Tengo Esperanza De Encontrarte Otra Vez

EL PRIMER ENCUENTRO

El sol de junio bañaba las calles empedradas de Barranco, proyectando sombras largas sobre los muros azules y amarillos de las casas coloniales. Valeria Márquez ajustaba la correa de su cámara fotográfica mientras recorría la vereda junto al mar, buscando el ángulo perfecto para capturar la forma en que las olas rompían contra los acantilados. Había llegado a Lima dos semanas antes, invitada por la revista Fotografía y Viajes para realizar una serie de reportajes sobre los barrios más emblemáticos de la capital peruana. A sus veintiséis años, había conseguido hacerse un nombre en el mundo de la fotografía documental, pero en su interior llevaba un vacío que ninguna imagen lograba llenar.
Se detuvo en un pequeño mirador con vistas al océano Pacífico, cerrando los ojos por un instante para sentir la brisa salada en su rostro. Desde que terminara su relación con Diego hacía casi un año, había evitado pensar en el amor, centrándose únicamente en su trabajo. Pero en momentos como este, cuando la belleza del lugar la envolvía, no podía evitar preguntarse si algún día encontraría a alguien que entendiera su pasión por capturar la realidad a través de sus lentes.
Mantuvo los ojos cerrados por unos segundos más, escuchando el ritmo constante de las olas, hasta que sintió que alguien estaba cerca. Al abrir los ojos, encontró la mirada de un hombre alto, de cabello castaño oscuro y ojos color ámbar que la observaban con una mezcla de curiosidad y admiración. Llevaba una camisa blanca de algodón arremangada hasta los codos y pantalones khaki, y sostenía en sus manos una libreta y un lápiz, como si estuviera escribiendo o dibujando.
–Disculpe –dijo el hombre, sonriendo con una calidez que hizo que Valeria sintiera un cosquilleo en el estómago–. No quería molestarla, pero la forma en que estabas parada ahí, con el mar de fondo, parecía sacada de una pintura. No pude evitar plasmarla en mi libreta.
Valeria se sintió sonrojarse, algo que no le sucedía desde hacía mucho tiempo. Se acercó un poco para ver lo que había dibujado, y quedó sorprendida por la precisión de los trazos: la postura de su cuerpo, la forma en que la luz caía sobre su pelo castaño, incluso el detalle de la correa de la cámara alrededor de su cuello.
–Es increíble –dijo, mirándolo a los ojos–. Usted tiene un gran talento.
–Gracias –respondió él, cerrando la libreta con una sonrisa–. Me llamo Matías Silva. Soy arquitecto, pero también me gusta dibujar en mis ratos libres. Y usted debe ser la fotógrafa que está trabajando en el reportaje de Barranco. He oído hablar de usted en la cafetería del barrio.
Valeria frunció el ceño, sorprendida. –¿De verdad? No sabía que mi llegada había llamado la atención.
–En un barrio pequeño como este, todo se sabe rápido –explicó Matías, inclinándose un poco hacia adelante para ver mejor el horizonte–. Además, tus fotografías tienen algo especial. Hablan de emociones, de historias que nadie más ve. Creo que eso es lo que hace que la gente se interese por tu trabajo.
Ese día, pasaron horas sentados en el mirador, hablando de sus pasiones, de sus viajes, de sus sueños. Matías le contó que había nacido en Cusco, pero que se había mudado a Lima para estudiar arquitectura y que ahora trabajaba en una firma que se dedicaba a la restauración de edificios históricos. Valeria le mostró algunas de las fotografías que había tomado hasta el momento en su cámara, explicándole el porqué de cada una, los detalles que había querido resaltar, las historias que creía que las imágenes contaban.
A medida que el sol iba poniéndose, tiñendo el cielo de tonos naranjas y rosas, Valeria sintió cómo una conexión especial se iba estableciendo entre ellos. Había conocido a muchos hombres en sus viajes, pero ninguno había logrado entenderla tan profundamente como Matías en apenas unas horas. Cuando él le pidió que fuera a cenar con él en una pequeña trattoria italiana del barrio, no tuvo más remedio que aceptar, aunque una voz en el fondo de su mente le recordara que estaba allí por trabajo y que no debería dejar que sus sentimientos interfirieran.
Durante la cena, la conversación fluyó con naturalidad. Matías le habló de su proyecto más importante: la restauración de una antigua mansión en el centro de Lima, que pertenecía a una familia de la alta sociedad peruana y que tenía una historia llena de misterios y secretos. Valeria se sintió fascinada por sus palabras, imaginando cómo sería ese lugar, qué historias guardaban sus paredes, qué secretos ocultaban sus habitaciones.
–Tal vez puedas tomar algunas fotografías del proyecto cuando estemos avanzando más –le propuso Matías, tomando su mano sobre la mesa–. Creo que tus imágenes podrían ayudar a mostrar la importancia de preservar estos lugares que son parte de nuestra historia.
Valeria sintió cómo su corazón se aceleraba al sentir el tacto de sus manos. Era cálido, seguro, y en ese momento deseó poder detenerse el tiempo para quedarse ahí para siempre, con él, en ese pequeño rincón del mundo que había encontrado por casualidad.
–Me encantaría –respondió, sonriendo–. Creo que sería un reportaje maravilloso. Hablar de cómo la arquitectura puede conectarnos con nuestro pasado, cómo los lugares pueden guardar la memoria de las personas que han vivido en ellos.
Matías la miró a los ojos, y en su mirada Valeria vio algo que no había visto en nadie antes: una mezcla de admiración, cariño y algo más, algo que no se atrevía a nombrar aún. Pero justo en ese momento, su teléfono móvil comenzó a sonar, interrumpiendo la magia del momento.
Al ver la pantalla, Valeria sintió cómo se le helaba la sangre en las venas. Era Diego. Su exnovio. El hombre del que había huido hace un año, el hombre que le había roto el corazón de una manera que nunca creyó poder superar.
–Perdóneme –dijo, levantándose de la mesa con las manos temblando–. Tengo que contestar esta llamada. Es importante.
Matías asintió con comprensión, aunque Valería notó una sombra de decepción en su rostro. Se retiró hasta un rincón de la trattoria, alejándose lo suficiente para poder hablar con privacidad, y contestó la llamada con la voz más firme que pudo.
–Hola, Diego –dijo, tratando de controlar sus emociones–. ¿Qué pasa?
–Valeria, cariño –respondió su voz por el otro lado de la línea, cálida y familiar como siempre–. He estado tratando de contactarte desde hace semanas. No sabes lo mucho que te he echado de menos.
–Diego, no deberías llamarme –dijo ella, cerrando los ojos para evitar las lágrimas que comenzaban a acumularse en sus párpados–. Habíamos acordado que no nos volveríamos a hablar. Que era mejor así para los dos.
–Lo sé, lo sé –respondió él, con un tono de arrepentimiento que Valeria conocía demasiado bien–. Pero no puedo seguir así, sin ti. He cambiado, Valeria. Realmente lo he hecho. He dejado todo lo que te hacía daño, he dejado a esa mujer, he decidido que lo único que realmente importa en mi vida eres tú. Quiero que volvamos a intentarlo. Por favor, cariño. Dime que me darás otra oportunidad.
Valeria sintió cómo su mundo se venía abajo. Había pasado meses tratando de olvidarlo, de sanar las heridas que él le había causado, y ahora, justo cuando empezaba a sentir que podía abrir su corazón de nuevo, él aparecía para volver a desequilibrarla.
–No puedo, Diego –dijo, con la voz quebrándose un poco–. No puedo volver a pasar por lo mismo. Tú me traicionaste, me hiciste mucho daño. No creo que pueda confiar en ti de nuevo.
–Por favor, Valeria –insistió él, con lágrimas en la voz ahora–. No me condenes sin darme una oportunidad de demostrarte que he cambiado. Ven a verme, por favor. Estoy en Lima. Me he mudado aquí para estar cerca de ti. Quiero explicártelo todo en persona.
Valeria se quedó helada. ¿Diego estaba en Lima? ¿Cómo había sabido dónde estaba? ¿Había estado siguiéndola?
–¿Cómo sabías que estaba aquí? –preguntó, con la voz más fría que pudo–. No te había contado nada de mi viaje.
–Lo sé, lo sé –respondió él, un poco nervioso ahora–. Pero te seguí en las redes sociales, vi las fotos que habías subido, supe que estabas en Perú. No pude resistirme, Valeria. Tenía que verte. Tenía que intentarlo.
Valeria cerró los ojos, sintiéndose abrumada por las emociones. Por un lado, seguía sintiendo algo por Diego, algo que no había podido eliminar por completo a pesar de todo lo que había pasado. Por otro lado, estaba Matías, ese hombre maravilloso que acababa de conocer y que había logrado hacerla sentir cosas que creía haber olvidado para siempre.
–Diego, déjame pensar –dijo, finalmente–. No puedo tomar una decisión ahora mismo. Necesito tiempo para procesar todo esto.
–Claro, cariño –respondió él, con un tono de alivio–. Tienes todo el tiempo que necesites. Te dejaré mi número de teléfono y mi dirección aquí en Lima. Por favor, llámame cuando tengas una respuesta. Te espero, Valeria. Te amo.
Después de colgar la llamada, Valeria se quedó de pie en el rincón de la trattoria durante varios minutos, tratando de ordenar sus pensamientos y controlar sus emociones. Sabía que no debería volver a tener nada que ver con Diego, que había sufrido demasiado por culpa suya, pero una parte de ella seguía esperando que él realmente hubiera cambiado, que pudieran volver a ser lo que eran antes de que todo saliera mal.
Cuando volvió a la mesa, encontró a Matías esperándola con una expresión preocupada en el rostro.
–¿Estás bien? –preguntó él, levantándose para ayudarla a sentarse–. Pareces muy pálida.
–Sí, sí, estoy bien –respondió Valeria, forzando una sonrisa–. Solo fue una llamada de trabajo que me ha dejado un poco nerviosa. Nada importante.
Matías la miró durante un momento, como si pudiera ver que estaba mintiendo, pero finalmente decidió no presionarla.
–Si necesitas hablar de algo, estoy aquí –dijo, tomando su mano de nuevo sobre la mesa–. Cualquier cosa que necesites, cuéntamelo. Quiero ayudarte en lo que pueda.
Valeria sintió cómo un nudo se formaba en su garganta. Quería contarle la verdad, quería decirle todo sobre Diego, sobre cómo él la había traicionado, sobre cómo ahora estaba en Lima pidiéndole que volviera con él. Pero tenía miedo, miedo de que Matías la juzgara, miedo de que se fuera y la dejara sola de nuevo.
–Gracias, Matías –dijo, apretando su mano con fuerza–. Realmente lo aprecio. Pero ahora mismo solo quiero olvidarme de todo y seguir disfrutando de esta cena contigo. ¿Podemos hacerlo?
Claro, claro –respondió él, sonriendo de nuevo–. De acuerdo. Olvidemos todo lo malo y hablemos de cosas bonitas. ¿Qué te parece si mañana te llevo a ver la mansión que te mencioné? Creo que te encantará.
Valeria sintió cómo su corazón se llenaba de esperanza de nuevo. Tal vez, a pesar de todo, podía encontrar la felicidad que tanto había buscado. Tal vez Matías era la persona que necesitaba en su vida, el hombre que la ayudaría a superar el pasado y a construir un futuro mejor. Pero en el fondo de su mente, la voz de Diego seguía resonando, recordándole que el pasado nunca es fácil de olvidar y que la traición puede volver a aparecer en el momento menos esperado.
Mientras terminaban la cena y Matías la acompañaba de regreso a su hotel, Valeria no pudo evitar pensar en lo extraño que era la vida. Un día antes, había estado sola, centrada únicamente en su trabajo, y ahora se encontraba en medio de un triángulo amoroso que podría cambiar su vida para siempre. Sabía que tendría que tomar una decisión pronto, una decisión que afectaría no solo su futuro amoroso, sino también su carrera y su bienestar emocional. Pero en ese momento, solo quería disfrutar del presente, del tiempo que pasaba con Matías, de la sensación de estar viva de nuevo.
Al llegar al hotel, Matías se detuvo frente a ella, mirándola a los ojos con una expresión intensa.
–Valeria –dijo, con la voz un poco temblorosa–. Hoy he pasado la mejor tarde de mi vida. No sé cómo explicarlo, pero siento que te he conocido toda mi vida. Quiero seguir viéndote, quiero conocerte mejor, quiero saber todo sobre ti. ¿Te gustaría salir conmigo de nuevo?
Valeria sintió cómo su corazón se derretía. En sus ojos, vio todo lo que necesitaba ver: honestidad, cariño, respeto. Sabía que decir que sí sería el comienzo de algo nuevo, algo que podría ser hermoso, pero también sabía que tendría que enfrentarse a su pasado si quería tener un futuro con él.
–Sí, Matías –respondió, sonriendo con toda el alma–. Me gustaría mucho salir contigo de nuevo.
Matías sonrió de felicidad y se inclinó para darle un beso suave en la mejilla. Valeria cerró los ojos, sintiendo la electricidad que se generaba entre ellos, la sensación de que algo especial estaba a punto de comenzar. Pero justo en ese momento, vio un movimiento en la sombra de un árbol cercano, y cuando abrió los ojos, captó un vistazo de una figura que se alejaba rápidamente. Tenía la sensación de haber visto esa figura antes, pero no pudo distinguir quién era.
Ignorando la sensación de malestar que comenzaba a invadirla, Valeria se centró en Matías, en su sonrisa, en la promesa de un futuro mejor. Tenía esperanza de que esta vez las cosas salieran bien, de que pudiera encontrar el amor verdadero que tanto había buscado. Pero no sabía que esa figura en la sombra era el comienzo de una serie de eventos que pondrían a prueba su fe en el amor, su confianza en los demás y su propia fortaleza emocional. No sabía que la traición estaba más cerca de lo que imaginaba, y que el pasado que creía haber dejado atrás pronto volvería para enfrentarla de nuevo.




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