Sí, lo repito. Estoy bien. Saluda a los pacientes que pregunten por mí porque está decidido: no volveré. Voy a darle el gusto a nuestro jefe. Tengo que quedarme en el pueblo para resolver asuntos de la casa.
Milo le envió ese mensaje de texto a Eva luego de contarle todo lo que había pasado en esos pocos días. Tenía una respuesta de ella, de alrededor de las siete de la mañana. Pero él leyó el mensaje cuando se despertó.
Eran las diez de la mañana y se notaba que había dormido poco por las finas líneas rojas en sus ojos. Su cabello marrón claro no quería quedarse en su lugar, por más que lo mojara y aplastara con la mano. La carta volvió a aparecer en sus sueños, trayendo interrogantes que quería develar. Tenía que ponerse en marcha.
¡Ese es El Loco actuando en ti! El sábado llegaré de visita y tienes prohibido decir que no. ¿Necesitas algo además de mi bella presencia?
Se encontró con esa respuesta durante un recreo a media mañana. Eso lo hizo sonreír. Le encantó la idea de que Eva viniera a compartir tiempo con él. Necesitaba su compañía, la presencia de alguien que lo quería en ese lugar donde era un extraño sería de mucha ayuda y lo reconfortaría.
Si tienes tiempo de pasar por mi apartamento, necesito que guardes toda la ropa de temporada en la valija grande que está dentro del clóset y la traigas contigo. Gracias.
Hacía unas semanas se habían entregado las llaves de sus casas por si surgía alguna urgencia y tenían que acceder a sus hogares. Habían tomado una buena decisión.
Milo necesitaba ropa. En su bolso de cuero tenía unas pocas prendas, porque se había preparado para pasar un fin de semana allí, no una estadía indefinida. Tendría que visitar tiendas de ropa en la calle peatonal para tener algo más hasta que Eva llegara.
Antes de salir de la casa pasó por el cuarto secreto de Elisa y guardó un objeto que necesitaba en su mochila.
El aire fresco de la mañana impactó la piel de su rostro y, con dedos invisibles, la brisa de otoño revolvió su cabello. Arriba, el cielo se veía azul y el sol brillaba con timidez. Muchas hojas de color naranja se habían desprendido la noche anterior y decoraban las calles y aceras. Milo vestía unos jeans azules y un suéter grueso de lana marrón que Elisa le había tejido y que amaba usar en esa temporada. Siempre pensaba que se veía lindo cuando se lo ponía. Por alguna razón, antes de salir de la casa se puso un poco de colonia. Podía oler su propio aroma en el aire.
Caminó por varios minutos mirando tiendas y guardó en su mente cuáles visitaría más tarde. Antes de las compras tenía algo más importante que hacer. La ropa podía esperar un rato.
Tomó aire y dio pasos firmes hacia el final de la calle.
Abrió la puerta violeta de la librería y el cambio fue brusco. Allí dentro se sentía cálido y flotaba por el lugar un aroma delicioso: olor a café y la dulzura de alguna torta horneada que no podía identificar. Los rayos de sol se colaban por las ventanas en forma de columnas, donde partículas de polvo danzaban como luciérnagas.
El hombre detrás del mostrador estaba de espaldas, acomodando unos libros sobre los estantes. A su mente vino la escena privada que había presenciado: unos boxers negros diminutos aparecieron en su mente y tuvo que sacudir la cabeza de inmediato.
—Buen día.
—Hola. Dame un segundo y estaré contigo. Puedes mirar mientras tanto.
Por supuesto que Milo se dedicó a observar. Pero no fueron los libros.
El encargado de la librería se estiró para poner un tomo pesado en la repisa más alta. Su espalda ancha era notable bajo esa camiseta negra ajustada que se estiraba con el movimiento. Los jeans claros que llevaba puestos envolvían sus piernas generando un espectáculo interesando.
Milo dejó de mirarlo fijo para no quedar como el fisgón que él ya debía pensar que era y bajó la vista al mostrador. Allí había una taza de café, el vapor ascendía en forma de espirales. Junto a la taza pudo ver un plato con una porción de carrot cake que lucía demasiado bien. Había desayunado, pero aquella imagen despertó su apetito.
—Está bien. Tómate tu tiempo.
El escritor aprovechó para mirar a su alrededor mientras el otro seguía ocupado.
No era un local muy grande, pero era tan acogedor, y la posición de los libros parecía estar elegida con tanto cuidado y amor que pensó que podía pasarse toda la tarde allí. Los lomos de los libros estaban ordenados por colores y, en el centro de la tienda, bajo una lámpara antigua de vidrio azul que pendía del cielo raso, había una mesa con novelas clásicas en oferta y algunas revistas viejas.
Finalmente, el dueño de la librería junto al lago se dio vuelta para verlo. Su rostro era indescifrable. Aunque algo le decía al muchacho que no se había esperado verlo allí esa mañana.
—Si sabía que un escritor famoso visitaría mi librería, hubiera promocionado una firma de libros en redes sociales para atraer clientes —dijo con seriedad y apoyó sus manos sobre el mostrador de madera. Milo notó que también había una computadora vieja allí—. Aunque no le presto demasiada atención a las redes sociales. ¡Qué pena!
—¿Sabes quién soy?
Fue lo único que el chico de ojos color avellana atinó a decir. Tragó fuerte y pensó que debía ser valiente para no huir del lugar. Encontró la fortaleza en las palabras que su abuela le dejó en la carta. No era culpa de la gente del pueblo. El día anterior le dijo su nombre. Ahora entendía su reacción exagerada.