Tengo Esperanza De Encontrarte Otra Vez

LA MANSIÓN SECRETA

El sol brillaba con fuerza sobre las calles del centro de Lima cuando Matías recogió a Valeria en su coche temprano la mañana siguiente. Vestía una camisa azul marino y pantalones negros, y lucía una sonrisa que hacía que Valeria olvidara por un momento todos sus problemas. Después de la llamada de Diego la noche anterior, había pasado una noche inquieta, dando vueltas en la cama y pensando en lo que debería hacer. Pero cuando vio a Matías esperándola en la entrada del hotel, sintió cómo la ansiedad desaparecía poco a poco, reemplazada por una sensación de calma y esperanza.
–Buenos días, hermosa –dijo Matías, abriéndole la puerta del coche con una sonrisa–. Espero que hayas dormido bien. Yo tuve un poco de dificultad para conciliar el sueño, estaba demasiado emocionado por hoy.
Valeria sonrió, sentándose en el asiento del pasajero y ajustándose el cinturón de seguridad. –También me costó dormir un poco –admitió–. Pero no fue por mala razón. Estaba pensando en ti, en la mansión que me mencionaste anoche. Estoy muy emocionada por conocerla.
Matías arrancó el coche y comenzó a conducir hacia el centro de la ciudad, cruciendo calles llenas de gente que iba a trabajar, de vendedores ambulantes que ofrecían sus productos y de edificios históricos que contaban la historia de Lima. Valeria sacó su cámara fotográfica y comenzó a tomar algunas fotografías por la ventanilla, capturando la esencia de la ciudad en sus imágenes.
–La mansión se llama Casa de los Mármolos –explicó Matías, mientras conducía por una calle adoquinada que llevaba hacia el corazón del distrito histórico–. Fue construida a finales del siglo XIX por la familia Fuentes, una de las más poderosas de la época. Se dedicaban al comercio de algodón y plata, y acumularon una fortuna enorme en pocos años. La casa fue diseñada por un arquitecto francés, y se dice que cada piedra, cada detalle, fue importado directamente de Europa.
Valeria escuchaba atentamente, imaginando cómo debía haber sido el lugar en su apogeo. –¿Por qué se llama así? –preguntó, apoyándose en la ventanilla para ver mejor los edificios que iban pasando.
–Por los suelos de mármol italiano que cubren casi todas las habitaciones –respondió Matías, señalando con la cabeza hacia una calle más angosta que aparecía al frente–. Además, en la fachada hay detalles tallados en mármol blanco que representan escenas de la mitología griega. Cuando se construyó, fue considerada una de las residencias más lujosas de toda América del Sur.
Después de unos minutos de conducción, Matías giró hacia una calle cerrada por una verja de hierro forjado, adornada con motivos florales y los escudos de la familia Fuentes. Un guardia de seguridad se acercó al coche, saludó a Matías con respeto y abrió la verja para que pudieran pasar. Dentro, un camino de grava conducía hasta la mansión, flanqueado por jardines exuberantes con árboles frutales, flores tropicales y fuentes de piedra que parecían sacadas de un cuento de hadas.
Valeria se quedó boquiabierta al ver la fachada del edificio. Era imponente, de estilo neoclásico, con columnas corintias, ventanas con barandillas de hierro forjado y un balcón principal que dominaba la entrada. Los muros estaban hechos de piedra blanca, y los detalles de mármol que Matías había mencionado brillaban bajo el sol de la mañana como si fueran de cristal.
–Es increíble –susurró Valeria, sacando su cámara para tomar la primera fotografía–. No puedo creer que un lugar así exista en medio de la ciudad.
–La familia Fuentes decidió donar la mansión al estado hace unos años, con la condición de que se restaurara y se abriera al público como museo –explicó Matías, aparcando el coche junto a la entrada principal–. Nuestra firma ganó la licitación para el proyecto de restauración, y hemos estado trabajando en él desde hace ocho meses. Todavía queda mucho por hacer, pero ya se pueden apreciar los primeros resultados.
Se bajaron del coche y se acercaron a la puerta principal, que estaba hecha de madera de caoba oscura con herrajes de bronce pulido. Matías introdujo una llave en la cerradura y abrió la puerta, dejando paso a un vestíbulo que dejó a Valeria sin aliento. El suelo estaba cubierto de mármol blanco con motivos en rojo y negro que formaban un patrón geométrico perfecto. Las paredes estaban adornadas con pinturas oleográficas de paisajes europeos, y en el centro del espacio había una escultura de mármol representando a una mujer con una jarra en la mano, desde la cual fluía agua hacia una fuente de piedra.
–Este es el vestíbulo principal –dijo Matías, haciendo un gesto para que Valeria entrara–. Originalmente, aquí recibían a sus invitados en las grandes fiestas que organizaban. Se dice que en los años dorados de la familia, nunca faltaban música, baile y comida en abundancia.
Valeria comenzó a tomar fotografías con una atención meticulosa, capturando cada detalle: los molduras del techo, los herrajes de las puertas, los reflejos de la luz en el mármol. Cada rincón de la mansión parecía tener una historia que contar, y ella se sentía atraída por la magia que envolvía el lugar.
–Sigue adelante –le dijo Matías, conduciéndola por un pasillo amplio que llevaba hacia el salón principal–. Esta es la sala más grande de la casa, y probablemente la que más trabajo nos ha costado restaurar.
Al abrir la puerta del salón, Valeria se quedó estática. El espacio era enorme, con techos altísimos adornados con frescos que representaban escenas de la vida de los dioses griegos. Las paredes estaban cubiertas de paneles de madera tallada, y en los extremos había dos chimeneas de mármol blanco con hogares que parecían haber sido usados recientemente. Las ventanas eran grandes y altas, permitiendo que la luz natural inundara el espacio, y las cortinas de terciopelo rojo estaban atadas a los lados con cordones de seda dorada.
–Se dice que aquí se tomaban las decisiones más importantes de la empresa de la familia –explicó Matías, caminando hacia el centro del salón–. También fue el lugar donde se celebraron los matrimonios de los miembros de la familia Fuentes durante tres generaciones. Hay una leyenda que dice que cualquier pareja que se una en este salón será bendecida con el amor eterno, pero también que si alguien traiciona a su pareja en estas paredes, la maldición de la familia caerá sobre ellos.
Valeria frunció el ceño, sintiendo un escalofrío recorrer su espalda. La historia le recordó demasiado a su propia situación con Diego, y por un momento tuvo que cerrar los ojos para evitar que las imágenes del pasado volvieran a atormentarla.
–¿Estás bien? –preguntó Matías, notando su cambio de expresión–. De repente te has puesto muy pálida.
–Sí, sí, estoy bien –respondió Valeria, forzando una sonrisa y sacando su cámara de nuevo–. Solo es que la historia me ha dado un poco de miedo. No soy muy aficionada a las leyendas de maldiciones y cosas por el estilo.
Matías se acercó a ella y la abrazó suavemente por los hombros. –No te preocupes –dijo, con una voz calmante–. Son solo historias que se cuentan para darle misterio al lugar. La verdad es que esta casa ha visto mucho amor a lo largo de los años, y creo que esa es la energía que realmente queda aquí.
Valeria se apoyó en su pecho por un momento, sintiendo la calidez de su cuerpo y el ritmo seguro de su corazón. En ese instante, deseó poder creer en lo que él decía, poder olvidar el pasado y dejar que el amor que comenzaba a sentir por Matías la llevara hacia un futuro mejor. Pero la sombra de Diego seguía presente en su mente, y la llamada que había recibido la noche anterior seguía resonando en sus oídos.
–Vamos, te mostraré el resto de la mansión –dijo Matías, cogiendo su mano y conduciéndola hacia otra puerta–. Hay algunas habitaciones que aún no hemos terminado de restaurar, pero creo que te interesarán mucho.
Recorrieron el primer piso, visitando el comedor principal con su mesa de roble capaz de albergar a veinte personas, la biblioteca con miles de libros antiguos guardados en estanterías de madera tallada, y la sala de música con un piano de cola de caoba que aún conservaba su brillo original. Valeria tomó decenas de fotografías, capturando la belleza de cada espacio y la historia que parecían guardar sus paredes.
Cuando llegaron al segundo piso, Matías se detuvo frente a una puerta de madera oscura con un candado de hierro antiguo. –Esta es la habitación que menos hemos tocado hasta ahora –explicó, sacando una llave especial de su bolsillo–. Perteneció a la hija menor de la familia, Isabel Fuentes. Se dice que ella se enamoró de un hombre pobre, un pintor que venía a trabajar en la mansión, pero su padre se opuso rotundamente al romance y la obligó a casarse con un hombre de su clase social. Isabel nunca pudo olvidar a su amor verdadero, y se dice que murió de tristeza en esta habitación, dejando una carta en la que prometía encontrar a su amado en otra vida.
Al abrir la puerta, encontraron un espacio lleno de polvo y telarañas, pero que aún conservaba su encanto original. La cama era de madera tallada con dosel de terciopelo azul, y las paredes estaban cubiertas de pinturas que parecían haber sido hechas por la misma persona. En la mesita de noche había un libro de poemas abierto y un jarrón con flores secas, y en una esquina de la habitación había un caballete con un lienzo sin terminar que representaba a una mujer con el pelo largo y los ojos llenos de tristeza.
Valeria se acercó al caballete, observando el cuadro con atención. Había algo en la mirada de la mujer que la conmovía profundamente, como si pudiera sentir la tristeza y la esperanza que ella había sentido cuando lo pintó. –Es hermoso –dijo, susurrando para no romper la magia del momento–. Puedo sentir la emoción que este pintor puso en cada trazo.
–Se dice que después de la muerte de Isabel, el pintor desapareció sin dejar rastro –continuó Matías, acercándose a ella y mirando el cuadro junto a ella–. Algunos creen que se fue a buscarla en el más allá, otros que se quedó viviendo en la mansión como un fantasma, esperando que algún día ella volviera.
Valeria sintió cómo sus ojos se llenaban de lágrimas. La historia de Isabel y su pintor la recordaba demasiado a sí misma, a cómo ella había tenido que dejar atrás su felicidad por culpa de la traición de Diego. Pero también vio en esa historia una chispa de esperanza: la creencia de que el amor verdadero puede sobrevivir incluso a la muerte, y que algún día los amantes separados podrán encontrarse de nuevo.
–Matías –dijo, volviéndose hacia él y mirándolo a los ojos–. Tengo que contarte algo. Algo que me pasó anoche, algo que he estado ocultando.
Matías la miró con atención, poniendo sus manos sobre sus hombros con ternura. –Puedes contarme cualquier cosa –dijo, con una voz cálida y segura–. Ya sea lo que sea, estaré aquí para ti.
Valeria respiró hondo y comenzó a hablar, contándole todo sobre Diego: cómo se habían conocido en una exposición de fotografía en Madrid, cómo habían vivido juntos durante dos años, cómo ella había descubierto que él estaba siendo infiel con una compañera de trabajo, cómo había decidido huir de España y venir a Perú para olvidarlo. También le contó sobre la llamada de la noche anterior, sobre cómo Diego estaba en Lima y le pedía que volviera con él.
Mientras hablaba, Valeria sintió cómo un peso que llevaba en su interior desde hacía meses comenzaba a desaparecer. Hablar de lo que había pasado con alguien que la escuchaba con atención y sin juzgarla le hacía sentir liberada, como si finalmente pudiera dejar atrás el pasado y mirar hacia adelante.
Matías la escuchó en silencio durante todo el relato, con una expresión seria y compasiva en el rostro. Cuando ella terminó de hablar, lo abrazó con fuerza, apretándola contra su cuerpo como si quisiera protegerla de todo el mal del mundo.
–Valeria, cariño –dijo, acariciándole el pelo con suavidad–. Lo siento mucho por todo lo que has pasado. Nadie debería tener que sufrir una traición como la que tú has vivido. Pero quiero que sepas que no tienes que enfrentarte a esto sola. Estoy aquí para ti, en lo que necesites. Si quieres hablar, si quieres llorar, si simplemente quieres que esté a tu lado, estaré ahí.
Valeria sintió cómo las lágrimas fluían libremente por sus mejillas, mojando la camisa de Matías. Había esperado tanto escuchar esas palabras, tanto sentir que alguien realmente se preocupaba por ella, que en ese momento no pudo evitar soltar todo el dolor y la tristeza que llevaba acumulada en su interior.
–También quiero que sepas algo más –continuó Matías, después de que ella hubiera calmado un poco sus lágrimas–. Desde el momento en que te vi en el mirador de Barranco, supe que eras alguien especial. No puedo explicarlo, pero siento una conexión contigo que nunca he sentido con nadie más. Quiero estar contigo, Valeria. Quiero construir algo contigo, algo basado en el respeto, la confianza y el amor verdadero. Pero no te voy a presionar. Entiendo que necesitas tiempo para procesar todo lo que has pasado, para decidir qué es lo que realmente quieres. Solo te pido que me des una oportunidad de demostrarte que no soy como él, que puedo amarte y cuidarte como te mereces.
Valeria levantó la cabeza para mirarlo a los ojos, viendo en ellos la sinceridad y el cariño que tanto necesitaba ver. Sabía que Matías era diferente de Diego, que él era un hombre honesto y bueno que realmente se preocupaba por ella. Pero también sabía que el miedo a volver a ser herida era muy fuerte, y que necesitaría tiempo para superarlo.
–Matías –dijo, secándose las lágrimas con la manga de su camisa–. Te quiero mucho, y creo que lo que sentimos el uno por el otro es real. Pero necesito tiempo. Necesito hablar con Diego, necesito cerrar ese capítulo de mi vida para poder abrir uno nuevo contigo. ¿Podrías esperarme?
–Por ti, haría cualquier cosa –respondió Matías, sonriendo con ternura y dándole un beso suave en la frente–. Tienes todo el tiempo que necesites. Solo prométeme que no te dejarás llevar por el pasado, que recordarás que mereces ser feliz.
Valeria asintió, abrazándolo de nuevo con fuerza. Sabía que el camino que tenía por delante no sería fácil, que tendría que enfrentarse a Diego y a sus propios miedos para poder tener un futuro con Matías. Pero por primera vez desde que había descubierto la traición de Diego, sintió que realmente tenía esperanza de encontrar la felicidad, de encontrar el amor verdadero que tanto había buscado.
Mientras se preparaban para salir de la habitación de Isabel, Valeria notó que en el lienzo sin terminar había algo escrito en la esquina inferior derecha. Se acercó para mirarlo con más atención y descubrió unas palabras escritas a lápiz: “Tengo esperanza de encontrarte otra vez”.
Se quedó boquiabierta, mirando las palabras y luego a Matías. –¿Has visto esto? –preguntó, señalando el lienzo–. Es el mismo título que le puse a una serie de fotografías que estoy preparando para la revista. Nunca se lo he contado a nadie, pero es el sentimiento que más he sentido desde que llegué a Perú.
Matías se acercó para ver las palabras, y su rostro se iluminó con una expresión de asombro y emoción. –Valeria –dijo, tomándola de la mano–. Creo que esto no es una casualidad. Creo que Isabel y su pintor están tratando de decirnos algo, de recordarnos que el amor verdadero siempre encuentra la manera de triunfar, incluso cuando todo parece estar en nuestra contra.
Valeria sintió cómo una sensación de calma y determinación invadía su cuerpo.




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