Valeria se despertó temprano esa mañana con la frase del lienzo todavía resonando en su mente: “Tengo esperanza de encontrarte otra vez”. Había pasado la noche en su hotel pensando en todo lo que había contado a Matías, en la promesa que le había hecho de hablar con Diego para cerrar ese capítulo de su vida. El café que acababa de preparar en la cafetera de su habitación humeaba sobre la mesita de noche, pero no tenía ganas de beberlo. Su estómago estaba apretado de nervios, y cada vez que miraba el número de teléfono que Diego le había dejado guardado en su móvil, sentía cómo se le aceleraba el corazón.
Después de darse una ducha y vestirse con jeans y una camiseta ligera –lo más cómodo que encontró en su maleta–, decidió que no podía seguir posponiendo el inevitable. Tomó su móvil, marcó el número y lo llevó a su oído, sintiendo cómo se le secaba la boca con cada tono que sonaba.
Al tercer tono, él contestó.
–Valeria –dijo su voz, cargada de emoción–. No creía que llamaras. He estado esperando tu llamada desde la noche pasada.
–Hola, Diego –respondió ella, tratando de mantener la voz firme–. Quiero hablar contigo. En persona. Necesitamos cerrar esto de una vez por todas.
–Claro, cariño –dijo él, con un tono de alivio–. ¿Dónde quieres que nos encontremos? Te puedo recoger en tu hotel si quieres.
–No –respondió Valeria rápidamente, sin querer que él supiera dónde se alojaba–. Podemos encontrarnos en la Plaza Mayor, en el café que está frente a la catedral. A las diez de la mañana.
–De acuerdo –dijo Diego–. Estaré allí esperándote. Te amo, Valeria.
Antes de que ella pudiera responder, él colgó la llamada. Valeria dejó el móvil sobre la cama y se apoyó en la pared, cerrando los ojos durante unos segundos. Sentía una mezcla de miedo, rabia y tristeza, pero también una chispa de determinación. Sabía que esta reunión sería difícil, pero era necesaria si quería seguir adelante con su vida, si quería tener una oportunidad con Matías.
A las nueve y cuarenta, salió de su hotel y tomó un taxi hacia la Plaza Mayor. El centro de Lima estaba lleno de vida a esa hora: turistas caminaban por las calles admirando los edificios coloniales, vendedores ofrecían souvenirs y comida típica, y los lugareños iban de camino a sus trabajos o a hacer sus compras. Valeria miró por la ventanilla del taxi, observando el ajetreo de la ciudad, tratando de distraerse de los nervios que la invadían.
Cuando llegó a la plaza, vio a Diego sentado en una mesa del café, con una taza de café frente a él y un ramo de rosas rojas sobre la mesa. Llevaba un traje oscuro y su cabello estaba peinado con esmero, igual que cuando se conocieron en Madrid. Al verla acercarse, se levantó de la silla con una sonrisa que en otro tiempo habría hecho que su corazón se derritiera, pero que ahora solo le producía una sensación de malestar.
–Valeria –dijo, abriéndole los brazos como si quisiera abrazarla–. Eres más hermosa que nunca.
Valeria se detuvo a un metro de distancia, evitando su abrazo. –Por favor, Diego –dijo, sentándose en la silla frente a él–. Vamos a hablar de lo importante. No quiero rodeos.
Diego asintió, aunque Valeria notó una sombra de decepción en su rostro. Se sentó de nuevo y puso las rosas sobre la silla a su lado.
–Estas son para ti –dijo, señalando las flores–. Sé que te gustan las rosas rojas. Siempre lo has hecho.
–Gracias –respondió Valeria, sin moverse para cogerlas–. Pero no es necesario. Vamos a hablar. Me dijiste por teléfono que habías cambiado, que habías dejado a esa mujer. ¿Es cierto?
Diego suspiró, apoyando sus codos sobre la mesa y juntando sus manos. –Sí, Valeria. Es completamente cierto. Cuando te fui a buscar a tu casa y te encontré con esa carta en la mesa, cuando vi el dolor en tus ojos, me di cuenta de lo mucho que te había hecho daño. Me di cuenta de que había perdido lo mejor que me había pasado en la vida. Dejé a Carla al día siguiente. He estado solo desde entonces, tratando de mejorar como persona, de entender por qué hice lo que hice.
–¿Por qué lo hiciste, Diego? –preguntó Valeria, sintiendo cómo las lágrimas comenzaban a acumularse en sus párpados–. ¿Cómo pudiste hacer esto después de todo lo que pasamos juntos? Después de las promesas que nos hicimos?
Diego bajó la mirada, y Valeria vio que sus ojos también estaban llenos de lágrimas. –No tengo excusas, Valeria. Ninguna. Fui un idiota, un cobarde. Me dejé llevar por la tentación, por la emoción de algo nuevo, y no me di cuenta de lo mucho que te amaba hasta que te perdí. Me arrepiento profundamente de todo lo que te hice pasar. No puedo pedirte que me perdones de inmediato, pero te pido que me des una oportunidad de demostrarte que he cambiado. De que puedo ser el hombre que siempre debería haber sido para ti.
Valeria cerró los ojos, tratando de ordenar sus pensamientos. Escuchar sus palabras de arrepentimiento la dolía y la conmovía a la vez. Había amado a Diego con toda su alma durante dos años, había creído que serían felices juntos para siempre, y la traición le había roto el corazón de una manera que nunca creyó poder sanar. Pero ahora, viéndolo ahí, con lágrimas en los ojos y hablando con sinceridad, una parte de ella quería perdonarlo, quería volver a ser la pareja que eran antes de que todo saliera mal.
Pero entonces recordó a Matías: su sonrisa cálida, sus manos seguras, la manera en que la escuchaba con atención y la hacía sentir especial. Recordó la sensación de conexión que habían sentido en la mansión, la frase que habían encontrado en el lienzo de Isabel Fuentes. Sabía que si perdonaba a Diego y volvía con él, estaría renunciando a la posibilidad de encontrar el amor verdadero con Matías. Y no estaba segura de estar dispuesta a hacerlo.
–Diego –dijo, abriendo los ojos y mirándolo a los rostro–. Te quiero, siempre lo he hecho. Y sé que parte de mí seguirá queriéndote. Pero la verdad es que no puedo volver a estar contigo. No puedo confiar en ti de nuevo, no puedo vivir con el miedo constante de que vuelvas a traicionarme. He pasado meses tratando de sanar las heridas que me causaste, y finalmente estoy empezando a sentir que puedo ser feliz de nuevo. Pero no contigo.
Diego levantó la mirada, y en sus ojos Valeria vio una mezcla de dolor y desesperación. –Por favor, Valeria –dijo, tendiendo la mano para tocar la suya–. No me condenes así. Te prometo que haré todo lo posible para ganarme tu confianza de nuevo. Te llevaré a viajar por el mundo, te compraré la cámara fotográfica que siempre has querido, haremos todas las cosas que siempre soñamos hacer juntas. Solo dame una oportunidad.
Valeria retiró su mano antes de que él pudiera tocarla. –No es cuestión de cosas materiales, Diego –dijo, con la voz un poco más firme–. Es cuestión de confianza, de respeto, de amor verdadero. Tú me fallaste en todo eso. Y aunque sé que te arrepientes, no puedo volver a poner mi corazón en riesgo. Necesito cerrar este capítulo de mi vida para poder abrir uno nuevo. Espero que algún día puedas entenderlo y encontrar la felicidad que mereces con alguien más.
Diego se quedó en silencio durante varios minutos, mirándola con los ojos llenos de tristeza. Finalmente, asintió lentamente, con una expresión de resignación en el rostro.
–Entiendo, Valeria –dijo, con la voz quebrándose un poco–. No merezco tu perdón, y sé que no tengo derecho a pedirte que te quedes conmigo. Solo quiero que sepas que te amo, y que siempre te llevaré en mi corazón. Espero que encuentres la felicidad que buscas. Te la mereces.
Valeria sintió cómo las lágrimas fluían libremente por sus mejillas. A pesar de todo lo que había pasado, ver a Diego así la dolía profundamente. Se levantó de la silla y se acercó a él, dándole un abrazo suave y corto.
–También te deseo lo mejor, Diego –dijo, susurrando en su oído–. Espero que puedas aprender de tus errores y encontrar a alguien que te ame como te mereces.
Después de soltarlo, Valeria cogió su bolso y se dirigió hacia la salida del café. Antes de salir, se volvió para mirarlo una vez más. Él seguía sentado en la mesa, con la cabeza baja y las manos apoyadas sobre la mesa. Sabía que esta sería la última vez que lo vería, y aunque era doloroso, también sentía una sensación de alivio. Finalmente había cerrado el capítulo del pasado, y ahora podía mirar hacia adelante con esperanza.
Cuando salió al exterior, el sol brillaba con fuerza sobre la Plaza Mayor, y el aire estaba lleno del sonido de la gente y el aroma de la comida típica. Valeria sacó su móvil y marcó el número de Matías, esperando con ansias escuchar su voz.
–Hola, cariño –respondió él después de dos tonos–. ¿Cómo te fue? He estado pensando en ti todo el tiempo.
–Está bien –respondió Valeria, sintiendo cómo una sonrisa aparecía en su rostro–. Lo he terminado con Diego. Finalmente he podido cerrar ese capítulo de mi vida.
–¡Valeria, eso es maravilloso! –dijo Matías, con la voz llena de emoción–. Me alegro mucho por ti. ¿Dónde estás ahora? Quiero verte, quiero abrazarte.
–Estoy en la Plaza Mayor –dijo ella–. Cerca del café frente a la catedral.
–Espérame ahí –dijo Matías–. Llegó en unos quince minutos. No puedo esperar a verte.
Mientras esperaba, Valeria se sentó en un banco de la plaza, observando la gente que pasaba y disfrutando de la sensación de libertad que la invadía. Por primera vez desde hacía un año, se sentía realmente libre, lista para empezar una nueva etapa en su vida. Sabía que el camino no sería fácil, que habría momentos en los que el recuerdo del pasado la atormentaría, pero también sabía que tenía a Matías a su lado, y que juntos podrían superar cualquier obstáculo.
Quince minutos después, vio a Matías corriendo hacia ella por la plaza, con una sonrisa enorme en el rostro. Cuando llegó a su lado, la cogió en sus brazos y la levantó del suelo, girándola alrededor mientras ella reía de felicidad.
–Estoy tan orgulloso de ti –dijo, bajándola suavemente y mirándola a los ojos–. Sé lo difícil que debe haber sido, pero lo hiciste. Ahora podemos empezar de verdad, Valeria. Juntos.
Valeria sonrió, poniendo sus manos en su rostro y acercando sus labios a los suyos para darle un beso largo y apasionado. En ese momento, en medio de la Plaza Mayor de Lima, rodeada de gente y de la historia de la ciudad, sintió que había encontrado realmente lo que buscaba: el amor verdadero, la felicidad y la esperanza de un futuro mejor.
Después del beso, Matías cogió su mano y la condujo hacia un pequeño callejón que llevaba a un mercado local. –Quiero llevarte a conocer un lugar especial –dijo, sonriendo–. Creo que te gustará mucho.
El mercado estaba lleno de puestos que ofrecían desde comida típica peruana hasta artesanías hechas a mano por artistas locales. El aire estaba cargado de aromas deliciosos: ceviche, lomo saltado, anticuchos, y otros platos que Valeria había escuchado hablar pero nunca había probado. Matías la llevó hasta un puesto pequeño en el rincón del mercado, donde una señora mayor preparaba ceviche en una mesa de madera.
–Esta es Doña Rosa –explicó Matías–. Hace el mejor ceviche de toda Lima. La conocí cuando empecé a trabajar en la mansión, y desde entonces vengo aquí cada vez que quiero comer algo rico y auténtico.
Doña Rosa sonrió al ver a Matías, y luego miró a Valeria con una expresión cálida y amable. –Ah, ya veo –dijo, con una sonrisa juguetona–. Esta debe ser la chica de la que siempre hablas, mijo. Es muy bonita. Te va muy bien juntos.
Valeria se sonrojó, mientras Matías se pellizcaba la nariz con timidez. –Doña Rosa, siempre exageras –dijo, pero su sonrisa delataba su emoción–. Por favor, prepara dos porciones de tu mejor ceviche. Hoy es un día especial.
Mientras esperaban que Doña Rosa preparara la comida, Matías la llevó a recorrer el resto del mercado, mostrándole los diferentes puestos y explicándole sobre las artesanías y los productos típicos. Valeria sacó su cámara fotográfica y comenzó a tomar fotografías, capturando la alegría de los vendedores, los colores vibrantes de los productos y la atmósfera única del lugar.
Cuando volvieron al puesto de Doña Rosa, la señora les sirvió dos grandes porciones de ceviche en platos de cerámica artesanal, acompañados de choclo, camote asado y una bebida refrescante hecha de maracuyá. Valeria probó un bocado y sintió cómo sus papilas gustativas se iluminaban de placer. Era el mejor plato que había probado en su vida.
–Está delicioso –dijo, mirando a Matías con los ojos brillantes–. ¿Cómo es posible que haya vivido tanto tiempo sin probar algo así?
Matías sonrió, tomando un bocado de su propia porción. –Porque nunca habías venido a Perú antes, mi amor –dijo–. Pero ahora que estás aquí, te voy a enseñar todo lo bueno que tiene este país. Todo lo bueno que tiene nuestra cultura, nuestra comida, nuestra gente. Y espero que quieras quedarte aquí conmigo, para siempre.
Valeria se detuvo un momento, mirándolo a los ojos. Sabía que él estaba hablando en serio, que estaba preguntándole si consideraba la posibilidad de quedarse en Perú con él. Había venido a Lima con la intención de quedarse solo unos meses para realizar el reportaje de la revista, pero ahora, después de conocer a Matías y de sentir la conexión que tenían, se preguntaba si realmente quería volver a España.
–Matías –dijo, tomándolo de la mano sobre la mesa–. No sé qué va a pasar en el futuro, no sé si podré quedarme aquí para siempre. Pero lo que sí sé es que quiero estar contigo, que quiero construir algo juntos. Sea donde sea que la vida nos lleve, quiero que estemos juntos.
Matías sonrió, apretando su mano con fuerza. –Eso es todo lo que necesito escuchar –dijo–. El futuro se construye día a día, juntos. Y mientras estemos juntos, sé que podremos hacer cualquier cosa.
Después de comer, Matías la llevó a dar un paseo por el centro histórico de Lima, mostrándole los edificios más emblemáticos de la ciudad y contándole sobre su historia. Valeria tomó decenas de fotografías, capturando la belleza de los edificios coloniales, la alegría de la gente que caminaba por las calles y la magia que envolvía el lugar. Cada imagen que tomaba era una forma de plasmar la felicidad que sentía en ese momento, de recordar siempre este día en que había cerrado el pasado y abierto las puertas al futuro.
Cuando el sol comenzó a ponerse, tiñendo el cielo de tonos naranjas y rosas, Matías la llevó hasta un mirador con vistas a la ciudad. Se abrazaron mientras veían cómo la luz desaparecía poco a poco y las luces de la ciudad comenzaban a encenderse una por una.
–Valeria –dijo Matías, separándose un poco para mirarla a los ojos–. Tengo algo que quiero preguntarte. No es lo que puedas estar esperando, no es tan pronto para eso. Pero quiero que sepas lo importante que eres para mi.
Editado: 17.02.2026