocina, en los armarios del comedor y dentro del guardarropas que ni siquiera tenía tiempo de mirar el reloj.
Al final de su tarea de organización, observó seis cajas grandes llenas de cosas que él no podía usar y menos su abuela: ropa vieja en buen estado, algunos artefactos eléctricos que ya no funcionaban y otros accesorios que no sabía para qué servían. Era necesario desprenderse de ello, así que preguntó al vecino acerca de algún sitio que recibiera donaciones para gente necesitada y más tarde se acercó a una bonita capilla de madera blanca, con techo gris, no muy lejos de la casa. Recordó que allí fue donde tomó su primera comunión y el sacerdote se mostró más que agradecido con su gesto. Una hora después, una camioneta 4x4, de un colaborador de la iglesia, estacionó frente a la casa para llevarse las pertenencias de Elisa. Esa vez no tuvo un nudo en la garganta.
Las personas que amamos solo se iban de manera física, pero de muchas otras formas permanecían a nuestro lado: vivían en los recuerdos, hablaban a través de viejas charlas bajo cielos estrellados que llegaban a tu mente sin razón y se quedaban en las sonrisas y lágrimas compartidas. Lo había comprobado en ese poco tiempo viviendo en la casa.
En tan solo dos días terminó de leer el romance gay que tenía pendiente y deseó para él una historia de amor como la que existía en las páginas del libro. Lo cerró con una sonrisa en los labios y presentó un nuevo personaje en su manuscrito. Era un hombre misterioso, de cabello oscuro y ojos verdes como piedras preciosas. Él llegó a su imaginación con seguridad y sin pedir permiso. Por fin le podía poner rostro y cuerpo al consejero de su emperador.
El martes por la tarde, Eva no dejaba de enviarle mensajes contándole que el día anterior su jefe no tuvo reparo en decir a viva voz, frente a todos en la clínica, lo irresponsable que él era por faltar al trabajo; que, teniendo un padre como Aurelio, podía tomarse un jet privado si fuera necesario para cumplir con sus responsabilidades. También le contó que solo mantendrían su puesto si regresaba el miércoles a las siete de la mañana. Ni un minuto más tarde. Otra vez no entró en pánico. Ni siquiera con el correo electrónico oficial de la clínica que resumía lo que Eva le había contado.
Esa misma noche por fin pudo sacar su boleto por el sitio web de la terminal, que estaba operando de nuevo. Se fue a dormir temprano porque tenía que levantarse a las cuatro de la mañana para tomar el único bus que llegaba a su ciudad a las seis. Eso le daba una hora para pasar por su apartamento, vestirse y volver a salir con rumbo al trabajo.
Puso la alarma a las tres de la mañana para tener tiempo de dejar la casa cerrada y a las once de la noche se dispuso a dormir. Se había acostumbrado tanto al colchón de la cama grande que se durmió sin dar vueltas.
Pero algo sucedió media hora antes de que la alarma sonara. A las dos y media, algo lo hizo saltar por poco de la cama. Un trueno estalló afuera. Era de esos que hacían sentir que el cielo se venía abajo y los cristales en as ventabas temblaron. Estaba seguro de que un relámpago había alcanzado un árbol cerca. La temporada de tormentas se había instalado en la zona para dar un gran espectáculo. Soltó un suspiro al ver la hora y, de repente, otra vez un ruido lo asustó. Esa vez no fue el clima. Un estruendo se dejó escuchar dentro de la casa. Debía ser en la planta alta porque fue demasiado claro.
—¿Qué fue eso?
Dudó por un momento, pero cuando escuchó el ruido otra vez, salió de la cama, abandonó la seguridad del cuarto y fue prendiendo todas las luces por el pasillo. Con escalofríos detectó el origen del revuelo. No podía ser otro lugar. Estaba frente a la puerta del cuarto misterioso.
—Elisa, si esto es una broma tuya, no es de buen gusto. Estoy aquí hace tres días y recién ahora das señales… —dijo en voz alta.
Si había alguien allí adentro, un ladrón, por ejemplo, que de alguna forma se había metido en la casa escalando la pared, se asustaría al saber que la residencia estaba ocupada. Lo dejaba tranquilo el hecho de que la puerta estaba cerrada con llave y esa llave no estaba del otro lado, porque él había mirado por el agujero de la cerradura antes. El intruso se había encerrado a sí mismo.
Necesitaba saber qué ocurría. Se agachó con cuidado y acercó su ojo izquierdo a la cerradura fría. El cuarto que siempre estaba oscuro, donde era imposible trazar una silueta siquiera, ahora era iluminado por los relámpagos. No tardó en darse cuenta de cuál era el problema. El viento había abierto la ventana y esta se golpeaba contra la pared. Las cortinas flotaban y el agua de la lluvia ingresaba, dispuesta a arruinarlo todo. Si esa habitación era como el resto de la planta alta, debía tener el piso cubierto por alfombra.
Dio unos pasos hacia atrás, hasta que su espalda tocó la pared opuesta, y tomó envión. Chocó su hombro contra la puerta varias veces y dio un grito de frustración cuando esta ni siquiera cedió un milímetro. No podía llamar a un cerrajero a esa hora y menos con semejante tormenta. ¿Por qué no se había hecho cargo de esa puerta antes?
Revisó la cómoda en la habitación principal, pero no encontró nada. Bajó a la cocina y se fijó en cada cajón de la encimera, y corrió con la misma suerte. Ni siquiera se había vestido y el tiempo no se iba a detener para él. Pronto tendría que marcharse. No podía irse vistiendo una camiseta de dormir y sus boxers azules. Las medias gruesas que por poco le llegaban a las rodillas le daban un toque especial, eso era seguro.