Algo se movía sin parar detrás del cristal esmerilado de la ventana de la puerta principal. Había una sombra inquieta en su porche y si no fuera porque sabía quién era, hubiera tenido miedo de que los vecinos finalmente se dignaran a llegar hasta su casa.
Cuando finalmente abrió la puerta, una persona lo enredó con sus brazos, casi quitándole el oxígeno. Eva lo abrazó a la altura del estómago y depositó su cabeza, de cabellos rojos como el fuego, sobre su pecho. Milo le devolvió el gesto con una sonrisa enorme en los labios.
—¡Nunca pensé que iba a extrañarte tanto! —exclamó la muchacha y levantó el rostro para mirarlo con pícaros ojos marrones—. Pero me alegro de que no te hayas quedado en ese trabajo. Espero poder irme pronto también porque hace falta tu presencia allí.
—No exageres, Eva. Ya vas a acostumbrarte…
—¡En serio! Mi nueva compañera se la pasa hablando de tragedias y veo un aura oscura a su alrededor. Es demasiado negativa. Faltan nuestras bromas.
Milo soltó una carcajada y se alegró de tener a su amiga allí. Había emprendido un viaje transformador hacía una semana. El silencio, a veces, era abrumador, y eso no sucedería si ella estaba en la casa. Quizá estaba escapando un poco, pero en aquel momento lo necesitaba.
Afuera, el cielo estaba azul, limpio y sin nubes. El sol otoñal se sentía cálido sobre la piel. Las tormentas se habían alejado por un rato de Valle Hermoso. Iba a ser un hermoso fin de semana.
—Adelante, amiga. Bienvenida a mi nuevo hogar.
Milo extendió una mano hacia el hall y entraron en la casa. La chica miró cada detalle con interés y dio una vuelta en círculo para tener una vista completa.
—Amigo, la casa por dentro es hermosa, pero la fachada es espectacular. Es muy parecida a la casa de las hermanas Halliwell. Me quedé un buen rato mirando porque no podía creerlo. Solo el color es diferente.
—¿Quiénes? ¿Conozco a esas hermanas? —cuestionó el muchacho, pensando en su diminuto círculo social.
—Para ser lector y escritor, eres bastante inculto. Las hermanas brujas de Charmed o Hechiceras. Tenían una casa muy parecida a esta —explicó ella, dejando su mochila en el sofá, y se sentó allí.
—Admito que me ganas en conocimiento sobre cultura popular. Me alegro de tener una casa parecida, supongo.
—¿Estás diciendo que soy una persona básica por saber esos detalles y no leer libros como tú?
—Para nada. Eres mi fuente de información acerca de series y películas que debería haber visto.
—No quieras endulzar la situación, querido.
—No te pongas tan cómoda. Vamos a la cocina. Te estaba esperando con el almuerzo. Luego te mostraré la habitación que ocuparás.
—Bueno, con eso de que la comida está lista ya me convenciste.
—Y también tenemos planes para la tarde.
—¿Serás mi guía turístico?
—Algo así… Me invitaron a un festival en la plaza central. Habrá música, artesanías, desfile de carrozas y ricos pasteles para celebrar el otoño.
—¿Te invitaron? ¿Quién te invitó? Creí que no conocías a nadie aquí.
Eva lo siguió por el pasillo de bonito empapelado, por el que Milo siempre quería deslizar sus dedos. Recordó que, cuando era pequeño, solía trazar la silueta de las libélulas y pensar que eran hadas del bosque que vivían en la casa de su abuela. Incluso escribió un cuento acerca de ellas, y estaba guardado en la caja de Elisa que encontró días atrás.
El escritor dilató el momento de responder. Sabía qué sucedería si le daba toda la información. Así que sacó del horno dos trozos de carne asada, bien condimentados, y agregó papas doradas y crujientes en cada plato.
—¿Vas a decirme a quién conoces en el pueblo? Pensé que te habías ido hace mucho tiempo —insistió ella.
—Está bien. Resulta que ahora conozco a dos personas. Una de ellas es una mujer con quien hablé en el bus hace siete días y no volví a ver. Y la otra persona es su sobrino. Él me invitó a festival.
Eva pestañeó varias veces y luego entrecerró los ojos, como siempre hacía cuando estaba creando teorías en su mente?
—¿Su sobrino? O sea, un hombre. ¿Estás diciendo que un chico te invitó a un festival hoy? —comentó, cortando un trozo de carne que metió con prisa en su boca. Masticó varias veces y emitió un sonido de satisfacción—. No voy a dejar que este delicioso bocado quite el foco de lo importante.
—Estás generando una historia en tu cabeza, ¿verdad?
Milo probó la carne y una de las papas. La reacción de su amiga no estaba fuera de lugar. La comida sabía deliciosa. ¿Sería mágica la cocina de su abuela? Nunca había tenido demasiado interés en cocinar, pero siguió una receta para sorprender a Eva y, al parecer, lo había hecho bien.
—Obvio que lo estoy haciendo. ¿Te acuerdas de mi lectura de tarot? Cada cosa te llevó hasta ahí. Los Enamorados… Esa es la energía que viene. Parece que llegué en el momento justo.
—¡Estás exagerando! No debí decirte nada.
—¡Debiste decirme! —reprochó como una niña haciendo un berrinche, señalándolo con el tenedor que tenía una papa clavada en sus dientes largos. Milo soltó una carcajada ante semejante escena—. En vez de hablarme de tormentas y buses cancelados, deberías haberme contado ese jugoso detalle.