El sol aún no había salido cuando Valeria se despertó esa mañana, pero ya sentía la emoción de lo que el día traería consigo. Había pasado la noche en la casa de Matías –una pequeña pero acogedora departamento en Miraflores, con vistas al océano– y había dormido mejor que en meses. El sentimiento de seguridad que le daba estar en sus brazos era algo que nunca había experimentado antes, y cada vez que abría los ojos y veía su rostro tranquilo a su lado, sentía cómo su corazón se llenaba de gratitud y amor.
Matías aún dormía profundamente, con la cabeza apoyada sobre su brazo y los labios entreabiertos en una sonrisa suave. Valeria se apoyó sobre su codo para mirarlo mejor, dibujando con el dedo las líneas de su rostro, memorizando cada detalle como si quisiera guardarlo para siempre en su memoria. Sabía que había tomado la decisión correcta al cerrar el capítulo con Diego, que con Matías había encontrado algo real, algo que valía la pena luchar por ello.
Después de unos minutos, decidió levantarse para preparar el desayuno. Se vistió con cuidado para no despertarlo, puso una taza de café para él en la cafetera y comenzó a preparar pan tostado con aguacate y huevos revueltos –un desayuno típico peruano que Matías le había enseñado a preparar y que ahora adoraba. Mientras cocinaba, pensaba en el proyecto de la revista: había tomado muchas fotografías en los últimos días, tanto de Barranco como del centro histórico y de la mansión Casa de los Mármolos, y estaba segura de que el reportaje sería un éxito.
Cuando terminó de preparar el desayuno, oyó los pasos de Matías que bajaba las escaleras. Se giró y lo encontró apoyado en el umbral de la cocina, con los ojos aún medio cerrados por el sueño pero con una sonrisa enorme en el rostro.
–Buenos días, mi amor –dijo él, acercándose para darle un beso suave en los labios–. Hueles delicioso, y la comida también parece espectacular.
–Buenos días, durmiente –respondió Valeria, riendo suavemente–. Me alegro de que te hayas despertado. Tenemos un día muy importante por delante. Hoy vas a mostrarme las nuevas áreas de la mansión que han estado restaurando, ¿no es así?
–Así es –dijo Matías, sentándose en la mesa del comedor–. Hemos hecho mucho progreso en las últimas semanas, especialmente en las áreas del sótano que estaban completamente abandonadas. Creo que te sorprenderás mucho de lo que hemos encontrado allí.
Valeria sirvió el desayuno mientras él hablaba, escuchando con atención cada palabra. Había quedado fascinada por la historia de la mansión desde el primer día que la había visto, y la idea de descubrir nuevos secretos en sus paredes la emocionaba profundamente.
Después de desayunar, se prepararon para ir a la Casa de los Mármolos. Matías le contó que el equipo de restauración había encontrado un pasadizo oculto en una de las paredes del sótano unos días antes, y que aún no habían tenido tiempo de explorarlo completamente. La noticia hizo que Valeria se pusiera los pelos de punta de emoción; la idea de descubrir un espacio que había permanecido cerrado durante más de un siglo era irresistible para alguien como ella, a quien le encantaba capturar historias a través de sus fotografías.
Cuando llegaron a la mansión, el equipo de trabajadores ya estaba allí, preparándose para comenzar la jornada. El jefe de obra, un hombre corpulento de nombre Roberto, se acercó a ellos con una expresión seria en el rostro.
–Matías, Valeria –dijo, saludándolos con un movimiento de cabeza–. Esperaba que vinieran temprano. El pasadizo que encontramos la semana pasada tiene algo que creo que deberían ver. Es algo... inesperado.
Matías frunció el ceño, preocupado por la expresión de Roberto. –¿Qué pasa? –preguntó–. ¿Ha habido algún problema?
–No, no es un problema –respondió Roberto, sacudiendo la cabeza–. Es más bien... algo que nos ha dejado todos sin palabras. Vengan conmigo, se lo mostraré.
Los condujo por el pasillo principal hasta una puerta que llevaba al sótano. La escalera que descendían era estrecha y oscura, y el aire estaba cargado de un olor a humedad y polvo que recordaba a los lugares antiguos. Valeria agarró la mano de Matías con fuerza, sintiendo una mezcla de miedo y emoción.
Cuando llegaron al sótano, Roberto encendió una linterna y los condujo hasta una esquina del espacio enorme, donde una parte de la pared había sido desmontada para revelar un pequeño pasadizo oscuro.
–Tuvimos que romper parte de la pared para poder entrar –explicó Roberto–. Estaba sellada con ladrillos y mortero, y parece que no había sido abierta desde que la mansión fue construida. Cuidado con el suelo, está un poco resbaladizo.
Matías entró primero, llevando su propia linterna, y luego ayudó a Valeria a pasar por el pequeño agujero en la pared. Dentro, encontraron un pasadizo estrecho que llevaba hacia adentro de la pared del edificio. El aire era más fresco allí, y se podía oír el sonido suave del agua goteando en alguna parte.
Después de unos metros de caminar doblándose para no golpearse la cabeza con el techo bajo, llegaron a una pequeña habitación cuadrada, con paredes de piedra y un suelo de tierra compactada. En el centro del espacio había una mesa de madera antigua, y sobre ella había varios objetos cubiertos con telas oscuras. En las paredes había estanterías llenas de libros, cuadernos y papeles amarillentos por el paso del tiempo.
–Dios mío –susurró Valeria, sacando su cámara fotográfica aunque sabía que en la oscuridad las imágenes no saldrían bien–. ¿Qué es esto?
–Parece ser algún tipo de estudio o despacho secreto –dijo Matías, acercándose a la mesa con cuidado–. Probablemente perteneció a algún miembro de la familia Fuentes. Vamos a ver qué hay aquí.
Con mucho cuidado, levantaron las telas que cubrían los objetos de la mesa. Encontraron varias botellas de vino antiguo, algunos vasos de cristal tallado, un juego de ajedrez de madera y, lo que más les llamó la atención, un cuaderno de tapa dura con el título “Diario de Isabel Fuentes” escrito en letras doradas en la portada.
Valeria se quedó boquiabierta. Isabel Fuentes era la joven cuya habitación habían visitado semanas antes, la que se había enamorado del pintor pobre y había muerto de tristeza. El diario podría contener pistas sobre su vida, sobre su amor y sobre los secretos que la familia había guardado durante generaciones.
–Tenemos que abrirlo –dijo Matías, tomando el cuaderno con manos temblorosas–. Pero tenemos que hacerlo con mucho cuidado, el papel debe estar muy frágil.
Se sentaron en el suelo junto a la mesa, y Matías abrió el diario con mucho cuidado. Las páginas estaban amarillentas y algunas estaban rotas por el paso del tiempo, pero la escritura era clara y legible. Comenzaron a leer la primera entrada, fechada en enero de 1895.
“Hoy cumplí dieciocho años, y mi padre me ha anunciado que he de casarme con don Fernando de la Cruz, el hijo de nuestro socio en el negocio de la plata. No lo quiero, no puedo casarme con un hombre a quien no amo. Conozco su reputación: bebe demasiado, trata mal a las personas que considera inferiores a él, y solo se interesa por mi dinero y mi posición social. Pero mi padre dice que es una buena partida, que nos unirá aún más a la familia de la Cruz y fortalecerá nuestro imperio comercial. No sé qué hacer. Solo pienso en él, en el pintor que viene a trabajar en la mansión todos los días. Su nombre es Alejandro, y tiene los ojos más bonitos que he visto en mi vida. Cuando me mira, siento como si el mundo entero desapareciera y solo quedáramos nosotros dos.”
Valeria sintió cómo se le llenaban los ojos de lágrimas mientras leía las palabras de Isabel. La historia de la joven era aún más triste de lo que habían creído, y el dolor que sentía por ella era profundo. Continuaron leyendo, descubriendo más detalles sobre su relación con Alejandro: cómo se veían en secreto en el jardín de la mansión, cómo él le pintaba retratos en la habitación que más tarde sería suya, cómo prometían escaparse juntos y vivir una vida de amor y libertad.
Pero también descubrieron algo que no esperaban: la familia de Isabel no solo se oponía al romance porque Alejandro era pobre, sino porque había un secreto oscuro que la familia había guardado durante años. Según el diario, los Fuentes habían hecho fortuna no solo con el comercio de algodón y plata, sino también con tráfico de arte robado durante las guerras europeas. Alejandro había descubierto el secreto mientras trabajaba en la mansión, y la familia temía que lo revelara si se casaba con Isabel.
“Mi padre me ha dicho que si sigo insistiendo en casarme con Alejandro, él hará que desaparezca –leía Matías en voz baja, con la voz cargada de emoción–. Me ha mostrado documentos que prueban que él y sus hombres han hecho desaparecer a otras personas que han intentado revelar nuestros secretos. Temo por la vida de Alejandro, pero no puedo dejarlo. Lo amo más que a mi propia vida, y estoy dispuesta a hacer cualquier cosa por estar con él.”
La última entrada del diario estaba fechada en septiembre de 1895, pocos días antes de que Isabel muriera.
“Hemos decidido escapar esta noche. Alejandro me ha dicho que tiene un plan, que hemos de reunir las pruebas del tráfico de arte y llevarlas a las autoridades antes de irnos lejos de aquí. Promete que una vez que la verdad salga a la luz, mi padre no podrá hacer nada para detenernos. Tengo esperanza de que esto funcione, de que podamos estar juntos y vivir la vida que siempre hemos soñado. Si algo nos pasa, espero que algún día alguien encuentre este diario y sepa la verdad sobre nuestra historia, sobre el amor que sentimos el uno por el otro y sobre los secretos que mi familia ha guardado en estas paredes. Tengo esperanza de encontrarte otra vez, mi amor, en esta vida o en la otra.”
Valeria y Matías se quedaron en silencio durante varios minutos después de leer la última entrada, procesando la información que habían descubierto. La historia de Isabel y Alejandro era mucho más compleja de lo que habían imaginado, y el secreto de la familia Fuentes podía cambiar todo lo que se sabía sobre la mansión y su legado.
–Tenemos que hacer algo al respecto –dijo Valeria, mirándolo a los ojos–. No podemos dejar que estos secretos sigan ocultos. La familia Fuentes hizo mucho daño a muchas personas, y Alejandro probablemente fue víctima de sus acciones. Debemos revelar la verdad.
–Estoy de acuerdo –respondió Matías, cerrando el diario con cuidado–. Pero tenemos que hacerlo con mucho cuidado. La familia de la Cruz todavía tiene mucho poder en la ciudad, y si descubren que hemos encontrado esto, podría ser peligroso para nosotros. Primero tenemos que reunir todas las pruebas, revisar los demás papeles que hay aquí y asegurarnos de que tenemos todo lo necesario para presentar la información a las autoridades.
Decidieron pasar el resto del día en la pequeña habitación secreta, revisando los libros y papeles que habían encontrado en las estanterías. Valeria tomó fotografías de todo con su cámara, usando el flash para iluminar el espacio oscuro, mientras Matías registraba cada objeto en una libreta que había traído consigo.
Entre los papeles encontraron documentos que confirmaban lo que había escrito Isabel en su diario: facturas de compra de arte robado, cartas entre miembros de la familia Fuentes y traficantes europeos, y hasta listas de personas que habían intentado revelar el secreto y que habían sido silenciadas. También encontraron varios retratos pintados por Alejandro, todos ellos de Isabel, mostrándola en diferentes momentos y con expresiones que revelaban el amor y la tristeza que sentía.
Uno de los retratos era particularmente emocionante: mostraba a Isabel y a Alejandro abrazados en el jardín de la mansión, con la puerta de la habitación secreta abierta en el fondo. En la esquina inferior derecha del cuadro, había escrito la misma frase que habían encontrado en el lienzo sin terminar de la habitación de Isabel: “Tengo esperanza de encontrarte otra vez”.
–Es como si supieran que algún día alguien encontraría esto –dijo Valeria, mirando el retrato con los ojos llenos de lágrimas–. Como si quisieran que su historia fuera contada, que la verdad saliera a la luz.
–Creo que tienes razón –respondió Matías, tomándola de la mano–. Y nosotros seremos los encargados de hacerlo. Pero primero tenemos que asegurarnos de que estamos a salvo, de que podemos presentar esta información sin poner en peligro nuestras vidas ni las de los demás.
Cuando comenzaron a hacer la oscuridad, decidieron regresar a la superficie. Roberto y el resto del equipo de trabajadores los estaban esperando con preocupación en el sótano.
–Están bien? –preguntó Roberto, acercándose a ellos con una expresión ansiosa–. Pasaron mucho tiempo adentro, pensamos que algo les había pasado.
–Estamos bien –respondió Matías, sonriendo para tranquilizarlo–. Hemos encontrado algo muy importante, Roberto. Algo que cambiará la historia de esta mansión para siempre. Pero necesitamos que nos ayudes a mantenerlo en secreto por ahora, hasta que podamos reunir todas las pruebas y presentar la información a las autoridades correspondientes.
Roberto asintió con seriedad, comprendiendo la gravedad de la situación. –Claro, jefe –dijo–. Cuenten conmigo y con todo el equipo. Haremos lo que sea necesario para ayudarles.
Matías agradeció a Roberto y al equipo, y luego condujo a Valeria de regreso a su departamento. Durante el camino, ambos estaban callados, pensando en todo lo que habían descubierto, en la historia de Isabel y Alejandro, y en lo que tendrían que hacer a continuación.
Cuando llegaron a casa, Valeria se fue directo a la cocina para preparar algo de comer, mientras Matías llamaba a un amigo suyo que trabajaba como abogado en Lima, para contarle sobre el descubrimiento y pedirle consejo sobre cómo proceder.
Mientras cocinaba, Valeria no pudo evitar pensar en su propia historia, en cómo ella también había tenido que luchar por su amor, por superar la traición del pasado y encontrar la felicidad con Matías. Sentía una conexión especial con Isabel, como si la joven la estuviera guiando, como si quisiera que ella fuera la encargada de contar su historia y de asegurar que su amor no hubiera sido en vano.
Después de hablar con su amigo el abogado, Matías se unió a ella en la cocina, abrazándola por detrás mientras ella terminaba de preparar la cena.
–Mi amigo dice que tenemos que actuar con mucho cuidado –explicó él, acariciándole el pelo con suavidad–. Primero tenemos que hacer copias de todos los documentos y fotografías, guardarlos en un lugar seguro. Luego tenemos que contactar con las autoridades culturales y con la policía, presentarles la información y dejar que ellos hagan su trabajo. También tenemos que estar preparados para que la familia de la Cruz intente hacer algo para silenciarnos, así que tendremos que tomar medidas de seguridad.
Valeria asintió, girándose en sus brazos para mirarlo a los ojos. –Estoy dispuesta a hacer lo que sea necesario –dijo, con determinación en la voz–. Isabel y Alejandro merecen que su historia sea conocida, que la verdad salga a la luz. Y además, esto podría ayudar a transformar la mansión en algo más que un simple museo: podría convertirse en un lugar de memoria, en un recordatorio de que el amor verdadero vale la pena luchar por él, y que los secretos nunca deben permanecer ocultos.
Matías sonrió, dándole un beso suave en los labios. –Te amo, Valeria –dijo–. No solo por tu belleza o por tu talento como fotógrafa, sino por tu valentía y tu sentido de la justicia. Estoy muy orgulloso de ti.
–Yo también te amo, Matías –respondió ella, abrazándolo con fuerza–. Y sé que juntos podemos hacer esto, que podemos cumplir el deseo de Isabel y Alejandro de que su historia sea contada.
Mientras cenaban juntos en la pequeña mesa del comedor, con las luces bajas y el sonido suave de la música en el fondo, Valeria sintió una sensación de paz y determinación que nunca antes había experimentado. Sabía que el camino que tenían por delante no sería fácil.
Editado: 17.02.2026