Temporada de tormentas

Capítulo 16

Luego de dos semanas de haberse instalado en Valle Hermoso, Milo se acostumbró a su nueva rutina. Quince días atrás nunca hubiera imaginado eso. Había dado un salto de fe para cambiar su vida.

Se levantaba todos los días a las siete y media de la mañana, treinta minutos más tarde que en su antiguo empleo, y eso ya era un punto a favor, para caminar hasta la librería junto al lago.

Mientras Dionisio llenaba el lugar con olor a pasteles horneados, él se dedicaba a ordenar libros, quitaba el polvo de los estantes y destacaba los lanzamientos en las vidrieras. Charlaba con los clientes y recomendaba lecturas. También le propuso a su atractivo socio tener una decoración diferente cada mes y él aceptó. Así que la tienda de libros se veía llamativa desde afuera, pero también su interior brillaba.

Junto a una de las ventanas, la que estaba en el extremo opuesto al mostrador, pusieron tres mesas pequeñas y cuadradas con dos sillas para cada una. Muy cerca, contra la pared, había un exhibidor con las creaciones de Dionisio y una máquina moderna que expendía tres tipos de café y té. Sin embargo, luego de varios días, la gente todavía no ingresaba al lugar como ellos habían pensado, y eso los decepcionó un poco.

—Creo que se me ocurrió una gran idea mientras hacía la torta de chocolate. Cocinar me ayuda a pensar —anunció Dionisio cuando bajó las escaleras con prisa. Milo siempre se preocupaba porque era un hombre corpulento y la escalera en forma de caracol era angosta. No quería que pisara mal un escalón y se diera un golpe.

El escritor, que estaba detrás del mostrador, lo miró y soltó una carcajada.

—¿De qué te ríes?

El moreno se dio vuelta para mirar detrás de él, como si hubiera algo que no veía.

—Tu cara está llena de harina. Aquí y aquí…

Milo estiró el brazo por sobre el monitor de la computadora y, con su dedo índice, tocó la nariz de Dionisio y esa parte de piel sobre los labios. Lo hizo de manera natural, casi sin darse cuenta, hasta que fue consciente de lo que estaba haciendo y retiró la mano con prisa.

El otro muchacho se quedó inmóvil por un momento y Milo pensó que había arruinado el momento. Sin embargo, Dio —como había empezado a llamarlo— esbozó una sonrisa encantadora y sus hombros se relajaron.

—Nadie puede decir que en esta librería se sirven pasteles comprados —bromeó, limpiándose la cara con la mano—. Creo que un poco de harina agrega encanto.

—Si tú lo dices —rió Milo. Sucio o limpio, siempre se veía encantador sin hacer esfuerzo—. ¿Cuál es esa idea por la que casi ruedas bajando las escaleras?

—Siento que las personas creen que les estamos vendiendo todo: los libros, el café, las tortas.

—¿No es esto un negocio? Te recuerdo que tenemos que recuperar la inversión que hicimos en los muebles y la máquina de café.

—Sí, por supuesto. Pero pensaba en esos libros que tu abuela quiso regresar a este lugar. Podríamos ponerlos en un estante especial junto a las mesitas y que sean de lectura gratis. Así, las personas no estarían obligadas a comprar algo para sentarse a leer. ¿Qué dices?

—¡Me parece una gran idea! ¡De verdad! Creo que Elisa estaría feliz de que más gente leyera esos libros. ¿Sabes qué? También quiero que pongas mi thriller allí. Es un regalo de mi parte. La editorial no tiene que saberlo.

La expresión de Milo era pícara y Dionisio volvió a regalarle una sonrisa hermosa.

En todo ese tiempo pensó en la lectura de tarot que Eva hizo para el librero. Era obvio que su corazón había sido roto de manera romántica y que estaba soltero. Lo comprendió en esos días con comentarios que él hacía cuando se relajaba. ¿Quién había podido herir a alguien tan bueno como él? ¿Habría sido una mujer o un hombre? Cuanto más tiempo pasaban juntos, Milo creía estar seguro de que Dio era gay. No quería generar estereotipos ni prejuzgar, pero había una sensibilidad, ciertos gestos que hacía cuando se soltaba un poco y nadie lo veía. Solo alguien en su misma situación podía comprenderlo. De todos modos, él no dejaba nada en claro, así que el muchacho que escribía historias decidió guardar sus deseos secretos en una cajita dentro de su corazón. No había tenido suerte en el amor antes y tener fantasías locas con Dionisio no era forma de vivir.

Cuando se cumplió un mes y medio del nuevo negocio, las jornadas comenzaron a ser más cortas y frías. El invierno iba a despertar pronto de un largo sueño para traer consigo días de bufandas, gorros de lana y guantes abrigados.

Milo se sorprendió porque, a pesar de estar más ocupado, tenía la mitad de su historia nueva escrita y sabía lo que pasaría en cada capítulo restante. Solo era cuestión de sentarse a volcar sus ideas en la página. Algunas noches y durante el fin de semana, abandonaba el mundo que conocía para perderse en un viejo imperio de columnas inmensas donde un emperador se había enamorado de su consejero. En esos instantes vivía entre susurros por pasillos iluminados por antorchas y caricias secretas en la oscuridad.

—¿Te gustaría venir al baile de otoño? Hay que ponerle fin a la temporada de tormentas —preguntó Dionisio cinco minutos antes de cerrar la tienda. Milo estaba concentrado, pero notó que durante la última media hora, mientras él hacía el inventario de los libros nuevos que habían llegado durante la tarde, su socio no paraba de dar vueltas por el lugar. Nunca lo había visto comportarse así. Parecía nervioso.




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