(28 años y 25 años)
Susanne
Siempre pensé que la química era una ciencia profundamente injusta.
En el colegio me gustaba escuchar a los profesores hablar sobre reacciones, moléculas y elementos, pero jamás logré comprender por qué algunas sustancias podían pasar años coexistiendo sin producir absolutamente nada y otras, en cambio, necesitaban apenas unos segundos para alterarse mutuamente para siempre. Me parecía absurdo. Arbitrario. Incluso cruel. Años después descubrí que el amor funciona exactamente igual y que, desafortunadamente para mí, nadie me había advertido que un hombre cubierto de polvo de construcción podía convertirse en la reacción más importante de toda mi vida.
Aquella mañana comenzó como cualquier otra.
Mi padre había insistido durante semanas en que lo acompañara a una de las nuevas obras de la constructora. Según él, si algún día iba a heredar parte de la empresa familiar, necesitaba aprender a diferenciar entre una excavadora y una grúa, aunque yo seguía convencida de que ambas parecían máquinas gigantes diseñadas específicamente para aplastar mis ganas de madrugar.
Recuerdo que aquella mañana llevaba un conjunto color crema ridículamente elegante para una visita a una obra. Mi padre me lo señaló en cuanto me vio salir de casa.
—Susane, si uno de los trabajadores te ve aparecer así, va a pensar que te equivocaste de edificio y terminaste en una pasarela.
—Perfecto. Quizás alguno me adopte y me libre de esta reunión.
—Te pareces demasiado a tu madre cuando haces esos comentarios.
—Eso es porque ella era la inteligente de la relación.
Mi padre soltó una carcajada mientras negaba con la cabeza. Era una reacción habitual cuando estábamos juntos. A pesar de que dirigía una de las constructoras más importantes de la ciudad, conmigo seguía comportándose como el hombre que me enseñó a montar bicicleta y me llevaba helado después del trabajo.
El trayecto hasta la obra transcurrió entre explicaciones financieras que fingí escuchar y bromas sobre mi absoluta incapacidad para interesarme por el hormigón. Cuando finalmente llegamos, el sonido de las máquinas, los camiones y las herramientas llenó el aire. Todo parecía moverse al mismo tiempo. Hombres con cascos caminaban de un lado a otro cargando planos, supervisando materiales o dando instrucciones.
Y en medio de todo aquel caos ocurrió algo extraño.
Me quedé quieta.
Completamente quieta.
—¿Qué ocurre? —preguntó mi padre mientras seguía caminando.
No respondí inmediatamente.
Porque acababa de verlo.
A varios metros de distancia, junto a una estructura de acero que apenas comenzaba a levantarse, había un hombre revisando unos documentos mientras hablaba con otros trabajadores. El casco ocultaba parte de su cabello oscuro, pero no podía esconder lo absurdamente atractivo que era. Era alto. Mucho más alto que la mayoría de los hombres que lo rodeaban. Tenía los hombros anchos de alguien acostumbrado al esfuerzo físico y una postura relajada que parecía desafiar todo el ruido a su alrededor.
Pero no fue eso lo que llamó mi atención.
Fue la manera en que los demás lo escuchaban.
Porque incluso desde la distancia resultaba evidente que lo respetaban.
No imponía autoridad.
La inspiraba.
—Papá. —murmuré.
—¿Mhm?
—¿Quién es ese?
Mi padre siguió la dirección de mi mirada y una sonrisa lenta apareció en su rostro.
Una sonrisa que, años después, aprendería a temer.
—Ah.
—¿Ah qué?
—Nada.
—Papá.
—Marc Cross.
El nombre no significó nada para mí en aquel momento.
No todavía.
—¿Y por qué sonríes así?
—Porque conozco esa cara.
—¿Qué cara?
—La misma que puso tu madre la primera vez que me vio.
—No seas ridículo.
—Jamás.
Aquello me hizo poner los ojos en blanco, pero, para mi desgracia, también me hizo volver a mirar a Marc.
Error.
Gravísimo error.
Porque la segunda vez fue peor.
Mucho peor.
Justo en ese instante alguien le dijo algo que no alcancé a escuchar y él soltó una carcajada. Una carcajada auténtica. De esas que transforman por completo un rostro. Su cabeza se inclinó ligeramente hacia atrás y, durante unos segundos, pareció olvidarse de todo lo que ocurría a su alrededor.
Y Dios.
Aquello debería haber sido ilegal.
—Deja de mirarlo. —dijo mi padre.
—No lo estoy mirando.
—Susanne.
—Estoy observando el entorno laboral.
—Claro.
—Es una habilidad importante para los negocios.
—Tu madre también decía eso.
—Porque era una mujer sabia.
Mi padre volvió a reír.
Pero entonces añadió algo que permanecería conmigo durante años.
—Es uno de los mejores empleados que tenemos.
La forma en que lo dijo me hizo volver a prestarle atención.
—¿Tan bueno es?
—Más de lo que crees.
—Eso suena específico.
Mi padre permaneció unos segundos observando a Marc antes de responder.
—Hay personas que nacen con buenos cimientos y construyen cosas extraordinarias sobre ellos. Y luego están las personas que nacen sobre ruinas y aun así consiguen levantar algo hermoso.
No entendí completamente aquellas palabras en ese momento.
Pero años después lo haría.
Porque nadie conocía mejor que mi padre la importancia de los cimientos.
Y Marc Cross estaba construido sobre algunos bastante dañados.
Lo que yo todavía no sabía era que estaba observando al hombre que me enseñaría la diferencia entre amar a alguien y salvarlo.
Y que esas dos cosas, aunque parezcan similares, jamás son lo mismo.