—Lo siento, amigo. Me comporté como una completa idiota. No es para justificarme, pero el alcohol tuvo la culpa. Me siento terrible.
Eva tomó las manos de Milo bajo la galería renovada de la terminal de buses. El alto vehículo blanco tenía el motor en marcha, listo para partir, y su amiga era quien estaba demorando la partida. Los demás pasajeros habían subido y el chofer estaba impaciente. Sin embargo, había preocupación en el rostro de Eva.
—Está bien. No sé qué le pasó a Dionisio. No creo que haya sido tu culpa… en su totalidad.
No había un tono de reproche en su voz y ambos sonrieron.
—Prométeme que irás a buscarlo y pedirle disculpas en mi nombre. Me quedaría un día más para hacerlo en persona, pero es el último viaje del domingo y, si mañana no estoy en el trabajo, no quedará nadie decente detrás de ese escritorio en la clínica.
—Lo haré —prometió el muchacho, y se dieron un fuerte abrazo—. Iré pronto a visitarte a la ciudad y puedes venir cuando quieras. Solo deja de beber tanto. No lo necesitas para ser divertida.
—Lo tendré en cuenta.
Ella guiñó un ojo y subió al transporte, donde recibió un comentario malintencionado del conductor, que accionó el cierre automático de la puerta con agresividad.
Milo esperó hasta que el bus se fuera para saludar con la mano a Eva y emprendió camino a casa. Mientras caminaba, sintió que era necesario hacer una parada antes.
Visitó la calle de adoquines y la librería de Dionisio. Por supuesto que estaba cerrada. Era domingo. Tampoco había movimiento dentro y las cortinas de las ventanas del apartamento en el primer piso estaban cerradas. Era mediodía y quizá estaba durmiendo o en la casa de su madre.
Milo se sentó en un banco de color verde oscuro a contemplar el lago. Su sonido le trajo calma y pasó un buen rato allí hasta que decidió volver a su casa, almorzar algo rico y dedicarse a escribir.
El lunes estuvo tentado de caminar hasta la librería apenas se despertó, pero recordó el rostro del muchacho de ojos verdes y su apresurada partida durante la noche de pizzas, y eso lo puso nervioso. Quizá podía esperar un día más para hacerse presente allí. No sabía cómo iba a reaccionar el otro y no quería agobiarlo.
Durante la mañana recibió un llamado de su madre, que quería saber cómo estaba. Le dijo que se encontraba bien, que tenía unos cuantos ahorros para subsistir y que se encargaría de avisar al dueño del apartamento en la ciudad que no tenía intenciones de seguir rentando.
—Sí, decidí quedarme. No creo que sea definitivo, pero considero que pagar la renta es perder dinero en vano —dijo, sosteniendo el celular contra su oído mientras su madre hacía ruidos con la boca, asintiendo del otro lado—. ¿Sabes qué? Iré mañana mismo a la ciudad para empacar lo poco que tengo y resolveré este asunto en persona.
Lo de sus escasas pertenencias era cierto. Solo tenía ropa, libros y algún que otro adorno. El lugar estaba completamente amueblado, así que nunca necesitó comprar mesas o sillas. Nunca lo decoró como le hubiera gustado y no generó pertenencia.
Antes de finalizar la llamada con su mamá, aceptó un regalo de su parte. Era dinero. Si hubiera sido su padre, hubiera dicho que no, pero de ella podía recibir algo y no estaba en posición de rechazar esa suma. Las regalías del primer libro eran parte de sus ahorros y con eso no podía darse una gran vida. Necesitaba conseguir un trabajo en Valle Hermoso y terminar el segundo libro. Su editor no podía tener la mente tan cerrada y esperar que solo escribiera thrillers. Iba a convencerlo de que presentara su nueva idea a los directores de la editorial.
Su estadía en la ciudad le tomó más de lo que esperaba. Eva pasó a saludarlo una tarde y volvió a insistir con que hablara con Dionisio. Su madre también fue a verlo y, además, quiso salir a comer a un restaurante caro.
Dejó sus cosas con un servicio de mudanzas y les indicó que podían llevar sus pertenencias a Valle Hermoso el sábado por la mañana, para mayor seguridad. Le confirmaron que al mediodía estarían allí.
El viernes por la tarde, Milo estaba de regreso en el pueblo. Se sentía bien, fresco, como si se hubiera quitado un peso de los hombros cuando entregó la llave del apartamento. En verdad, no sabía si iba a quedarse para siempre en el pueblo, pero no quería pensar en eso por el momento.
Luego de una ducha caliente y de ponerse su ropa preferida, decidió hacer eso que seguía dando vueltas en su mente. Aquella idea no iba a desaparecer hasta que pasara a la acción.
Pronto sus botitas marrones pisaron los adoquines de la calle principal. No había caminado por el lugar durante la noche. En ese momento, cientos de lámparas amarillas se habían encendido en los cables que atravesaban todo el sendero en lo alto. Parecía un pequeño cielo estrellado en medio de Valle Hermoso. Apuró el paso porque faltaban cinco minutos para que los negocios cerraran. El aire proveniente del lago le dio un beso frío en el rostro. Quizá hubiera sido bueno llevar una chaqueta y no solo un suéter de algodón.
—Buenas noches, Dionisio.
Cerró la puerta detrás de él y se frotó los brazos para entrar en calor. Dentro de la librería la luz era tenue y había aroma a café flotando en el aire.
El librero levantó la mirada y no dijo una sola palabra. Estaba detrás del mostrador, viéndolo fijo con esos ojos verdes que crearon un hechizo para mantenerlo en su lugar. Milo titubeó al dar un paso adelante, pero juntó valor y finalmente lo hizo.