Llegaron a la plaza principal tomados del brazo, con suéteres de lana cálida y pocas expectativas. Si bien tenía nervios de mostrarse en el pueblo, Milo nunca imaginó que las cosas iban a salir tan mal. El clima nada tenía que ver con eso, porque en verdad era una tarde agradable. Los rayos del sol entibiaban el alma e invitaban a quedarse allí hasta el atardecer para disfrutar de la música y la comida. Sin embargo, un comentario de su amiga fue un presagio que no supo anticipar.
Luego de señalar cada cosa que le parecía linda del pueblo durante el trayecto —las casas con techos de tejas, las calles de adoquines y lo hermoso que era el lago con sus destellos sobre la superficie—, Eva susurró algo al oído de su amigo. Eso lo puso en alerta.
—Traje las cartas —confesó con un susurro y una sonrisa pícara—. Me sentaré en algún lugar vacío a hacer lecturas a precios razonables. Será dinero extra que no pensaba tener este fin de semana.
—¿Estás segura, Eva? —cuestionó Milo, mordiendo el interior de su mejilla. Siempre hacía eso cuando estaba nervioso—. No creo que este pueblo esté abierto a esas cosas. Ya nos están mirando raro porque saben quién soy. Quizá debamos mantener un perfil bajo.
—Es solo tu imaginación, nene. ¿Acaso esta gente sabe cómo luce el hijo de Aurelio Visconti? No lo creo. Tu abuela curaba con hierbas. Por lo que me contaste era una mujer solicitada. Creo que tienen la mente abierta para el tarot.
El escritor evitó decir que tomar remedios naturales y sanar el cuerpo, cosa que estaba comprobada, era un tema. Otro muy diferente era sacar cartas al azar y predecir el futuro. Al fin y al cabo, eso era lo que ella hacía por más que dijera que su práctica era terapéutica y evolutiva. Eva daba opiniones acerca del futuro. Lo había hecho con él.
Milo se distrajo observando la gran manzana rodeada de altos árboles secos. Algunos estaban perdiendo la cáscara de sus troncos. Los puestos de los vendedores eran gazebos blancos y abarcaban los cuatro laterales de la manzana.
Caminaron despacio para observar los productos en venta: velas aromáticas, adorables juguetes tejidos con hilos de colores, frascos de mermelada y variedades de comida. La decoración respetaba los tonos del otoño. Había algunas pilas de calabazas redondas en las esquinas, y el aire olía a una mezcla de sahumerios y chocolate caliente. La gente parecía estar de muy buen humor.
En el centro de la plaza estaba la tradicional pérgola de madera blanca con techo de tejas grises. Milo había jugado allí cuando era pequeño, pensando que la construcción era un castillo y él un príncipe. En ese momento, un DJ se encontraba en el lugar alegrando el evento con música.
—El festival está hermoso, en verdad. Pero, ¿dónde está el librero sexy? Me muero por conocerlo.
Eva empezó a mirar en varias direcciones, como si fuera a reconocerlo solo con la descripción que él le dio más temprano. Pero él sí lo hizo. En uno de los puestos más alejados, en una esquina de la manzana, bajo un árbol enorme que debía ser hermoso en primavera, estaba Dionisio. Había dispuesto sus productos sobre una mesa larga con un mantel blanco que tenía adheridas tiernas zanahorias de cartulina. Había una larga cola de clientes, así que Milo guió a su amiga hasta el final.
—Llegamos a su puesto —anunció Milo—. Trata de disimular un poco.
Tironeó del brazo de su amiga porque ella no dejaba de sacar la cabeza de forma ridícula por un costado de la fila. Su altura no le ayudaba y quería ver al galán de su imaginación. El muchacho temió que empezara a dar saltitos allí mismo para poder ver a Dionisio.
Poco a poco, las personas se marchaban con sus compras y comentaban acerca de lo deliciosos que eran los pasteles. Algunos llevaban tortas enteras y otros, solo porciones. Había carrot cakes en forma de budines alargados y también redondos, como pastel. Esos tenían glaseado blanco encima, con frutos secos a modo decorativo.
—Hola, Milo. ¿Cómo estás? Es bueno verte por aquí —saludó Dionisio, y Eva clavó sus uñas en su brazo. El muchacho tuvo que hacer esfuerzo para no soltar un quejido—. Nos tocó una tarde hermosa.
El hombre alto y corpulento vestía una camisa de jean celeste arremangada y tenía un gorro de lana gris en la cabeza. Por debajo asomaban algunos mechones de cabello oscuro que caían sobre su frente. Sus ojos verdes imitaban un lago tranquilo cuando el sol llegaba a ellos.
—Bien. ¿Y ustedes? Ella es mi amiga Eva. Vino de visita desde la ciudad.
—Un gusto conocerlos a todos. ¡Qué ricas se ven estas tortas! Voy a llevarme un budín entero —dijo ella, tratando de sonar amable, pero la forma era exagerada.
—Nos vimos en el bus hace una semana, ¿verdad? —preguntó la tía de Dionisio. Ese día llevaba alrededor del cuello un pañuelo de color azul—. ¿Cómo estás pasando tu estadía en Valle Hermoso?
—¿Así que este es el hijo de Aurelio?
La voz provino de la otra mujer, la que estaba en el extremo de la mesa y más alejada de los demás. Era alta, delgada y tenía el cabello largo del mismo color que Dionisio. Debía ser su mamá. La forma de los ojos era idéntica, la nariz y los labios muy parecidos. Era una mujer bella. Sin embargo, hizo la pregunta sin mirar a Milo. Se dedicó a aprontar el pedido de Eva, lo puso en una bolsa de papel marrón con prisa y le cobró. Su tarea tenía que ver con la caja.