Temporada de tormentas

Capítulo 18

Las pocas hojas que quedaban se desprendieron de los árboles, dejando las ramas desnudas y a merced del frío que se instaló en la ciudad. El cielo se convirtió en una paleta de tonos azules intensos.

Anunciaron en las noticias que sería el invierno más frío en toda una década. Milo solía observar el lago pensando que se congelaría para formar una enorme pista de patinaje sobre hielo, pero eso no sucedió. Lo que sí pasó esa tarde fue que Dionisio llegó con una manta cálida, dos jarros térmicos de café y una porción de pastel. Se envolvieron en la manta y observaron el paisaje un rato, hasta que el frío los obligó a volver a buscar refugio y abandonar el banco verde que solían ocupar.

La librería siempre tenía gente alrededor de las mesitas, incluso a pesar del clima. Varias personas se quedaban a leer y beber algo caliente desde que abrían hasta que cerraban.

Milo organizó un club de lectura para la tarde de los viernes y pensaba dar talleres de escritura para todas las edades. Dionisio siguió incorporando delicias al menú. Cuando no horneaba, le ayudaba a tener la leña siempre lista para la chimenea de la sala de estar de la casa en la esquina de la manzana.

Luego de que pasó la estación fría y los sacos largos, las medias calientes y los gorros de lana volvieron a guardarse, la primavera llegó con brotes verdes por todos lados y con pereza las flores abrieron sus pétalos.

Una tarde, pensando qué hacer con el viejo cuarto secreto de su abuela, Milo encontró un libro que no había visto antes en una de las repisas cerca del cielo raso. No era un tomo cualquiera. Era un diario con tapas de cuero marrón que había quedado en una esquina oscura. En él, Elisa había volcado todo su conocimiento sobre hierbas. Tenía ejemplares secos de plantas pegados en las páginas, que olían a lavanda, con anotaciones precisas de cómo usarlos, cuándo cultivarlos y qué dolencias sanaban. Tuvo allí la brillante idea de renovar el jardín trasero para reponer las mezclas en los frascos que aún conservaban las etiquetas que ella había escrito. Incluso podrían vender eso en el próximo festival de otoño. Los remedios de Elisa era un buen nombre para el proyecto.

Aunque todo era hermoso en esos días y las jornadas largas eran perfectas para disfrutar el sol y las actividades junto al lago, Milo estaba nervioso. Esperaba una respuesta muy importante. A fines de agosto había enviado el borrador de su manuscrito de romance al editor para que le dijera si era posible publicarlo con la misma editorial o debía buscar otra.

Esa tarde estaba detrás del mostrador registrando un libro en la computadora cuando recibió el aviso de un correo electrónico nuevo.

RESPUESTA SOBRE EL MANUSCRITO: MI IMPERIO ERES TÚ.

Eso decía en el asunto. Milo tomó una respiración profunda y decidió leer el mail.

Querido Milo:

¡Buenas noticias!

Les pasé a los directores de la editorial tu manuscrito y están encantados con tu libro. No pudo haber llegado en mejor momento. Ellos estaban pensando abrir un sello romántico para el año que viene. Como eres uno de los escritores más exitosos de la editorial, le darán inicio al sello con tu libro.

Te enviaré más detalles sobre la corrección que debemos empezar la semana siguiente.
PD: me alegro de que hayas insistido con esta idea. Lo leí entero y creo que esta es tu verdadera voz.

Saludos.

Un chillido de felicidad abandonó la boca de Milo y Dionisio, que estaba juntando tazas y platos usados, por poco arrojó todo al suelo. Dejó los objetos de porcelana sobre el mostrador y lo miró con impaciencia.

—¿Qué sucedió? Casi me matas del susto. ¿Está todo bien?

—¡Van a publicar mi romance! Le darán inicio a un sello nuevo de la editorial con mi libro.

Milo rodeó el mostrador con prisa y se arrojó contra Dionisio. Él lo tomó entre sus brazos fuertes y giró sobre sus pies mientras se reían. Con cuidado lo dejó en el piso otra vez y le dio un beso apasionado que nunca quería que terminara.

La puerta de la tienda se abrió y se cerró con un golpe. Quizá era la brisa de primavera con ganas de jugar un poco, pero no fue así. Alguien aclaró su garganta y, cuando Milo se dio vuelta para ver, entendió que una persona había arruinado el momento.

—Papá…

—Me dijeron que te encontraría aquí. Pasé por la casa y no había nadie. Intenté abrir la puerta con mi llave, pero al parecer no funciona —dijo el hombre de cabello gris y traje negro impecable. Miró a su alrededor con poco interés.

—Cambié las cerraduras de toda la casa por seguridad.

Sintió la mano de Dionisio tomar la suya y eso le dio más valentía.

—Me gusta el color gris claro con el que pintaste las paredes. Ese color neutro es el que más buscan los compradores hoy en día.

—A mí también me gusta, y la casa no está en venta —sentenció el chico con orgullo—. Decidí quedarme con ella en honor a la abuela.

—No puedo juzgarte por tu sentimentalismo. Pasabas mucho tiempo con mamá. Sin embargo, es una casa vieja y creo que no es de tu estilo.

—En su casa tuve un hogar siempre. Se siente perfecto vivir allí. Y me encanta el estilo.




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