Milo terminó de aprontar las cajas con libros alrededor del mediodía. Le hizo caso a su abuela y se quedó con algunas ediciones antiguas que ya no se conseguían. A su listado de cosas por hacer en la casa agregó la idea de instalar dos repisas sobre la pared de la chimenea para exponer esos libros. Tenía Orgullo y prejuicio, Jane Eyre, Romeo y Julieta, un enorme tomo de color rojo y letras doradas de El señor de los anillos y una colección de poemas de grandes poetas de todos los tiempos. Se limitó a quedarse con pocos porque no podría cumplir con el deseo de Elisa si seguía eligiendo.
Con esfuerzo y en varios viajes, bajó las cajas del primer piso para hacer una montaña al pie de la escalera.
Luego de eso fue al supermercado, porque era necesario abastecer el refrigerador y las alacenas. Mientras hacía esas tareas de rutina, se sintió cómodo, como si estuviera entrando en un ritmo natural y cotidiano. En Valle Hermoso no había ruidos de cientos de motores de autos o gente apresurada o enojada caminando por las calles. Pensó que podría acostumbrarse a ese estilo de vida. Si bien había pasado por unos días intensos cuando llegó, su mente se sentía clara y despejada.
Después del almuerzo tomó una siesta y por la tarde pensó que sería bueno trasladar el viejo escritorio de madera que estaba en el cuarto misterioso. Quería sacarlo de las sombras y darle una nueva vida. Había sido importante para su abuela y creía que la sala de estar era un buen lugar para él. Lo imaginó junto a la ventana grande del frente. Sería un lugar perfecto para escribir, aunque era imposible moverlo solo.
Como aún no tenía el escritorio en el living y la tarde se presentó soleada, movió el sillón individual hacia la ventana. Desde allí tenía buena vista de la calle: los árboles se movían en un leve vaivén y el cielo estaba pintado de un azul pálido. Con la laptop sobre un almohadón que puso en su regazo y energía renovada, continuó escribiendo su historia.
Encontró un nuevo paisaje para su novela, un conflicto más definido y escribió sin mirar el celular ni distraerse con el mundo a su alrededor. Por eso, cuando un motor se detuvo fuera de la casa y levantó los ojos, se dio cuenta de que la noche había llegado. Estrellas plateadas brillaban en la inmensidad del firmamento. Ese era un espectáculo que no se apreciaba en la gran ciudad. Un punto más para Valle Hermoso.
El farol antiguo de hierro negro estaba encendido en la esquina de la manzana y un hombre con camisa leñadora arremangada hasta los codos estaba subiendo los escalones de la entrada. Sus piernas macizas se marcaban en los jeans ajustados.
—¡Dionisio! ¿Cerró más temprano?
Miró la pantalla del celular para comprobar que habían pasado diez minutos de las ocho de la noche. Era él quien no había tenido noción del tiempo.
Cerró la laptop y devolvió el sillón a su lugar en menos de un minuto. Sobre una de las paredes que encerraba el hall había un espejo de forma ovalada. Frente a él acomodó un poco su cabello con los dedos. Por primera vez le gustó lo que veía. Pensó que su atuendo era decente: unos jeans y una camiseta blanca de mangas cortas. Pero era simple. Podría haberse puesto algo mejor.
El timbre se dejó escuchar y esperó un momento para que no pareciera que estaba tan pendiente. Luego de un minuto abrió la puerta.
—Buenas noches. Pasa, está un poco fresco ahora.
Tuvo que tocar el tema más universal para romper el hielo: el clima.
—Sí. Aunque fue una tarde agradable y muy soleada —comentó Dionisio con una media sonrisa y pasó junto a él.
Ese hombre siempre olía bien. No era solo su perfume, sino que también acarreaba el olor de los libros y el aroma de ricos pasteles. La camisa de cuadros rojos y blancos le quedaba muy bien. Tenía el botón superior desabotonado y Milo pudo ver ese lugar exacto donde los pectorales se unían en la parte superior del pecho.
—Es cierto. Estuve escribiendo junto a la ventana y la luz del sol era tan agradable que pensé que iba a dormir una siesta allí mismo.
—Es lo lindo que tienen las tardes de otoño —comentó el otro, cruzando los brazos sobre su robusto pecho—. ¿Pudiste con esas cajas o necesitas ayuda?
—¿Tan flaco y débil me veo? —bromeó Milo.
Aunque tenía algo de razón. El único deporte que hacía era caminar y, a pesar de que comía una dieta variada de cosas saludables y otras más grasosas, siempre se veía delgado. En comparación con Dionisio, salía perdiendo.
—No dije eso. Lo siento…
¿Era posible que un leve rubor apareciera en sus mejillas cuando lo atrapó mirando su cuerpo?
—Solo te estaba molestando —aseguró Milo, y ambos sonrieron.
—La verdad es que supuse que eran muchos libros y quizá no lograste terminar.
—Eran demasiados, eso es cierto. Allí están las cajas —señaló el escritor hacia el pie de la escalera—. Son diez. Voy a ayudarte a llevarlas hasta tu auto. También tengo otro pedido, si es que puedes…
—Por supuesto. ¿De qué se trata? Luego veré cuánto cobrarte —bromeó, esbozando una sonrisa hermosa. No podía dejar de mirarlo. El tipo era magnético y parecía no darse cuenta de ello. Eso lo hacía más atractivo a los ojos de Milo.
—Quiero traer desde la planta alta un escritorio que mi abuela tenía en su estudio. No es pesado, ya lo comprobé, pero no quise arriesgarme a rodar por las escaleras intentando bajarlo yo solo.