Temporada de tormentas

Capítulo 14

Alrededor de las nueve de la noche, cuando el cielo se puso un enorme vestido negro hecho de estrellas, había dos cajas cuadradas de cartón sobre la mesa de la cocina. Contenían dos pizzas: una con queso mozzarella y otra con rúcula y jamón crudo, la preferida de Milo. Todavía estaban calientes y el aroma se esparcía por la cocina, despertando el apetito. Eva iba por su segunda lata de cerveza, pero el invitado no llegaba. Eso la tenía impaciente. Mientras tanto, Milo estaba viendo fotos de librerías del mundo en sus redes sociales.

—¿No tienes su celular? Porque tengo hambre y se va a enfriar la comida —comentó la muchacha, dando un sorbo a esa bebida amarga que Milo no podía entender cómo la gente encontraba agradable. Intentó probarla varias veces y no hubo caso. Ese líquido no pasaba por su garganta.

—Hay un horno para recalentar las pizzas, Eva. Ese no es un gran problema. Te recuerdo que tú lo invitaste así que tienes que esperar. Dijo que vendría —levantó la mirada por un momento—. ¿Por qué debería tener su teléfono?

—Primero, porque está buenísimo, y segundo, porque es la única persona que te habla en el pueblo. Algún día podrías necesitar ayuda y sería bueno tener su contacto —agregó, dando el último sorbo a su bebida, y se cruzó de brazos justo cuando sonó el timbre de la casa—. ¡Por fin!

El muchacho pasó junto a su amiga y le revolvió el cabello para molestarla mientras se dirigía hacia la puerta principal escuchando sus protestas. La abrió con demasiado entusiasmo. No quiso que su amiga se diera cuenta, pero le daba nervios pensar que Dionisio podía haberse arrepentido. Su mamá no debía estar de acuerdo con esa visita y él no quería generar más problemas familiares. Bastante había hecho ya su padre.

—Buenas noches. Lamento mucho la demora. Tuvimos que desarmar nuestro puesto en el festival y llevé a mi mamá a su casa. Quise darme un baño caliente también. Refrescó mucho.

Dionisio se acercó a Milo con toda naturalidad y cerró el espacio entre ellos. El rostro del moreno fue todo lo que pudo ver frente a sus ojos hasta que sintió sus labios húmedos sobre la mejilla. Su barba corta, que se mantenía siempre en una sombra, le picó la piel y eso envió un escalofrío por todo su cuerpo. Se notaba que se había dado una ducha. Su piel olía a un exquisito jabón. Llevaba una polera blanca de cuello tortuga y una chaqueta de cuero negro encima. El escritor pensó que Dionisio podía ser un modelo de esos anuncios de colonias italianas o francesas.

—Está bien. No hay problema. Es sábado por la noche. ¿Qué más tenemos que hacer? —sonrió—. Eso sí, deberíamos apresurarnos antes de que Eva devore las pizzas y no quede nada para nosotros.

Los dos compartieron una carcajada bajo la pequeña araña de cristal que lanzaba destellos sobre las paredes del pequeño hall de entrada, y Milo se dio cuenta de lo reducido que era el espacio para dos personas. No tanto por él, que tenía un cuerpo delgado, sino por Dionisio, que con su ancha espalda lograba imponerse en el lugar.

Cuando llegaron a la cocina, había música en el celular de Eva y las dos cajas ya estaban abiertas. Ella estaba terminando de dividir la pizza en porciones con un cuchillo grande.

—Hola, Dio. ¿Cómo estás? —saludó la chica, moviendo el utensilio filoso en el aire. Lo dejó sobre la encimera y caminó hasta el refrigerador para tomar dos latas de cerveza. Extendió su brazo para ofrecer una al invitado y él negó con la cabeza.

—Gracias, pero estoy conduciendo. Así que beberé agua. ¡Qué tonto! Olvidé comprar jugo o un refresco.

—Tengo Coca Cola fría —comentó Milo, y Dionisio sonrió ampliamente.

—Ay, por favor. ¡No sean aburridos! Además, nadie debe controlar el grado de alcohol en la sangre un sábado por la noche en este pueblo. Ni siquiera vi a la policía recorriendo las calles.

Milo le hizo un gesto a Dionisio y se encogió de hombros. Su amiga era descarada y eso estaba bien cuando compartían su noche de viernes, porque se conocían y había confianza. Sin embargo, no estaban solos y una tercera lata de cerveza podía causar estragos en su amiga.

—Con una Coca Cola bien fría está más que bien. No lo tomes a mal, Eva, pero no me gusta la cerveza.

—Algo más en común —susurró ella, levantando las cejas varias veces de manera exagerada.

Por suerte, Dionisio estaba acomodando su chaqueta en el respaldo de la silla y no le prestó atención. Milo sintió cómo el calor subía por su cuello hasta su rostro y se tomó su tiempo sirviendo dos vasos de la bebida gaseosa hasta que el rubor desapareció.

El hecho de que tenía hambre mantuvo a Eva con la boca ocupada un buen rato, aunque eso no iba a durar por mucho tiempo. Milo observó a Dionisio: estaba sentado frente a él. La polera cubría su torso como una segunda piel y la tela se expandía para resaltar sus atributos. Casi se atragantó con un sorbo de la bebida burbujeante cuando él lo miró a los ojos.

—¿Lograron vender todas sus tortas? —cuestionó Milo, aclarando la garganta. Se propuso llevar adelante la conversación para que la muchacha, que luchaba con un hilo de queso cremoso que se le pegaba entre los dedos, no hiciera más comentarios incómodos.

—Sí. La verdad es que nuestras carrot cakes son un éxito en la ciudad. Eso nos da algo de dinero extra.

—Creo que voy a probar una porción en el postre, si es que me queda lugar en el estómago después de tantas harinas —bromeó el escritor. Las pizzas estaban deliciosas: la masa esponjosa y la salsa de tomate tenía la sal justa. Pero el jamón crudo, con su sabor salado, era su preferido.




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