Nervios, ansiedad, sudor en las manos y un cosquilleo que le producía lindas sensaciones. Esa era una mezcla intensa que estaba presente en todo su cuerpo. Era la noche del baile y Milo todavía no decidía qué ropa ponerse. Eva no dejaba de enviarle mensajes de voz pidiendo actualizaciones y que le pasara fotos del atuendo final para aprobarlo.
La muchacha se había quedado sin palabras, lo que le pareció raro, cuando le contó días atrás que Dionisio le confesó sus sentimientos, la hizo una invitación y lo besó.
Había pasado una semana desde ese día y el escritor todavía no podía creerlo. Los días posteriores habían sido mágicos porque compartían la intimidad de la librería con una energía viva que se notaba incluso en los clientes. Hubo decenas de besos robados entre tareas y otros que nacían de las ganas de conocerse.
Finalmente, decidió ponerse un pantalón oscuro ajustado, una camiseta gris de mangas largas y una chaqueta marrón que no era tan abrigada. Dejaría sus sacos largos para el invierno. No era un evento de moda y quería verse casual.
A las nueve de la noche escuchó la bocina de la camioneta de Dionisio. Se despidió de Eva y desconectó su celular de internet. No quería perderse los detalles de la primera cita con el librero por estar mirando el dispositivo y chateando con su amiga. La gente estaba siempre tan pegada a las pantallas que rara vez consideraba que había momentos únicos en la vida que quizá nunca iban a repetirse y había que estar presente. El muchacho de cabello marrón claro decidió guardar las imágenes de esa noche en su memoria.
Cuando subió a la camioneta, lo envolvió el perfume de Dionisio. Todavía no se animaba a pensar en él con la etiqueta de novio. El moreno solo le dejó decir hola y le plantó un beso en los labios. Su mano se instaló en su nuca y sus largos dedos jugaron con su cabello marrón. Sus bocas se movieron juntas en la penumbra por un minuto, hasta que tuvieron que separarse para poder respirar.
—Buenas noches. Te extrañé mucho.
Su voz ronca envió temblores por su piel. Nunca antes alguien lo había mirado con esa intensidad y le costaba acostumbrarse.
—Te recuerdo que nos vimos anoche —comentó Milo con una sonrisa, recordando la cena, los besos, las caricias y esas cosas que suceden bajo las mantas cuando todo es nuevo y una energía magnética recorre cada parte del cuerpo.
—Por eso. Es prácticamente un día entero. ¿O será que tú no me extrañaste tanto?
—Si necesitas estar tranquilo, sí, te extrañé. Debo confesar que hoy me contuve para no invitarte a pasar la tarde juntos. No quiero abrumarte.
—No te contengas nunca, porque no me abrumas en lo más mínimo —aseguró, guiñando un ojo, y encendió el motor. Sus manos fuertes tomaron el volante y se dirigieron al salón municipal de eventos.
En Valle Hermoso amaban el otoño y lo celebraban con el festival de carrozas y también con un gran baile cuando el final de la estación se acercaba.
El exterior del edificio no tenía demasiadas ventanas, pero desde afuera se oía el eco apagado de una banda tocando en vivo. Unos reflectores con luces que cambiaban de colores formaban dos columnas a ambos lados de la puerta de doble hoja metálica. Dionisio la empujó y la música estalló alrededor de ellos.
—¡Saben cómo divertirse por aquí! —exclamó Milo, observando el lugar.
El salón era amplio y estaba lleno de gente. En un escenario al fondo había una banda tocando música divertida y bailable. La cantante rubia, de buena voz y botas altas, alentaba a los concurrentes a bailar. En el centro de la pista había parejas danzando y niños corriendo por todo el lugar. En los dos laterales más largos había puestos de comida y, en el otro extremo, un bar donde vendían todo tipo de bebidas.
Dionisio tomó la mano de Milo para guiarlo entre la multitud. Todo el pueblo debía estar allí esa noche y varias miradas recayeron sobre ellos. Sus dedos se entrelazaron como raíces de árboles que nacen juntos, dispuestos a enfrentar tormentas. Aquello le proporcionó seguridad.
Sobre sus cabezas había decenas de lámparas de papel que imitaban calabazas. La luz era tenue y naranja.
Primero comieron hamburguesas con papas fritas, acompañadas por un poco de sidra, la especialidad de Valle Hermoso. Las porciones eran abundantes y les costó terminar la comida. Tiempo después, cuando se hizo imposible charlar por sobre el sonido de la música, Dionisio se paró frente a Milo. Las luces creaban un halo detrás de su cabeza.
—¿Me haría usted el honor de bailar conmigo?
El muchacho, que llevaba una camisa blanca entallada, hizo una reverencia y le regaló la sonrisa más hermosa de todas, de esas que te hacían sentir la persona más especial del universo. Extendió su mano hacia él.
Milo se dio cuenta de que era él quien tenía miedo de lo que pensarían, pero no iba a dejar que esos temores arruinaran una noche tan perfecta. Así que se puso de pie, tomó la mano de Dionisio y, junto al resto de las personas, bailaron e hicieron tonterías entre risas. Quizá hubo algún comentario malintencionado, pero nadie más importaba esa noche que ellos dos.
Luego de probar un poco de helado artesanal y cuando dos horas pasaron entre bromas y más baile, decidieron volver a la casa de Milo para dormir. Era la primera vez en todo ese tiempo que Dionisio iba a quedarse a pasar la noche.