Temporada de tormentas

Capítulo 9

Con manos temblorosas, Milo acercó la carta a la lámpara para verla con más claridad. El papel se sentía áspero, grueso y a la vez delicado entre sus dedos. No quería que se deshiciera en sus manos antes de llegar al punto final.

Los trazos con tinta negra mostraban la indiscutible letra de su abuela: las mayúsculas adornadas, la forma de las comas y la colocación perfecta de las tildes no podían ser de otra persona. Además, ella siempre le había dicho que era su adorado nieto. Como era el único que tenía, él bromeaba con eso y ella se molestaba. Dejó de dilatar el momento y comenzó a leer.

Mi adorado Milo:

Mi corazón y mi intuición de vieja me dicen que, si esta carta no llega a ti directo de mis manos, hallarás la forma de encontrarla. Si en estos momentos este trozo de papel está en tu poder, quiere decir que lo hiciste bien y, créeme, aunque no puedas verme, estaré feliz. Si no he regresado del otro lado del velo para alentarte a buscar la carta, es porque has tenido éxito.

Lo primero que quiero decirte, y considero que es lo más importante, aunque en vida lo repetí hasta el cansancio, es esto: eres un ser maravilloso. Deja de ocultarte y apagar tu brillo por miedo. No pienses en lo que los otros dirán. Pisa fuerte el mundo y deja una huella imborrable. Debes vivir con tu verdad en los labios y también en la mirada. Algunas personas, y lamentablemente a veces es la propia familia, no van a entenderte o apoyarte, pero tu vida es tuya. Y solo tenemos una, así que trata de cumplir tus sueños.

No todos estamos destinados a hacer cosas grandes en este viaje y eso está bien, por supuesto. Yo siempre preferí una vida rutinaria y tranquila. Pero tú tienes un don, muchacho. Hay regalos que deben ser compartidos con el mundo. En esta caja hay ejemplos de lo que digo. Yo siempre lo supe.

Apenas aprendiste a escribir y leer en mi cocina, mientras comías mis galletas dulces, mostraste tu chispa. Quizá no lo recuerdes, pero cuando termines de leer mi carta quiero que también leas los demás papeles en la caja. Los guardé como el más grande de mis tesoros.

Lo segundo, y lo más doloroso, es algo que nunca te conté. No creo ser capaz de ponerlo en palabras aquí. Es algo que hiere mi orgullo y mis principios.

Te preguntarás por qué te dejé la casa en la herencia y no a mi propio hijo. Aurelio no se merece semejante obsequio.

Si regresas al pueblo y notas miradas extrañas cuando dices tu apellido o susurros por lo bajo, no te lo tomes de manera personal. Pero tienes que ser fuerte. La culpa no es tuya, sino de tu padre. No es que haya hecho algo ilegal, pero sí considero que es moralmente reprochable.

Para una mujer que se jactó de ser siempre honesta, todavía no puedo decirlo de forma explícita. Pero tú eres inteligente.

Los libros que ves en este cuarto forman parte de mi refugio. Esta pequeña habitación me daba alegría cuando era difícil encontrarla cruzando la puerta. Virginia Woolf siempre decía que uno debía tener un cuarto propio. Y este fue el mío.

Tú recién habías nacido cuando tu abuelo murió y, en aquel tiempo, un velo oscuro se instaló sobre mi alma y me cubrió como una capa fría. Una profunda tristeza se apoderó de mí cuando los lugares que mi esposo habitó quedaron vacíos.

Hasta que por primera vez visité una librería hermosa junto al lago. Yo nunca había tenido un libro entre las manos. Durante mi infancia no había tiempo para eso. El señor Alejandro Bauer me mostró un mundo que me mantuvo en pie cuando yo ni siquiera sabía si estaba pisando el suelo.

Deseo que luego de mi muerte elijas los libros que te lleguen al alma y devuelvas el resto a la librería. Con el corazón deseo que ese bello lugar siga abierto. Aurelio intentó posar sus garras sobre él. La librería resistió como una roca los embates del oleaje.

Solo voy a decirte una cosa más: tienes libertad para hacer lo que desees con la casa, porque ahora es tuya. Puedes venderla o derribarla. Sin embargo, si encuentras en tu corazón recuerdos lindos de este hogar que construimos con tu abuelo, mi opinión es que la cuides. Si es cierto lo que me dijiste una vez, que no logras entender a tu padre, creo que decidirás lo correcto.

Lo sé, soy una vieja bruja por dejarte estas palabras y no ser clara. ¿Ya ves? Ni siquiera antes de dar un paso para cruzar el umbral uno pierde sus mañas.

Recuerda esto: el pasado no puede borrarse, pero tú eres capaz de escribir una historia mejor.

Te quise, te quiero y siempre lo haré. Estaré contigo cuando huelas la lavanda o bebas un té caliente en invierno junto a la chimenea.

Con un amor que atraviesa mundos,

Tu abuela Elisa.

De inmediato, el muchacho puso la carta contra su pecho y sonrió con un nudo en la garganta y lágrimas en los ojos. Podía oler su perfume en el papel. Había tanto de su espíritu en esas palabras, eran tan reales, que imaginó que la mujer de larga trenza blanca y ojos azules aguados estaba junto a él, susurrando esas palabras como un cuento para dormir. Iba a releer el texto varias veces, pero quería ver el resto.

Dejó la carta sobre el escritorio y sus dedos encontraron pequeñas páginas de cuaderno con renglones. Recordó lo que eran apenas vio la versión de su letra cuando tenía seis años. ¡Eran sus cuentos! Las fantasiosas historias que él escribía cuando visitaba a Elisa. ¿Cómo podía haber olvidado eso? Su amor por los libros no era algo nacido por arte de magia. Aquello lo puso más feliz y quizá era raro, pero se sentía más conectado a su abuela ahora.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.