The Chemistry of Letting You Go

NONREACTIVE

Marc

(25 años)

Siempre me gustó pensar que los Huracanes éramos una anomalía estadística.

Cinco tipos completamente diferentes que, por alguna razón que nadie entendía, habían logrado mantenerse unidos durante años. La mayoría de los grupos terminaban rompiéndose después de la universidad. Algunos por trabajo. Otros por parejas. Otros simplemente porque la vida ocurría. Nosotros seguíamos apareciendo en las mismas mesas, en los mismos bares y en las mismas fotografías, aunque cada año pareciéramos un poco más cansados que el anterior.

Aquella noche no era diferente.

Luke estaba discutiendo con el televisor como si los jugadores pudieran escucharlo. Kenji se quejaba de un cliente imposible. Caspian fingía que no estaba mirando el teléfono cada dos minutos esperando un mensaje de Summer. Y yo... bueno, yo hacía lo que mejor sabía hacer: burlarme de todos.

—¿Sabes cuál es tu problema? —le dije a Caspian mientras señalaba su móvil—. Que llevas exactamente siete minutos revisando si Summer te escribió y ya pareces un adicto en abstinencia.

—No estoy esperando ningún mensaje.

—Claro que no.

—No lo estoy.

—Acabas de mirar la pantalla otra vez.

Luke soltó una carcajada tan fuerte que casi derramó la cerveza.

—Marc tiene razón. Es patético.

—Tú te callas —respondió Caspian.

—No puedo. Soy una persona libre.

Aquello provocó otra ronda de risas. Era fácil cuando estábamos juntos. Con ellos todo parecía sencillo. Los problemas existían, claro, pero durante unas horas quedaban suspendidos en algún lugar lejano. Los Huracanes siempre habían funcionado así. Como una pausa entre una batalla y la siguiente.

Quizás por eso me gustaba tanto estar con ellos.

Porque cuando regresaba a casa el silencio volvía.

Y yo odiaba el silencio.

La noche continuó avanzando entre tragos, bromas y conversaciones absurdas. En algún momento Luke desapareció con una chica que juraba ser cantante. Kenji se marchó porque tenía una reunión temprano. Caspian recibió finalmente un mensaje de Summer y dejó de fingir que no estaba esperando uno.

Yo me quedé.

Porque no tenía prisa.

Nunca tenía prisa.

Y fue entonces cuando apareció ella.

No recuerdo exactamente qué llevaba puesto.

Ni siquiera recuerdo cómo comenzó la conversación.

Solo recuerdo que era bonita.

Muy bonita.

Lo suficiente para captar mi atención durante unas horas.

Y en aquel momento eso parecía más que suficiente.

La música seguía sonando cuando llegamos a su apartamento. Había velas encendidas sobre una estantería, una manta abandonada sobre el sofá y varias fotografías familiares repartidas por el salón. Aquello debió haberme dicho algo sobre ella. Algo importante. Pero yo nunca prestaba atención a esas cosas.

Era más fácil así.

Más cómodo.

Más seguro.

Porque cuando no conoces realmente a alguien, tampoco puedes perderlo.

Aquella había sido mi filosofía durante años.

Y hasta entonces había funcionado bastante bien.

Todo iba perfectamente hasta que dejó de hacerlo.

Siempre ocurría igual.

Era casi un talento.

La chica estaba sonriendo mientras se acomodaba el cabello detrás de una oreja y me observaba desde el borde de la cama.

—Ha sido una buena noche.

—Sí.

—Me gustó conocerte.

—A mí también.

Y entonces llegó la frase.

La frase que siempre arruinaba todo.

—¿Quieres mi número?

Sentí el impulso inmediato de salir corriendo.

Literalmente.

Porque aquello cambiaba las reglas.

Un número significaba una segunda cita.

Una segunda cita significaba expectativas.

Las expectativas significaban compromiso.

Y el compromiso...

Bueno.

Nunca había sido exactamente mi especialidad.

—Podríamos salir algún día —continuó ella sonriendo—. Hay un restaurante que me gusta mucho cerca del puerto.

Asentí.

Sonreí.

Fingí considerar la idea.

Y mientras ella hablaba sobre aquel restaurante, yo ya estaba buscando mi camiseta con la mirada.

Aquello era ridículo.

Lo sé ahora.

Pero en aquel momento parecía completamente razonable.

Diez minutos después me estaba vistiendo a toda velocidad.

Ella intentó disimular su decepción.

Yo intenté fingir que no la veía.

Ninguno de los dos hizo un gran trabajo.

—¿Te vas? —preguntó finalmente.

—Tengo trabajo temprano.

Mentira.

—Es sábado.

Maldita sea.

—Costumbre.

Aquello no tenía sentido.

Los dos lo sabíamos.

Pero ya era demasiado tarde para retroceder.

Porque Marc Cross era muchas cosas.

Mentiroso ocasional.

Cobarde profesional.

Experto en huidas emocionales.

Y aquella noche no fue diferente.

Tomé mis llaves, me despedí rápidamente y salí del apartamento antes de que pudiera hacer otra pregunta.

Antes de que pudiera pedir algo más.

Antes de que pudiera conocerme realmente.

Mientras conducía hacia casa con las ventanas abiertas y el aire frío golpeándome el rostro, pensé brevemente en lo absurdo de todo aquello.

La mayoría de las personas buscaban conexiones.

Yo pasaba la vida escapando de ellas.

Y aun así seguía convencido de que estaba haciendo lo correcto.

Porque las relaciones terminaban mal.

Las personas se marchaban.

Las promesas se rompían.

Lo había visto toda mi vida.

En mi casa.

En mis padres.

En cada discusión.

En cada silencio.

En cada puerta cerrada.

Así que sí.

Aquella había sido una buena noche.

Una noche divertida.

Una noche sencilla.

Exactamente el tipo de noche que me gustaba.

Sin compromisos.

Sin promesas.

Sin consecuencias.

Lo que no sabía era que estaba a punto de conocer a una mujer que destruiría cada una de esas reglas.




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