The Chemistry of Letting You Go

ATTRACTION

Susanne(28 años)

Si alguien me preguntara cuándo comenzó todo con Marc, probablemente señalaría aquella mañana del café.

Fue ridículamente vergonzosa.

Y, desafortunadamente para mí, Marc tuvo la oportunidad de presenciar cada segundo.

La constructora estaba especialmente caótica aquel día. Mi padre había programado varias reuniones importantes, los teléfonos no dejaban de sonar y los empleados parecían desplazarse por los pasillos con la urgencia de personas que sabían exactamente adónde iban. Yo fingía formar parte de aquel grupo cuando, en realidad, apenas estaba intentando llegar a una sala de juntas con un vaso de café en una mano y una carpeta llena de documentos en la otra.

Aquello terminó exactamente igual que suelen terminar las malas ideas.

Tropecé.

Y conseguí derramar una cantidad alarmante de café sobre mi propia blusa.

Durante unos segundos me quedé completamente inmóvil observando la mancha oscura que comenzaba a extenderse por la tela clara.

Y entonces comprendí otro detalle.

Uno muchísimo peor.

La tela se había pegado a mi piel.

Y el sujetador se marcaba con una claridad absolutamente humillante.

—Perfecto. —murmuré. —Simplemente perfecto.

—Bueno...

La voz apareció delante de mí.

—Podría haber sido peor.

Levanté la cabeza.

Y allí estaba él.

Marc Cross.

Por supuesto.

Porque el universo tiene un sentido del humor terrible.

Durante una fracción de segundo sus ojos descendieron involuntariamente hacia la zona afectada por el café antes de regresar inmediatamente a mi rostro.

Aquello debería haberme hecho sentir mejor.

No lo hizo.

Porque ambos sabíamos exactamente lo que acababa de ocurrir.

Y ambos estábamos fingiendo desesperadamente que no.

—Por favor, no digas nada. —Advertí.

Marc intentó parecer serio.

Fracasó.

—No lo iba a hacer.

—Lo estabas pensando.

—Quizás un poco.

Aquello solo consiguió empeorar mi situación.

Porque estaba sonriendo.

Y yo también.

Lo cual resultaba completamente inapropiado considerando que mi dignidad acababa de morir en aquel pasillo.

Sin decir una palabra más, Marc se quitó el chaleco reflectante que llevaba puesto y lo colocó sobre mis hombros. El gesto fue tan natural que tardé varios segundos en reaccionar. Aquel hombre medía casi una cabeza más que yo, así que la prenda me quedó enorme. El tejido todavía conservaba parte de su calor y, por alguna razón completamente absurda, aquello me puso todavía más nerviosa.

—Ve al baño. —dijo.

—Gracias.

—Yo también habría preferido no ver eso.

—Chico.

—¿Qué?

—Estás empeorándolo.

—Lo sé.

Aquella sonrisa.

Dios mío.

Aquella sonrisa iba a convertirse en un problema.

Cuando salí del baño veinte minutos después, esperaba que él hubiera desaparecido.

No desapareció.

Seguía allí.

Apoyado contra una pared.

Esperándome.

Como si no tuviera nada mejor que hacer.

Y quizás no lo tenía.

—¿Qué haces aquí? —pregunté.

—Esperando.

—Eso ya lo veo.

—Quería asegurarme de que no te habías ahogado en café.

—Gracias por tu preocupación.

—Soy un hombre generoso.

—Y muy gracioso.

—También.

Aquello provocó una risa involuntaria.

Y durante un instante ambos permanecimos observándonos.

Demasiado tiempo.

Muchísimo más del necesario.

Lo suficiente para que mi corazón comenzara a comportarse de forma extraña.

Lo suficiente para que yo empezara a preguntarme si él también lo notaba.

—Déjame compensarte. —dijo finalmente.

—¿Compensarme?

—El accidente.

—Fue culpa mía.

—Los detalles son irrelevantes.

—¿Y qué propones?

—Un café.

—Curiosamente, fue un café lo que me metió en esta situación.

—Entonces ya tienes experiencia.

Aquello me hizo reír.

Y antes de darme cuenta estaba caminando junto a él hacia la cafetería.

La conversación fue fácil.

Demasiado fácil.

Eso fue lo primero que me asustó.

Porque normalmente las personas tardan tiempo en encontrarse.

Con Marc no ocurrió así.

Era como si ambos hubiéramos comenzado una conversación que llevaba años esperando.

Hablamos de trabajo.

De la constructora.

De mi padre.

De arquitectura.

De música.

De cualquier cosa que apareciera.

Y en algún momento intenté presentarme correctamente.

—Creo que hasta ahora no me he presentado. —dije. Soy Susane Laurent.

Marc soltó una pequeña carcajada.

—Ya lo sé.

—¿Cómo?

—Tu padre tiene fotografías tuyas por todas partes.

Aquello me hizo cerrar los ojos.

—Voy a asesinarlo.

—Sería una tragedia para la empresa.

—Y para mí.

—También.

Volvimos a reír.

Y entonces ocurrió algo extraño.

El silencio.

Uno diferente.

Uno donde ambos parecíamos demasiado conscientes del otro.

De la cercanía.

De las miradas.

De los labios.

De todo aquello que todavía no estaba ocurriendo.

Pero que parecía inevitable.

Meses después seguiría recordando aquel café.

Porque fue el principio de todo.

Las conversaciones interminables.

Los mensajes a medianoche.

Las cenas improvisadas.

Los besos.

Los fines de semana juntos.

Las noches en su apartamento.

Los Huracanes.

Todo.

Marc terminó presentándome a sus amigos mucho antes de presentarme como algo más importante.

Y durante un tiempo me convencí de que aquello no importaba.

Porque cuando estábamos solos él me miraba como si yo fuera la única persona en el mundo.

Me abrazaba como si no quisiera soltarme.

Me besaba como si estuviera intentando memorizarme.

Y yo, estúpidamente, comencé a creer que aquello significaba algo.




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